“El beisbol nunca ha sido negocio para nadie en México, Lo estoy vendiendo porque ya me cansé de tirar el dinero año tras año y que nadie lo aprecie y en especial los medios de comunicación, para ellos sólo existe el futbol”, fueron las palabras textuales que cita la cadena noticiosa Bloomberg, en una entrevista realizada al empresario Carlos Peralta. Era el mes de noviembre de 2008. Al menos cuando fue publicada la entrevista.
La citada publicación además mencionaba que Peralta, heredero de don Alejo Peralta, estaba poniendo en venta un yate de 84 metros de largo con seis cubiertas (valuado en 143 millones de dólares según el corredor Fraser Yachts), un helicóptero para siete personas, y que pensando en dedicarse a otros negocios se había desprendido de la empresa Iusacel lo que lo había consolidado como uno de los hombres más poderosos económicamente hablando en nuestro país, ubicado entre los 350 millonarios más importantes del mundo con una fortuna estimada en 1,300 millones de dólares.
Era evidente que un hombre de sus dimensiones no podría tener problemas económicos a pesar de haber fracasado en su aventura en la industria aérea con la línea regional de bajo costo denominada “Alma”. Grupo IUSA tuvo un “parón” por la recesión inmobiliaria en Estados Unidos, pues más de 60% de sus ventas son exportaciones, pero es evidente que los tiempos han cambiado y con la situación del peso, su empresa, que compra al contado su principal materia prima, el cobre, se ha visto incluso beneficiada en la balanza de exportaciones.
¿Y EL BEISBOL?… Pero Carlos Peralta no parece tener la visión que tenía su padre sobre el beisbol, y a pesar de haber mantenido y acrecentado el legado deportivo de los Tigres capitalinos, los empresarios de segunda generación, como es su caso, ven las cosas más como negocio, y la pasión por los deportes, a la luz de los resultados financieros, no equilibra lo que en algún momento fue un asunto de familia.
Los Tigres emigraron a Puebla primero y cuando se acabó el financiamiento del Gobierno estatal, decidieron moverlos a Cancún, donde es evidente que ya no hay los recursos para este año, que sí hubo en el pasado y que de acuerdo a información oficial, superó los 200 millones de pesos durante al menos las pasadas 10 temporadas y una serie de beneficios y concesiones.
Los Tigres siguieron siendo triunfadores y emplearon la visión de explotar el talento mexicano, a todas luces más barato que pagar en dólares a jugadores extranjeros, lo mismo de otra nacionalidad, que a aquellos mexicanos nacidos fuera del país y formados en academias como la de David González, padre de Adrián González.
Y es que el conflicto de intereses alcanzó a la Liga Mexicana de Beisbol cuando las academias nacionales, como la de Pastejé, propiedad de Carlos Peralta, o de la de Oaxaca de don Alfredo Harp, dejaron de tener salida para sus jugadores, pues de fuera, particularmente de Estados Unidos, comenzaron a llegar jugadores altamente competitivos, y se acuerdo con la versión de algunos especialistas en la materia, incluso mejor preparados que los hechos en casa.
LA REGLAMENTACIÓN… México tiene reconocimiento de las Ligas Mayores como una Liga de categoria AAA, lo que significa que Minor League Baseball es quien nos avala para que los jugadores de la LMB puedan ir sin problemas a las Grandes Ligas.
Y ante el conflicto que ha dividido a la Liga entre los que ven a los “mexicanos” de fuera, los llamados “pochos” como una “desventaja” y pretendieron limitar su participación en número y los que consideran que, por supuesto, no hay mexicanos de segunda, situación que ya en el futbol ha causado un brutal escándalo con la llamada Regla 10/8, y que han conseguido a talentosos jugadores mexicanos fuera de México sin pagar los costos que implican los derechos de formación que cobran las academias como las mencionadas de los señores Harp y Peralta, por soltar a los jugadores, parece que el ingeniero Peralta, encontró finalmente una “razón” de peso y muchos pesos para abandonar el beisbol y una tradición familiar que ya no importa, pues no sólo hay que invertirle, sino que es un pálido negocio ante las cifras que manejan sus demás negocios, como ese del tomate orgánico que requirió una inversión de más de 100 millones de dólares.
Carlos Peralta se iba a hacer a un lado, dejando más que la franquicia disponible, un espacio para aquellos que quisieran entrarle a la Liga, pues pensaba llevarse el nombre de “Tigres” quizá para guardarlo celosamente como un recuerdo de su padre quien, por encima de casi todos los aficionados al beisbol, mostró una pasión que le costó, pero que cultivó durante más de 40 años hasta que lo sorprendió la muerte en 1997.
VALENZUELA… Fernando Valenzuela quizá sea, o al menos así lo es en mi opinión, uno de los tres deportistas más grandes y significativos de la historia de México en el deporte profesional. Los tres grandes para muchos de mi generación son Hugo Sánchez, Julio Cesar Chávez y Fernando Valenzuela. Cada uno a su modo, con su estilo, pero lo que diferencia al “Toro de Etchohuaquila”, es que jamás ha dado de que hablar. O yo no lo recuerdo.
Desde el día aquel de 1991 en que Tom Lasorda le dijo que se había acabado su historia con los Dodgers, pasó por otros equipos y se retiró dignamente en 1997. Y después de eso, se volvió un gran aficionado al golf, comentarista de varias cadenas de televisión, un recurrente promotor de actividades con causas nobles, y supo, algo muy difícil, mantener una impecable imagen de gente decente y deportista triunfador, razones por las cuales, incluso, le fue otorgada la nacionalidad estadunidense hace casi dos años en agosto de 2015.
Fernando está ligado al estado de Yucatán, más que a Quintana Roo, jugó con Leones e incluso su número 34 fue retirado del listado del equipo como homenaje en un evento celebrado en el Parque Kukulkán, y en esa ocasión, “el Toro” dijo que deseaba hacer algo por el beisbol mexicano. Sus suegros viven en Mérida, incluso su hijo llegó a jugar varias temporadas con los Leones antes de irse a Tijuana en el 2015.
Se dice que Valenzuela y algunos socios de los que no se conoce el nombre, ha pagado 50 millones de pesos por el nombre y la franquicia, es decir, poco más de 2 millones de dólares, algo que no parece honroso para un hombre cuya fortuna se estima ronda los 40 millones de dólares, y que tal y como lo expresó en su momento, ahora sí tendrá la oportunidad de hacer algo real por el beisbol mexicano… Si lo dejan…
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