No quiero sonar alarmista, pero la realidad nos obliga a mirar de frente lo que viene cocinándose desde hace tiempo: la ola de la extrema derecha nos está pisando los talones.
Hace poco más de un año empecé a notar una tendencia estética en redes sociales que parecía inofensiva: el regreso a los «valores tradicionales», el auge de las tradwives y el famoso clean girl look (o como decía mi abuela, andar bien relamida del pelo). Videos con filtros pastel donde las mujeres usan maquillaje invisible, ropa neutra y despiertan intactas, perfectas, idílicas. Irreal. Detrás de esa aparente delicadeza venía el contragolpe ideológico: volver a los roles de género que nuestras abuelas sufrieron y de los que nos imploraron escapar, entregándole al hombre la «energía proveedora» y el control absoluto.
Hoy, el iceberg flotante de esa estética ha mostrado su verdadera masa subterránea. Mientras Trump radicaliza su agenda migratoria, Bukele tuerce la constitución para reelegirse, Israel perpetra un genocidio televisado contra el pueblo palestino y Abelardo consolida el giro ultraconservador en Colombia, la punta de la lanza reaccionaria ha dejado claras sus intenciones: el control total sobre los cuerpos y los derechos de las mujeres.
El chiste se cuenta solo en la cumbre de Turning Point USA. Ahí se planteó formalmente el «voto por hogar», una propuesta para reemplazar el sufragio femenino individual en Estados Unidos. Quienes la respaldan sostienen que el matrimonio convierte al hombre y la mujer en una sola unidad, por lo que el marido puede votar por los dos para «evitar tensiones en el matrimonio». ¿Y las solteras? Que las represente su padre, un hermano o cualquier tutor varón disponible.
Imaginen el nivel de audacia: Erika Kirk, empresaria exitosa, con dinero propio, títulos universitarios, una enorme plataforma pública y sin marido, se para frente a miles de chicas de diecinueve años a decirles que el verdadero éxito es la «sumisión bíblica», parir «más hijos de los que puedan pagar» y renunciar a la ciudadanía. La trampa es perversa. Erika usa la libertad de expresión, el derecho al trabajo y la autonomía económica —conquistas que el feminismo le pavimentó— para convencer a otras de convertirse en ciudadanas de segunda clase. Es el fetiche de la opresión voluntaria vivido desde la comodidad de una mansión.
Para sugerir que el voto femenino es prescindible se necesita una sobredosis de privilegio y una ignorancia supina de lo que pasa cuando el Estado decide, formalmente, que tú no vales nada. La Enmienda 19na. de la Constitución estadounidense, que prohíbe la discriminación del voto por razón de sexo, se promulgó apenas en 1920. Si entregamos eso, ¿qué sigue? ¿Perder el derecho a tener una tarjeta de crédito, a divorciarnos, a estudiar?
Mientras en TikTok juegan a la sumisión con música suave, a unos miles de kilómetros, en Afganistán, las mujeres viven la versión real y desprovista de algoritmos de ese mismo guion. Bajo el régimen talibán no es que «elijan» no votar; es que tienen prohibido estudiar más allá de la primaria, trabajar, salir a la calle sin un guardián varón (mahram) y, por ley, su voz es considerada un área íntima que no puede ser escuchada en público. Las mujeres no hablan, no cantan, no leen en voz alta. Allá la sumisión no es un aesthetic; es una bota en el cuello impuesta a punta de fusil.
La gran lección que nos negamos a entender es que los derechos humanos de las mujeres nunca son una conquista permanente. Son un préstamo a corto plazo. Qué ingenuas somos al pensar que el partido ya está ganado. Basta una crisis económica, un gobierno extremista o la simple apatía social para que los hombres en el poder decidan regresarnos un siglo atrás. Lo que hoy empieza como un reel ridículo, mañana se convierte en una reforma constitucional. Estamos a un pestañeo de perderlo todo.
Aterricémoslo en México: el voto femenino federal se consiguió apenas en 1953. Todavía caminan entre nosotras las primeras mujeres que votaron en su vida; estamos hablando de nuestras madres y abuelas. Cada vez que una influencer adinerada romantiza la sumisión para ganar engagement, les escupe en la cara a las sufragistas encarceladas y a las miles de mujeres que murieron en la invisibilidad exigiendo ser tratadas como personas y no como propiedades. Hacerles justicia a esas muertas es entender que no se cede ni un solo milímetro. Votar no es elegir un partido político; es la delgada línea roja que nos separa de volver a ser consideradas o no, acreedoras de derechos.
Hay un discurso de Angelina Jolie que me ha dado vueltas en la cabeza estos días…
«Nunca he entendido por qué algunas personas tienen la suerte de nacer con las oportunidades que yo tuve, de tener este camino en la vida, y por qué en otro lugar del mundo hay una mujer exactamente igual a mí —con las mismas habilidades, los mismos deseos, la misma ética de trabajo y el mismo amor por su familia— que probablemente pasaría su vida en un campo de refugiados. Ella no tiene voz. Ella se preocupa por lo que van a comer sus hijos, cómo mantenerlos a salvo y si alguna vez se les permitirá regresar a casa. No sé por qué esta es mi vida y aquella es la de ella. No lo entiendo. Pero haré lo que mi madre me pidió: hacer todo lo posible por ser útil en esta tierra. Y si estoy aquí de pie, es porque aprendí temprano que no soy nada si no uso esta libertad para defender a quienes no la tienen».
¿Qué hacemos, entonces, ante esta ola de ultraderecha? Resistir desde lo cotidiano, porque la autonomía se entrena:
- Ponte fuerte: En un sistema que nos quiere débiles, enfermas y con delgadez extrema, nutre tu cuerpo, muévelo y llénalo de energía.
- Apropíate de tu dinero: Aprende de finanzas personales, invierte, emprende un negocio por pequeño que sea. Sé la dueña absoluta de lo que trabajas. Si te casas, hazlo por bienes separados. Hazte de lo tuyo: un carro, un mueble, una cuenta. Que sepa el mundo que tienes a dónde irte.
- Lee e infórmate: Confronta tus ideas y devora la realidad de las mujeres en otras latitudes. La ignorancia es el caldo de cultivo del fascismo.
- Haz amigas y teje redes: Reúnete con ellas, hablen de lo que pasa en la esfera privada, hablen de dinero, saquen a flote lo que sienten. Escucha, acompaña y sostén.
- Exprésate sin disculpas: Que tu vestimenta, tu arte, tus palabras y tu pelo hablen por ti. Rompe el molde de la perfección; lleva el pelo alborotado y la ropa que no combina pero que te encanta. Habla fuerte y claro.
- No las borres: Mantén en la conversación a las mujeres en Afganistán, en el Congo, en Somalia, en Yemen, en Haití, en Sudán, en Myanmar, en el pueblo Rohinyá y en nuestro propio México violento.
Dejarse seducir por el canto de sirena del integrismo no es ser «tradicional», es ser cómplice de nuestra propia desaparición civil. La libertad cansa, asusta y abruma porque nos obliga a hacernos cargo de nosotras mismas en un mundo hostil, pero la alternativa es un silencio absoluto donde ni siquiera tendremos el derecho a quejarnos. Ese mundo donde somos invisibles está mucho más cerca de lo que queremos admitir, y la única forma de frenarlo es recordar que nuestros derechos no se negocian, ni se regalan.










