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COLUMNISTAS

Sebastián Campos Montejano

El Vuelo de Ícaro

@elVuelode_Icaro
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La noche de los muertos vivientes. La batalla de Osoweic

 

En la guerra hay soldados muy dedicados, hijos de la patria dispuestos a defender su país a costa de su vida; incluso de defenderla después de la muerte…

 

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue una guerra de una brutalidad pesadillesca por varios factores. En la previa paz armada se desarrollaron temibles armas de destrucción para tomarle la ventaja al enemigo; a pesar de este enorme desarrollo militar, no existía un método lo suficientemente efectivo para acabar con la vida de tu enemigo instantáneamente, era más probable que le volaras la pierna y se desangrara, le perforaras un pulmón y se ahogara en su propia sangre o lo derritieras vivo antes que matarlo al instante. Si a esto le sumas la ausencia de un código ético para los conflictos bélicos, terminas con escenarios impensables que a cualquiera le quitarían el sueño.

A principios de La Gran Guerra, uno de los objetivos más codiciados por los alemanes era el fuerte de Osoweic, utilizado por el imperio Ruso para defender la frontera entre Polonia y Alemania. La primera invasión fue en 1914, los alemanes bombardearon con artillería el fuerte; a pesar de eso, los implacables soldados rusos resistieron y lograron echar a los invasores alemanes, quienes no se dieron por vencidos y volvieron a atacar en los primeros meses de 1915, pero nuevamente fueron expulsados. La tercera vez, los alemanes intentaron un ataque diferente que convertiría al fuerte de Osoweic en el escenario de una espeluznante anécdota.

Ahora bajo el mando de Paul Von Hindenburg -quien más tarde se convertiría en presidente de Alemania- las tropas alemanas, sabiendo que el enemigo carecía de máscaras de gas decidieron infestar el fuerte con una mezcla de gases tóxicos para acabar con la vida de sus enemigos.





















Con viento a favor y altas expectativas los alemanes liberaron una nube de gas que iba dejando un rastro de muerte ennegreciendo el césped mientras inevitablemente devoraba a los soldados rusos.

«El gas provocó que a hierba se ennegreciese y que las hojas se amarilleen, y los cadáveres de pájaros, ranas y otros animales e insectos yacían por doquier. El terreno parecía el infierno.»

Pasado un rato la infantería alemana decidió adentrarse en la infernal nube con sus máscaras de gas, preparados para reclamar la victoria. Pero los soldados alemanes se horrorizaron al ver a sus cadavéricos enemigos embestir con sus bayonetas con gritos avernales causados por el desgarre de sus cuerdas vocales mientras tosían sangre y pedazos de sus propios pulmones.

Está escena, en una época donde los zombis eran algo impensable, atemorizó hasta a los más valientes de los soldados alemanes, quienes salieron corriendo y dieron por perdida la batalla, dándole la victoria a los muertos vivientes, quienes dieron hasta su último y doloroso aliento para defender Osoweic.














Los soldados más expuestos al gas poco tardaron en perecer, esta vez de forma definitiva y los sobrevivientes se vieron obligados a abandonar el fuerte al estar rodeados de alemanes que ya habían tomado zonas rodeando el fuerte.



Fecha de publicación: 20/07/2021

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