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Verónica Espinosa

Candil de la calle

@veroespinosav
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 Candil de la Calle 


El otro Celaya

“Un problema de muchos años”, resumió así la situación en materia de inseguridad en Celaya el antes coordinador estatal de la Policía Federal en Guanajuato -y desde fines de diciembre, Secretario de Seguridad Pública de ese municipio- Miguel Ángel Simental.

La frase no podría ser más certera para intentar explicar que, literalmente por décadas, la tranquilidad se ha trastocado poco a poco en la vida cotidiana en esa ciudad, en ese municipio, e incluso en la región sobre la que Celaya tiene una ascendencia e influencia directa como epicentro de Apaseo el Alto, Apaseo el Grande, Cortazar, Villagrán, Juventino Rosas y Comonfort.

Recuerdo que a mediados de la década pasada, al revisar la estadística que sobre incidencia delictiva por municipio publicaba la entonces Procuraduría de Justicia del Estado (era el dato más cercano a la referencia sobre el número de denuncias por cualquier delito que eran presentadas), Celaya figuraba año tras año desde mediados de la década de los noventa entre los primeros lugares.

Eventualmente, un mes aparecía en el primer sitio, otro posterior en el tercero, pero no bajaba de esas posiciones.

En aquél entonces, quien fuera el último presidente municipal priista celayense, Leopoldo Almanza, decía que Celaya tiene tal diversificación de industria y agroindustria, que la delincuencia también estaba alcanzando ese nivel de diversidad.

Porque en Celaya, lo que se podría llamar robo común incluye a los tráileres de diversos tipos de carga, la industria del acero, maquinaria agrícola, electrodomésticos. Nada más por poner esos ejemplos.

A pesar de esos síntomas, la ciudad y sus alrededores conservaban su dinámica rutina, una movilidad sin más contratiempos que el tráfico; zonas de bares y restaurantes concurridas un día sí y otro también; un calendario de clases que sólo se suspendía por los “puentes”, reuniones de consejos técnicos o actividades sindicales…

Por eso era tan fácil para los gobiernos y gobernantes en turno, en el municipio y en el estado, sostener el elemental “aquí no pasa nada”. En apariencia eso ocurría. Nuevas empresas se instalaron en la región en estos años, los índices delictivos no rebasaban la media nacional en varios rubros, el clima de tranquilidad permitía promover la imagen de Celaya y del estado como una zona privilegiada por su ubicación geográfica, comunicaciones, mano de obra barata.

Y por la seguridad.

En el 2020, en el primer mes, en los primeros días, la distancia que hay con aquella imagen es clara, sobre todo para las y los celayenses. La inhibición de la rutina normal, otros sectores económicos afectados, cierres de restaurantes, bares, marisquerías. Desempleados de ferreteras, tortillerías, puestos de tacos. Autos que se dejan de vender en las agencias. Familias que dejan de mandar a sus hijos a la escuela. Personas que dejan de salir en las noches a cenar, a pasear a sus perros, a caminar, a convivir en la banqueta con el vecino.

La convivencia social se rompe, la criminalidad cumple con su cometido y hace permear el miedo. Y permean la desconfianza en el otro, la incertidumbre porque un integrante de la familia no regresó a casa, las ganas de mudarse de ciudad.

Ha pasado, y se repite hasta el cansancio, en Tamaulipas, Chihuahua, Guerrero, Michoacán. Porque se repite hasta el cansancio la guerra, el ofensivo nombre de “víctimas colaterales” (desde hace mucho se tendrían que llamar de otra manera), el mensaje trillado que primero decía “aquí estamos seguros” y en la otra cara del disco “es un problema nacional”.

Mientras tanto Celaya, como Irapuato o como Salamanca o como León, no salen de los números más grandes del registro de homicidios; no se ve para cuándo.

 

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