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COLUMNISTAS

Enrique R. Soriano Valencia

CHISPITAS DE LENGUAJE

@ChispitasDeLeng
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Niños autómatas

Leo una noticia publicada por un diario de circulación nacional que reporta que los niños al terminar primaria, en su mayoría, tienen deficiencias para realizar operaciones aritméticas y para comprender cuentos (lecturas). Me horrorizo y lo primero que pienso es en escribir estas líneas. Estoy escandalizado. Nos espera un mundo de autómatas.

La nota reporta que el martes pasado el Instituto Nacional de Evaluación informó que seis de cada diez niños de sexto año les es imposible hacer operaciones con decimales; y que la mitad de ellos, no comprenden los cuentos. 

Ambos resultados son alarmantes. Aunque, los programas, profesores, autoridades y padres de familia se afanan en diferenciar las matemáticas del español, presumo que la razón es la misma. En ambos casos hablamos del dominio de lenguajes simbólicos y, por tanto, de la capacidad de abstracción. La habilidad para comprender fuera de su muy limitado círculo es nula. 

Tanto las matemáticas como el idioma son lenguas. Ambas recurren a representaciones para crear razonamientos. El dominio de esos símbolos un caso matemático y el otro, de fonemas su función básica es conceptuar. Las pequeñas líneas cruzadas (una horizontal y la otra vertical) representan el símbolo más que, a su vez, indica un número positivo o el acto de adicionar. Saber que es una suma o un número positivo es rebasar la representación para darle un valor. Es decir, se ha sopesado el papel que juega el símbolo en el enunciado. Verlo, interpretarlo como símbolos, entonces, propicia un razonamiento para obtener un resultado y tomar una decisión. 

De igual forma, la representación de sonidos en letras, combinadas nos dan palabras (antes morfemas, que son las unidades mínimas con significado). Si no descubrimos que la combinación de los fonemas m-a-m-a refieren a quien nos dio la vida, estamos fritos. Además, su representación es fundamental porque la seguridad del individuo, al menos en los primeros meses de vida, depende de ella. Poder llamarla, por ejemplo, saber que la combinación de esos sonidos la representa y por ello acudirá ante una emergencia, es vital.  

Los resultados reportados, a mi parecer, se deben a una actitud social y familiar en la que se propicia muy poco la reflexión. En buena medida, su ausencia se debe a que no se deja a los niños tomar decisiones. Decidir es uno de los procesos mentales más importantes del cerebro. Y esta solo se logra cuando se conceptúa. Inclinarse por una opción mental, una representación en el cerebro, necesariamente obliga a valorar. Eso solo hecho implica una reflexión, un análisis, el estudio de algo (aunque sea por unos segundos). 

A las nuevas generaciones se les dota lo más posible de todas las comodidades. Solo deben hacer un gesto para acercarles lo necesario. Se les cubren las necesidades y ya no deben decidir qué hacer. 

No valoran que si dejan de hacer sus deberes traerá consecuencias negativas porque padres y maestros no esperan a que sean conscientes, simplemente se les cubre lo que requieren. Los padres los han relevado de sus obligaciones familiares (hacer su cama, lavar los trastos o estudiar); en tanto los maestros, no esperan a que cumplan con sus tareas o sus lecturas, simplemente los acreditan porque a ello están obligados por norma. Por ello, los niños no se obligan al mínimo esfuerzo de reflexión o toma de decisiones. No tiene la necesidad de valorar o reflexionar sus propias conductas. Hagan lo que hagan su mundo está solucionado. 

En esta lógica, el niño, el adolescente en formación no se proyecta a sí mismo en el futuro: no importa el mañana, el hoy lo soluciona todo. Incluso, si en la escuela su rendimiento es deficiente, no importa. Además de la obligación del profesor de acreditarlo, los padres lo sustituirán si debe pelear por una calificación. ¿Sus actos les trae consecuencias?, no. 

Las matemáticas y el lenguaje propician habilidades de abstracción. Eso deriva en reflexión y toma de decisiones.  Sin estas habilidades básicas lo que se están formando son autómatas, piezas externas de una maquinaria que solo reproducirán hombres y mujeres funcionales sin el menor ápice de iniciativa, reflexión o análisis. Así estamos en México.

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