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COLUMNISTAS

Carlos Gregorio Díaz

TECNOLOGíA

@dosgallos
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La obligación de lo inmediato, Phubbing. 




 


Raúl tiene 57 años y va en su automóvil, no lo conduce, apenas avanza y pisa el freno, sube la mirada un instante, frena y la vuelve a bajar, sus lentes llevan por reflejo una ventana de chat de WhatsApp; Mónica recientemente casada se encuentra sentada en la terraza de un restaurante desayunando con sus amigas como cada miércoles, adivinar lo que está leyendo es casi imposible, ya que ha oscurecido su pantalla para evitar a los fisgones, pero sabemos, que lo que la hace perderse de la conversación con su grupo, es el gran interés por las respuestas de sus matches en Tinder.

Héctor revisa los corazones que le han regalado sus mejores amigos en Instagram, por las últimas fotografías que ha subido de su fin de semana en Houston, mientras medio atiende la junta del departamento de marketing, que busca enganchar a los Xennials con un nuevo desodorante. Claudia en la universidad está sentada al final del salón haciendo un FaceTime, mientras el profesor explica la importancia de los ejidos y la vigencia del Derecho Agrario. Jimena va al cine, pero no ve la película, recibe notificaciones cada cuatro minutos, ya no guarda el teléfono, lo mantiene simplemente en las piernas, los que se encuentran en las filas detrás han pagado por una pantalla, pero reciben la luz de otra más pequeña, gratis.

Todos ellos viven la obligación de lo inmediato, les han robado su tiempo, su dignidad, su derecho a estudiar y prepararse, incluso a divertirse y disfrutar de una película, todos son víctimas de nuestro tiempo. Ya no son dueños de su libertad, no tienen elección, les han mutilado su derecho a decidir, les han infectado la necesidad de la inmediatez, creen que su vida no vale la pena como para detenerse a un lado del camino y atender los mensajes, o esperar a llegar a su destino, sus amistades les exigen una respuesta en tiempo real, sin importar la seguridad física de su interlocutor, sin importar convertirse en un muro emocional de atención con los que sí están presentes queriendo compartir el momento y el café, sin importarles la mágica experiencia que nos regala el cine.

La enfermedad de vivir en directo no es curable, se ha convertido como el aire que respiramos, solamente se puede controlar cuando se reconoce que uno tiene un problema y se está dispuesto a parar, de no ser así, el enfermo requerirá todos sus likes, corazones, emojis y respuestas para saber que existe, porque sin la aprobación y reconocimiento de sus pares es posible que en realidad no exista.

 

 

Desde las montañas de un cerro digital.

@dosgallos  

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FOTO:  Erik Lucatero on Unsplash

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20/11/2018 05:44:11

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