Diputados y el idioma

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CHISPITAS DE LENGUAJE

Diputados y el idioma

Se acerca la época electoral y comienzan a barajarse nombres para ocupar los puestos de elección popular. Algunos de ellos responden a compromisos (negociaciones entre partidos), otros a conveniencias políticas (asegurar el triunfo para determinado partido) y otros más como prebendas (premios a servicios políticos). Los currículos son parte de la preventa política. Se escucha de las bondades de fulano, frente a las particularidades de zutano. Pero entre las ventajas de alguien no se menciona o toma en cuenta habilidades para expresar, enunciar o elaborar documentos con precisión. Me refiero a la capacidad para redactar y cuidar la ortografía.  

Estos deberían ser requisitos indispensables para ser legislador. Las leyes, cada uno de los artículos, finalmente, son enunciados que pretenden normar un aspecto de las múltiples aristas de la vida cotidiana. Enunciados imprecisos, ambiguos o francamente confusos alimentan la corrupción, el coyotaje y la injusticia.

Algunos precandidatos argumentarán que para eso está el personal del Congreso. Hay oficinas dedicadas a valorar la congruencia con otras normas (cuando se propone o se modifica algo) y a revisar la forma de enunciarlas (bajo lo que llaman técnica legislativa, que en mucho se centran en aspectos de ortotipografía, o sea, del uso, formato y estilo en que toda la legislación se ha enunciado). Idealmente, suena innecesario, entonces, que los representantes populares estén al pendiente de lo que estarán asesorados (indiscutible, muchos de esos empleados cuentan con una enorme experiencia, producto de varias legislaturas en operación).

El problema es que en no pocas ocasiones la jerarquía se deja sentir. Desde luego que el peso de un diputado frente a un empleado del Congreso (sea federal o estatal) es total y absolutamente determinante. Eso lo saben y lo dejan sentir. Recién llegados –he sabido– se muestran razonables y condescendientes con quienes los asesoran. Se dejan llevar como un estudiante frente a su orientador vocacional. Pero una vez que se familiarizan con el terreno, pueden llegar hasta la intolerancia, manifestada en la franca imposición. Finalmente, son ellos los que llevan sobre sus hombros la representación popular.

Entonces, ¿a quiénes se podría achacar los errores manifiestos de muchas normas? Por ejemplo, la Ley del Notariado para el Estado de Guanajuato (última reforma, 25 de septiembre de 2012), en artículo 17-A en alguna oración usa el vocablo *cercioramiento, sustituible por confirmación, verificación, certificación, más propios de nuestro idioma. En el artículo 80 a medio párrafo enuncia: «… esta persona firmará con el notario, anotándose dicha circunstancia, imprimiendo aquél su huella digital o firmando si pudiere hacerlo…». El gerundio (terminaciones –ando, –endo de los verbos) se desarrolla en la misma unidad de tiempo que el verbo principal de la oración y, en ocasiones como condición previa (eso indica la gramática). Por tanto, ¿cómo firmará la persona referida con el notario, si se está anotando (al mismo instante, por supuesto), la circunstancia y idéntico instante se imprime la huella, firmando? Evidentemente, se trata de actos que no pueden llevarse a cabo paralelamente, más aún si se trata del mismo documento. Sin embargo, de acuerdo a la Ley, así debería suceder. ¿Culparemos al legislador su falta de pericia para redactar o a su apoyo?

Como fuere, más valdría capacitar al responsable. Al fin, la Legislatura pasara a la historia como la que enunció barbarismos. Si no los capacita su instituto político, por responsabilidad también deberían buscar conseguirlo.

Enrique R. Soriano Valencia

Chispitas de Lenguaje: Ha desarrollado una importante labor periodística, literaria y académica, lo que ha enriquecido la cultura de la localidad y el Estado.

                                   Chispitas de Lenguaje 

      Política mata gramática
La concordancia gramatical obliga a hacer armónicos los elementos de un enunciado. La falta de coincidencia podría generar una interpretación equivocada o una franca incongruencia en género y número. Normalmente, la concordancia gira en torno a un elemento central (núcleo del sujeto). Pero, en ocasiones, cuando son varios, surgen dudas de cómo hacerlos coincidir. 
Por instrucción federal, los gobiernos de los tres ámbitos de competencia deben incorporar en sus textos públicos e internos la enunciación explícita de géneros. Ello ha obligado a sujetos compuestos, sin tomar en cuenta que tanta escrupulosidad es contrario a la norma del idioma: «…el masculino gramatical no solo se emplea para referirse a los individuos de sexo masculino, sino también para designar la clase, esto es, a todos los individuos de la especie…», indica el Diccionario panhispánico de dudas en la entrada ‘género’. Eso ha sido lo normal en el idioma siempre. Si la constitución federal se refiere a los mexicanos, no está dejando de lado a las mexicanas. Entonces, «Política mata gramática» aplicaría en este caso porque la instrucción no es optativa. Por tanto, es un absurdo insistir al respecto… pero si lo hacen, al menos que sea de forma correcta.
Un sujeto compuesto por dos o más personas, animales, cosas o conceptos en singular concuerdan con un verbo en plural: «El software y el hardware constituyen elementos inseparables». Ahora, un sujeto compuesto por géneros femenino y masculino coincidirán con el masculino gramatical en elementos que les califica: «Las servidoras y los servidores públicos deberán presentar su declaración patrimonial…», incluso en orden inverso: «Los servidores y las servidoras públicos…». También admite: «Las y los servidores públicos…», aunque este último ejemplo suena más a cumplir con la obligación de mencionarlos que a una construcción debidamente estructurada.
Un concepto colectivo seguido de un complemento (persona, animal, cosa o concepto) en plural admite el verbo en singular o plural. Eso depende de cuál considere el redactor como el núcleo: «La mayoría de los servidores públicos sabe sus obligaciones»; o también: «La mayoría de las servidoras y las servidores públicos saben sus obligaciones». En la oración inicial, ‘mayoría’ está considerada la palabra nuclear y en la segunda, ‘servidores’ y ‘servidoras’.
Si la última palabra de un sujeto compuesto resume los componentes del mismo, el verbo concuerda con esta: «Los y las servidores de administración, los y las de operación y los y las de servicio, es decir, todo el personal deberá portar su identificación mientras permanezcan en funciones, estén o no en oficina pública» (¡Caray! ¡Qué de vericuetos por esto de la equidad de género!). Pero si se considera una explicación, no: « Las y los servidores de administración, las y los de operación y las y los de servicio, es decir, todo el personal, deberán portar…» (la diferencia fue una coma).
Cuando en una oración el sujeto esté integrado por verbos sustantivados, el verbo de la oración se conjugará en singular: «Portar el gafete, llegar en tiempo y registrar puntualmente la hora de entrada es obligatorio para todo el personal». Un verbo sustantivado es cuando se le usa como concepto y admite el artículo, no como un verbo conjugado.
Cuando los sujetos estén enlazados por ni o por la vocal o el verbo puede conjugarse en singular o plural: «Ni Octavio, ni Raúl asistirán al curso» (aquí el sujeto se consideran ambos); pero también se admite: «Ni Octavio, ni Raúl asistirá al curso», donde el núcleo es cada elemento. Desde luego, la primera de las expuestas es la preferente. 
Ojalá esta moda pase y solo sea sexenal. Me parece, además de antigramatical, de una complejidad que podría perder a cualquiera. La tendencia moderna de la redacción es la sencillez y esto tiene tono de barroquismo

Enrique R. Soriano Valencia

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