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Héctor Gómez de la Cortina

SALVO SU MEJOR OPINION

@gomez_cortina
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DADA


Cuando yo nací, mi abuelita ya era un personaje fundamental para la familia. Motivo de orgullo, punto de encuentro y razón de unidad. Fui el penúltimo de los nietos y por ende no tuve la fortuna de vivir muchos pasajes de su vida, aunque ella me los relataría con paciencia e interés al paso de los años.

Creo que a veces no dimensionamos la bondad de ciertas personas por tenerlas tan cerca. Dada, como pronto me di cuenta que todos le decían, fue un ser especial. Dada fue una de esas mujeres con una calidad humana que pocas veces he visto. Seguramente el ejemplo de sus padres la marcó, pero su bonhomía fue innata. Dada estaba hecha para consolar, para hacer sentir bien, para apapachar, para querer.

De a poco vislumbré su colosal figura, pero a la vez su inmensa sencillez. Fui testigo de múltiples muestras de altruismo que la hacían tan feliz. Tenía un corazón gigantesco donde cabía todo mundo. Una alegría por convivir y compartir francamente pasmosa. No faltaba a ninguna invitación. Organizaba reuniones en su casa, ya fuera con familiares para celebrar algún cumpleaños o con sus amigas por el simple placer de disfrutar el momento.

No se me olvida una ocasión hace muchos años que me pidieron que la llevara al INSEN. No tenía problema en hacerlo, me dijeron que la esperara. Me pareció una imprudencia pues ¿qué haría mientras un joven como yo en ese lugar? Propuse entonces llevarla y pasar por ella después, pero Dada insistió y entonces me quedé. Fue lo mejor que pudo pasar. Dada bajó del carro. Ya había decenas de ancianitos sentados a los costados de la casona que ocupa APROSENCE y en cuanto la vieron llegar comenzaron los aplausos y las porras. Ella agradecida volteaba hacia uno y otro lado mientras yo esperaba detrás fascinado con el cariño que los ancianitos le prodigaban. Dos de ellos se me acercaron y me dijeron lo mucho que la querían por lo bien que los trataba. Efectivamente Dada no tardó mucho en salir y yo me llevé una anécdota para toda la vida.

Otra de las cosas que llamó mi atención siempre fue su vitalidad. En el año 2012 ya con 90 años cumplidos fue invitada junto a mi mamá y mis tías al cumpleaños de la señora Juana Adela, que se celebró en el patio de la señora Margarita Torres. Pasadas las horas cuando mi mamá y mis tías ya se iban y se encontraban en la camioneta de Pope, que amablemente las iba a llevar, Dada no se aparecía. Fueron a buscarla y la encontraron bailando la canción de “Payaso de rodeo” junto a otras personas.

Podría contar mil cosas, vivencias en la antigua casona de Altamirano donde me quedé tantas veces y muchas más en la privada de la calle de Matamoros que se convirtió en su última morada y en donde tuvo siempre las puertas abiertas para los vecinos y visitantes. A partir de la una de la tarde con treinta minutos ya tenía listo su tequila y la botana previo a la comida. Por ahí desfiló mucha gente que constató su generosidad y que también vivió los chuscos pleitos con Oti, la inolvidable nana de la familia.

A partir de 2017 comenzamos a verla disminuida y cansada. Su lucidez la mantuvo siempre, pero sus condiciones físicas menguaron de forma importante. Veía y oía poco, ya no caminaba. Fue necesario cuidarla y estar al pendiente. Sus hijas Lety, Lolita y Patricia la cuidaron en la medida de sus posibilidades haciendo todo tipo de esfuerzos. Por ahí pasaron también cuidadoras como la señora Coco, Anita, Lupita, Conchita, la tía Mina, Iliana y Araceli, que la tenían entre algodones. Dada tuvo siempre una paciencia impresionante ante su estado de salud, virtud necesarísima en esas circunstancias.

Su último suspiro se registró a las ocho de la noche con quince minutos del día domingo 31 de enero. Murió en su cama a los noventa y ocho años y ocho meses dejando atrás una estela de amor al prójimo, servicio, alegría y compromiso. Estamos profundamente tristes y con un enorme vacío, a veces nos cuesta trabajo asimilar que ya no está, pero también estamos tranquilos por estar seguros que la inolvidable Dada descansó ya.

La pandemia impidió despedirla como se lo merecía, sin embargo, agradezco nuevamente las muestras de afecto que por distintas vías hicieron llegar a la familia. Ojalá pronto nos podamos volver a abrazar.


TRINCHERA CIUDADANA. 

Fecha de publicación:13/02/2021

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