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Héctor Gómez de la Cortina

SALVO SU MEJOR OPINION

@gomez_cortina
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TRINCHERA CIUDADANA



TLAHUELILPAN


La primera vez que supe de Tlahuelilpan habrá sido en el año 2007. Me encontraba buscando datos para la realización de un árbol genealógico y el nombre quedó grabado en mi memoria porque encontré que en el año de 1737 y con sólo dieciocho años de edad, José Gómez de la Cortina de Posada emigró a México en busca de fortuna. Las Leyes del Mayorazgo que aplicaban en España, favorecían al primogénito de las familias y dejaban en cierta orfandad financiera a los vástagos subsecuentes. José era el segundo hijo de don Alonso y decidió, como se decía en aquella época “Hacer las Américas” y construir su vida.

En circunstancias que desconozco, le compró a don Tomás de Gorostiza la hacienda de San Francisco de Tlahuelilpan. Fundó con ella y con la contigua de Santa Bárbara, el Mayorazgo de la Cortina y al ser soltero y sin descendencia, invitó a su sobrino Servando Gómez de la Cortina a venir a la Nueva España y convertirlo en su heredero. En esos años no existía el estado de Hidalgo (erigido hasta 1869). Su territorio formaba parte del Reino de México, una de las trece provincias que conformaban el Reino de la Nueva España.

No pretendo aburrirlos con una añeja historia familiar. El nombre del poblado volvió a mi memoria pero ahora de manera dramática. La toma clandestina en un ducto de PEMEX había provocado una devastadora explosión que al momento de escribir estas líneas sumaba ya noventa y cuatro muertos y más de cincuenta heridos. Al ver los videos previos al desastre era imposible no pensar que todos aquellos individuos que acudieron en masa a llevarse combustible, estaban en un riesgo inminente. Cualquier chispa, por pequeña que fuera, era suficiente para desatar el infierno.

Tlahuelilpan refleja el país que somos. Un país en donde no se respeta la ley, en donde las figuras de autoridad no significan nada y en donde los actos ilícitos son consentidos e inclusive premiados, como parte de una normalidad citadina. En Tlahuelilpan privó la insensatez y la ignorancia, pero también la total ausencia del estado de derecho. En Tlahuelilpan se extravió el sentido común.

Resulta injusto culpar al Ejército porque los hombres de verde se encuentran siempre en una encrucijada. Si actuaban contra las centenas de personas que cometían rapiña, con toda seguridad hubieran sido acusados de represores. Ahora los acusan de omisos cuando hay constancia de que advirtieron a la población para que se alejara de la fuga por representar un riesgo mayúsculo. Nadie hizo caso.

Tlahuelilpan será recordado por siempre como una mancha negra en la historia de México, como algo que nunca debió pasar. Y ahí mismo, en esa habitación de las tragedias, compartirá lugar junto a San Juan Ixhuatepec, al sector Reforma en Guadalajara, a la central de abastos en Celaya, a la guardería ABC en Hermosillo, a San Martín Texmelucan, a Tultepec y a muchos más.

Ahora, cada que escuche la palabra Tlahuelilpan, ya no sólo pensaré en el aventurero que hace casi trescientos años llegó en busca de un futuro mejor, irremediablemente vendrán a mi mente las imágenes dantescas de individuos carbonizados y horripilantes gritos de dolor en un país que se sigue ahogando en sangre. 

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hgomezdelacortina@hotmail.com

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Twitter: @gomez_cortina


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25/01/2019 07:56:45 

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