El justo medio. Estanflación, el camino que México recorre hacia la desesperanza.

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La inflación, técnicamente, se define como el aumento general y persistente de los precios en una economía. Cuando los precios crecen más allá del objetivo del Banco Central, se observan efectos devastadores en el nivel de vida de la población con todo el dolor social que ello genera. Pero hay un escenario macroeconómico aún más doloroso para la sociedad; se construye como una tormenta perfecta cuando, además de un crecimiento descontrolado de los precios, se observa estancamiento económico. A la coexistencia de inflación y estancamiento se le llama Estanflación.

En México, la autoridad que recibe el mandato constitucional de evitar la inflación es el Banco de México. A partir de las reformas de 1994, el Banco Central es autónomo en el ejercicio de sus funciones y en su administración. El Banco de México, desde entonces, se ha ido fortaleciendo como institución; hoy en día, el también llamado Banxico, enfrenta uno de los retos históricos más complejos desde que goza de autonomía constitucional, pues se espera que al cierre del presente año la inflación en el país sea la más alta de por lo menos los últimos 20 años.

Desde marzo del 2020, cuando comenzaron los efectos de la Pandemia en México, hasta octubre del 2021, los precios han crecido el 8.2 por ciento, equivalente a una tasa promedio anualizada del 5.5 por ciento. Tan solo en los últimos 15 días, el precio de la canasta básica se incrementó en casi el 9 por ciento, ¡sí, en 15 días! El objetivo de inflación anual del Banco de México está en un rango que va del 2 al 4 por ciento anual, lo que significa que la tasa promedio anualizada de los últimos 19 meses ha estado 38 por ciento por arriba del objetivo máximo del Banco Central.

Los efectos de la inflación son devastadores; el primero de ellos es la pérdida del poder adquisitivo del ingreso. Al incrementarse los precios, el ingreso de las familias pierde capacidad de convertirse en bienes y servicios por lo que comienzan a observarse necesidades no satisfechas en las familias.

En la región circundante a Celaya, en los últimos 19 meses, el gas LP ha aumentado el 53 por ciento, el kilo de tortilla el 25 por ciento, una caja de diclofenaco el 20 por ciento, el litro de leche pasteurizada el 16 por ciento, la pechuga de pollo a granel el 13 por ciento, por citar solo algunos bienes de primera necesidad.

En la medida en la que la canasta de consumo de una familia se compone por productos más básicos, en esa misma medida, los efectos de la inflación son más dolorosos pues las necesidades no satisfechas son, justamente, necesidades básicas. Por ello, las familias más pobres son las que sufren de forma más intensa los procesos inflacionarios. ¿Cuál es la magnitud del dolor de tener que llevar a la mesa el 25 por ciento menos tortillas, 20 por ciento menos medicinas ó 16 por ciento menos leche?

60 por ciento de las familias mexicanas, equivalente a 75.7 millones de personas tienen un ingreso igual o inferior al que permite adquirir una canasta básica y hoy sufren esta desgarradora situación. Ante ello, solo tienen tres opciones dentro de lo lícito; la primera, apretarse el cinturón y tener los tamaños para explicarle a los hijos que deben de reducir la cantidad de alimentos, de gas, de agua caliente, y de otros bienes básicos que consumen; con todo el sacrificio que implica la triste resignación.

La segunda opción es incurrir al endeudamiento, de forma equivocada, para construir artificialmente en aumento en el ingreso. Ello sólo alargará la agonía, pues en el corto plazo, una parte del ya de por sí reducido ingreso tendrá que destinarse al pago de la deuda y de sus intereses, comprometiendo aún más la capacidad de satisfacción de las necesidades de la familia. Y la tercera opción es lograr incrementar el ingreso laboral o buscar un cambio de trabajo para encontrar un empleo que genere un mayor ingreso y compensar de esa forma la pérdida del poder adquisitivo, misión que se antoja casi imposible si la economía se encuentra en un ciclo de estancamiento.

Si la economía no crece, sería un cruel espejismo creer que los ingresos de los trabajadores aumentarán, por lo menos, lo suficiente para compensar los efectos inflacionarios; o creer que se presentarán oportunidades laborales con mejores condiciones. El estancamiento económico neutraliza la tercera de las opciones y deja solo la desesperanza de la resignación o del endeudamiento suicida.

Si bien es cierto que la inflación se ha observado como un fenómeno mundial y ha afectado a la mayoría de los países, también es cierto que sus efectos se sufren de diferente forma de acuerdo al comportamiento de la actividad económica en cada uno de dichos países.

Hoy México sufre las consecuencias de la ausencia de políticas anti cíclicas de apoyo a las micro, pequeñas y medianas empresas durante los meses de la parálisis económica causada por la COVID; dejaron tiradas a su suerte a las MiPyMES, principal fuente de empleos y de ingresos en México y hoy se trata de revivir al moribundo en medio de un ambiente de falta de certeza para las inversiones productivas.

La inflación por sí misma genera dolor en la sociedad, pero enfrentarla conjuntamente con un proceso de estancamiento económico pone a millones de mexicanos en la más cruel desesperanza.

 

La virtud del justo medio

Entre el 2019 y el 2020 el Gobierno Federal gastó 330 mil millones de pesos a través de la Secretaría del Bienestar. ¿El resultado? 3.8 millones de mexicanos se sumaron a la pobreza, de los cuales 2.1 lo hicieron en situación de pobreza extrema. Aun considerando el efecto de la Pandemia, este fracaso sería un gran caso de estudio en cualquier facultad de economía, incluso en Cuba, Bolivia o Nicaragua.

Mauricio Hernández Mendoza

Experto en procesos de planeación estratégica y administración financiera. Docente e investigador en diversas universidades públicas y particulares de México y España.