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COLUMNISTAS

Daniel Hernández Hernández

Además de historia y cine...

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A dos de tres caídas, con límite de tiempo


La lucha libre en México es sinónimo de folclor y diversión. Basta ver la algarabía que provocan los luchadores rudos o técnicos arengando a sus respectivos seguidores, la cual contagia y provoca que el respetable grite su vocabulario más florido sin importar edad ni estrato social o acuda a verlas por mero esparcimiento.

Deporte que combina acrobacia, fuerza y teatralidad, conlleva riesgos en su práctica, dejando en quienes la ejercen secuelas de por vida o sus carreras culminan con la misma, como Pedro Aguayo Damián, el Perro Aguayo, cuyo rostro mostraba cicatrices derivadas de un sinfín de golpes y cortadas, muchas de ellas auto infringidas para dar “veracidad” a las luchas. Por otro lado, su hijo Pedro (a) El Hijo del Perro Aguayo, falleció debido a un accidente cerebrovascular, causado por la fractura de tres vertebras. Profesión nada fácil y no tan redituable económicamente esta del pancracio.  

Por pancracio no me refiero al nombre de un familiar, etimológicamente corresponde a la conjunción el que es totalmente fuerte, término que se le daba a la lucha en los antiguos juegos olímpicos en Grecia, actividad que permitía desde la dislocación de extremidades, impactos en los genitales y en el extremo matar al oponente por estrangulamiento. En la actualidad, decimos en alguna riña que no se vale piquete de ojos y quizás se origina el comentario porque en esta añeja lucha lo único que se penalizaba era ello, además de meter los dedos en la boca, la nariz y no se permitían las mordidas, por lo que al parecer al luchador no les gustaban los fluidos corporales de su oponente, pero si dejarlo en tono morado por la tranquiza.

El llamado deporte de los costalazos, tiene tal arraigo en nuestro país que es el segundo deporte con más seguidores y llegó para quedarse en el siglo diecinueve, debido a que la lucha grecorromana que se acostumbraba en Europa, la trajeron soldados franceses en la intervención de su nación en 1863. Su práctica se modificó y adaptó para llegar a profesionalizarse en 1933, dando origen a la Empresa Mexicana de Lucha Libre, vigente en la actualidad con el nombre de Consejo Mundial de Lucha Libre.

Los años cincuenta marcaron la época de oro de la lucha libre y debido a su éxito, se erigieron recintos como la Arena Coliseo y la Arena México, las que se llenaban de bote en bote. En estos años surgen las figuras legendarias de El Santo, Blue Demon, Mil Máscaras, El Cavernario Galindo por mencionar algunos y aprovechando su pináculo, protagonizar innumerables películas de bajo presupuesto, donde peleaban contra monstruos y humanos bizarros que seguimos ignorando porque querían apoderarse del mundo o de la chamaca que no paraba de gritar hasta ser rescatada por su héroe enmascarado, quienes derrotaban a los villanos al son de patadas voladoras y cachetadas bien tronadas.

Este tipo de cine se clasificó como serie B y tuvo seguidores en Europa, sobre todo en Francia, con proyecciones no en grandes salas como en nuestro país, que reunían en una función hasta 5,000 espectadores. Las funciones se desarrollaban en circuitos universitarios o en los llamados cines de medianoche, con películas poco o nada comerciales y sí muy polémicas de directores como Ed Wood Jr., Alejandro Jodorowsky, John Waters entre otros.

Existe el mito que  se filmaban a la par de las películas de luchadores, otras que incluían desnudos y que eran exportadas al mercado europeo. Sin saber si efectivamente eran para el viejo continente, solo se ha podido corroborar la cinta Santo en el tesoro de Drácula (Cardona, 1968) y su versión alterna de nombre El vampiro y el sexo, con los mismos protagonistas y una trama como muchas de este cine, con  risas involuntarias pero con la variante que muestra desnudos totales de varias doncellas vampiresas, seguidoras de Alucard, el colmilludo villano de la cinta.

Han surgido voces que dicen que los luchadores de México son nuestros Avengers y debe haber razón en ello e incluso han compartido escenario y no como botargas en fiestas infantiles. La película turca 3 Dev Adam, (Fikred, 1973) mejor conocida como Captain América and Santo vs Spider-Man, logró la alianza del enmascarado plateado con el Capitán América para luchar contra un hombre arácnido medio despiadado. Al Santo de la cinta lo caracterizó el actor Yavuz Selekman, por lo que se imaginaran lo surrealista de la cinta.

Aún con el éxito comercial y las grandes cantidades de dinero que genera la lucha libre, salvo los famosos pueden gozar de buenos sueldos. En marzo de este año publicaron las ganancias de sus protagonistas y oscilan de los mil a los veinticinco mil pesos por lucha, en una profesión que se exponen a lesiones, viajes constantes, compra de vestuario entre varios gastos, aunado que algunos  manejan erróneamente sus finanzas.

El mejor ejemplo de esto último se manifiesta en la cinta The Wrestler (Aronofksy, 2008), cuyo protagonista alguna vez exitoso, se convierte en un luchador que en el ocaso de su carrera se presenta en pequeños recintos, además de enfrentarse a rivales más férreos, como la pobreza, las lesiones y situaciones familiares. Una historia similar que pude constatar como espectador fue en 1992, personificada en la vida real por el legendario luchador francés André el Gigante, en el antiguo Palenque de la feria en Celaya, lugar adecuado entonces como arena de luchas.

Un escenario que distaba mucho del Silverdome de Detroit, cuando en 1987 Monsieur André se enfrentó a Hulk Hogan y lograron el record vigente de 93,000 fanáticos para una lucha. En la ciudad cajetera, lejos estaban los mejores días del francés, cuya figura y  desempeño fueron tristes y lastimosos. Su fortuna había disminuido por el alcohol y el gusto por las mujeres, aquejando lesiones y complicaciones por el tamaño de su cuerpo, situación que lo llevo a la muerte un año después, por insuficiencia cardiaca.

Son bastantes las historias paralelas de estos reyes del ring, con desenlaces variados y que nutren lo fascinante de este deporte, con una historia de innumerables y legendarios protagonistas que necesitamos más espacio para compilarlos. La lucha libre es un espectáculo, que si la situación lo permite, debe Usted disfrutar presencialmente y si ya lo ha hecho, siga gozando de una paradójicamente respetable profesión, a dos de tres caídas y con límite de tiempo, ese que nos da los mejores golpes y pone de espaldas a cualquiera.

 

Sus comentarios y sugerencias son bienvenidas al correo

daniel71hernandez@hotmail.com 


//Fecha de publicación: 25/08/2020

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