El justo medio. La paradoja del crecimiento económico y la ausencia de paz.

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Según el Indicador de la Actividad Económica del INEGI, en los últimos 10 años, la actividad económica en Guanajuato ha crecido más del 25 por ciento de forma acumulada; el estado ha crecido 9 puntos por encima del crecimiento de la actividad económica nacional.

En el mismo período de tiempo, las exportaciones guanajuatenses han crecido exponencialmente, cuatro veces más rápido que el crecimiento de las exportaciones nacionales,  a razón del 173 por ciento. El estado ocupa la quinta posición en crecimiento de las exportaciones en los últimos diez años.

Derivado de ello, la cantidad de personas con empleo en Guanajuato ha crecido en la última década el 22 por ciento, casi 5 puntos por arriba del crecimiento del empleo a nivel nacional. El modelo de desarrollo económico, en términos absolutos, arroja un saldo positivo. Sin embargo, es necesario reflexionar sobre el impacto que el crecimiento económico ha tenido sobre el desarrollo integral de los guanajuatenses, pues a ello debería de consagrarse la política de generación y distribución de la riqueza como fin último y superior.

Empecemos por analizar la eficiencia en el combate a la pobreza medida a través de las 9 dimensiones que integra el CONEVAL. Entre el 2010 y el 2020, en Guanajuato el porcentaje de personas con carencias en 8 de las 9 dimensiones se redujo a mayor velocidad que la reducción con la que se combatieron las dimensiones de pobreza a nivel nacional. Destaco, por ejemplo, la  reducción en el porcentaje de personas con carencias por acceso a servicios de salud, que en Guanajuato cayó en un 43 por ciento, mientras que a nivel nacional lo hizo en un 36 por ciento. El porcentaje de personas con rezago educativo se redujo en Guanajuato el 14 por ciento mientras que a nivel nacional se observó una reducción del 10 por ciento.

De la misma forma, el porcentaje de personas que vive en hacinamiento, el porcentaje que habita una vivienda con carencias por el material del piso, con carencias por el material de muros, el porcentaje de personas sin acceso a agua entubada, a drenaje y a electricidad se redujeron a mayor velocidad en Guanajuato, comparado con la reducción de la tasa nacional. La única dimensión de la pobreza, cuyo combate mostró menos efectos en Guanajuato comparado con la tasa nacional, en los últimos diez años, es el porcentaje de personas que habitan una vivienda con carencias por la calidad del material del techo, aunque es necesario aclarar que este porcentaje en el estado ya era 5 veces menor que el porcentaje a nivel nacional desde el 2010.

Hace 10 años el porcentaje de guanajuatenses en condición de pobreza era del 48.5 por ciento, 2.4 puntos por arriba de la media nacional. En el 2020, en el estado se registra un 42.7 por ciento de población en estado de pobreza, 5.8 puntos menos que 10 años atrás, y 1.2 puntos por debajo de la media nacional.

Hasta aquí el balance sigue siendo positivo; el estado crece económicamente más rápido que la media nacional, crea empleos a mayor velocidad comparado con el agregado nacional y combate con mayor eficiencia las dimensiones de la pobreza comparado con el resto del país.

Pero al mismo tiempo, y casi como una paradoja perfecta, la descomposición social aumenta, la urdimbre social se degrada y priva un ambiente de ausencia de paz sobre el pavimento, en las terracerías y en la intimidad de los hogares. Queda evidenciado que el crecimiento económico por sí solo no puede garantizar la paz y el desarrollo; estamos en condiciones de afirmar que el crecimiento es condición necesaria pero no suficiente.

Este fenómeno socioeconómico podría explicar el origen de una serie de retos que enfrenta Guanajuato y, en consecuencia, podría conducir al diseño de políticas públicas que incidan en las soluciones.

La reflexión es compleja, pues se basa en el enjambre de los fenómenos sociales y sus dinámicas, pero nos debemos de empeñar en encontrar las hebras y después jalar con fuerza hasta desenredar el nudo, sin dejar a ningún guanajuatense rezagado.  En esta complejidad se destacan dos nubarrones en Guanajuato que gritan escandalosamente indicios del diagnóstico: la productividad del trabajo y la pobreza laboral.

La productividad laboral en el estado, medida como el valor de la producción que en promedio logra cada trabajador en una hora, se ubicó en 133 pesos al cierre del 2020. Es 18 por ciento menor a la productividad media del país, haciendo que Guanajuato se ubique en la posición 19 entre las 32 entidades. Entre los 5 estados de la región Centro-Occidente-Bajío, considerada como el motor del crecimiento económico del país, Guanajuato tiene la menor productividad laboral, 28 por ciento por debajo del promedio de las otras 4 entidades.

Lo anterior quiere decir que para producir lo mismo, en Guanajuato se requieren de más horas de trabajo lo cual se traduce en un menor salario por hora laborada. Para llevar un ingreso similar a casa, los trabajadores guanajuatenses deben de invertir, en comparación con la media nacional, 18 por ciento más horas laborando y por ende, menos tiempo dedicado a su desarrollo integral y el de sus familias; a existir como personas más allá de los centros de trabajo.

Presento solo un dato que puede ser efecto de lo anterior; de acuerdo a los resultados de la encuesta de juventud y bienestar 2020 del modelo Planet Youth, solo el 68 por ciento de los jóvenes encuestados en Guanajuato declara que pasa tiempo con sus padres, entre semana, después de asistir a la escuela. Y al resto, ¿quién los está educando?

Como efecto natural de la baja productividad del trabajo en Guanajuato, se observa una tasa del 37 por ciento de pobreza laboral, la cual se mide como el porcentaje de la población que no puede adquirir la canasta alimentaria a partir del ingreso de su hogar. Es decir, en el estado se trabaja mucho, pero se gana poco. Nadie debería de extrañarse que, en este contexto, se profundice la polarización, se debilite el pacto social y se deshumanicen las relaciones; tres elementos que dañan a la paz social, como el azúcar lo hace con el diabético. Lo degrada desde cada uno de los órganos vitales, lo consume poco a poco pero sin detenerse.

Los efectos tanto de la baja productividad como de la pobreza laboral  generan condiciones microeconómicas que no responden a la evolución en el crecimiento del estado. Está roto el puente que conduce desde los beneficios macroeconómicos hasta el bienestar general, y este puente se reedifica a través del aumento en la productividad y la mejora de las condiciones laborales. El puente se reedifica en la subsidiaridad laboral como estrategia de resiliencia social.

No hay soluciones únicas, pero una de ellas, sin duda alguna, radica en la inversión pública en desarrollo humano, en el sentido más amplio del término. Un desarrollo humano con una visión que va mucho más allá de la pavimentación de calles y los calentadores solares, orientada a aumentar  las competencias laborales, a educar en las disciplinas con mayor empleabilidad y  a dignificar el perfil de productividad de las y los trabajadores.

Al mismo tiempo, la política de desarrollo económico debe de privilegiar la atracción de inversiones que demanden mayores perfiles y que ofrezcan a los trabajadores guanajuatenses mejores condiciones para el desarrollo de la productividad y de esta forma, como consecuencia natural, aumentar las aspiraciones salariales y el nivel de vida de las familias.

La virtud del justo medio

En Guanajuato hay 2.6 millones de trabajadores, de los cuales solo el 5 por ciento es empleador. 1.6 millones de trabajadores en el estado recibe  como remuneración máxima hasta 2 salarios mínimos al mes. Solo 1 trabajador de cada cien recibe más de 5 salarios mínimos al mes; 60 de cada cien no tiene acceso a servicios de salud. En el país de los ciegos, el tuerto, si padece de diabetes, nunca llegará a ser el rey.

 

Mauricio Hernández Mendoza

Experto en procesos de planeación estratégica y administración financiera. Docente e investigador en diversas universidades públicas y particulares de México y España.