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COLUMNISTAS

Antonio Hernández Mascote

Vida

@TonymascoteTony
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“Y tú ¿Qué tan maduro eres?”

 

 

Si hiciéramos esta pregunta, -la de “qué tan maduros somos”- a diferentes seres humanos, en sus diferentes etapas de vida, nos encontraríamos con respuestas muy diversas.

 

Por ejemplo: si le preguntásemos a un niño, él nos diría que es lo suficientemente maduro o ya es “grande”, por el hecho de que ya puede dormir solo, sin la compañía de sus padres. Un adolescente, casi joven, respondería ante la misma pregunta, que ya es maduro porque ya le está saliendo bigote o porque ya cumplió su mayoría de edad. La contestación del adulto oscilaría que porque ya tiene casa y el auto que tanto quería comprarse, por tal motivo ya es alguien maduro. Y el adulto mayor se considera maduro porque puede ver a su alrededor, y disfrutar de ellos, a sus hijos con sus nietos.

 

Pero, si hubiéramos tenido la posibilidad de preguntarle a Albert Einstein, nos hubiera dado la siguiente respuesta:

 

“Maduramos el día en el que nos reímos francamente de nosotros mismos”.

 

Así que… ¿cuánta capacidad posees para reírte de ti mismo?

 

Parece algo sencillo de hacer, pero en las conversaciones que tenemos con los demás, podemos constatar que no es tan simple, que en verdad conlleva una gran madurez para poderlo hacer. Por lo general, una risa hacia nuestra persona nos incomoda, altera y en ocasiones termina en conflicto, pelea o separaciones de toda una vida.

 

¿Por qué pasa esta situación tan frustrante?

 

El reírse de uno mismo implica exponer nuestros errores, limitantes ante los demás, decirles a los demás que si nos creían perfectos, no lo somos y ahí es donde comienza el problema. Cuando nos abrimos ante los demás, a través de estas características que pareciesen nada favorables o por las que nos sintamos tan orgullosos, nos damos cuenta que presentamos nuestros puntos vulnerables.

 

Si nos creían “casi perfectos”, al reírnos de nosotros mismos exponemos que no somos así, que también yace dentro de nosotros esas “áreas de oportunidad”, las cuales, en ocasiones, nos hacen caer de la gracia o del pedestal donde nos habían colocado, y esos son golpes fuertes a nuestro ego; por tal motivo no es tan agradable.

 

Cuando has trabajado la madurez suficiente para mostrarte ante los demás tal y como eres, te permite ser libre, sin la obligación de pasarte toda una vida aparentando lo que no eres, controlando todo en tu persona, esperando el momento en que puedas ser desbancado del lugar en que te habían posesionado.

 

Por tal motivo ríete de ti mismo, de tus errores, equivocaciones, de tantas cosas que los demás pudieron llegar a creer de ti y que simplemente no eres.

 

Camina con una confianza y seguridad plena que te permita ver a todos los demás como personas que no han sido terminadas, sino que continúan caminando hacia esa evolución, hacia su misión o proyecto individual.

 

Tú te imaginas cuántas risas, burlas, recibieron estas personas ilustres en su caminar hacia sus sueños. Pero caminaron “aunque los perros ladraran”, no hubo nada que les impidiera continuar. En ocasiones es necesario hacer una pausa, un alto, descansar, pensar, meditar, analizar, pero jamás detenerse por las risas u obstáculos de los demás.

 

Así como se dice que la risa es benéfica para la salud, imagínate cuando esa misma risa proviene del comprender que no somos perfectos, que también nos equivocamos, que hay cosas que no entendemos, que aún tenemos tantas áreas de oportunidad, que no somos seres acabados, sino que nos estamos construyendo día a día. Ahí la risa hacia nosotros, nos impulsa a continuar, caminar y saber con certeza que hay tantas cosas para uno, las cuales sin humor, ni se disfrutan y por ende no dejan huella en nuestra vida.

 

Así que no pares de reírte de ti mismo, es el más claro destello de madurez.

 

 

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