La pedagogía del terror y de la crueldad

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La reciente captura de Nemesio Oseguera, alias “El Mencho”, ha dejado en la sociedad mexicana ese sabor agridulce que ya conocemos de memoria: la celebración oficial de un golpe al narcotráfico por parte del Ejército frente a la realidad asfixiante de una jornada de violencia, pánico colectivo y la sempiterna zozobra de no saber qué sigue. En Celaya, el guion se cumplió con una precisión quirúrgica; la incertidumbre no fue una suposición, sino un olor que se respiraba en el aire mientras las escuelas suspendían clases y los negocios bajaban sus cortinas a media tarde. En ese instante, el espacio público dejó de pertenecernos para convertirse en un tablero de mensajes digitales donde la única moneda de cambio era el miedo: ¿habrá transporte?, ¿cómo está la carretera?, ¿estamos a salvo en nuestras propias casas?

Resulta fascinante, desde una óptica cínica, observar cómo la caída de la cabeza de una organización que en menos de quince años mutó de grupo regional a potencia paramilitar con redes internacionales, logra paralizar el corazón del país. Lo que vivimos en Guanajuato, Jalisco, Michoacán, entre otros veinte estados no fue una reacción espontánea de lealtad criminal, sino una manifestación política de control territorial. Aquí no se destruye el poder, solo se reconfigura. El cártel respondió con su propia diplomacia: la del fuego. El problema nunca ha sido quién cae, sino el vacío que deja y la rapidez con la que nuevos liderazgos emergen para advertir a sus rivales que la estructura sigue intacta. Sin embargo, la pregunta incómoda no es sobre la sucesión del capo, sino sobre nosotros: ¿qué nos está pasando mientras aprendemos a vivir bajo este asedio?

Como sociedad, estamos siendo sometidos a un proceso educativo perverso que desde la sociología podemos identificar como la Pedagogía del Terror. Esta no es una consecuencia accidental de la guerra, sino una metodología de control autoritario que utiliza el miedo como el principal recurso didáctico para moldear nuestra conducta política y social. Cuando el crimen organizado utiliza la violencia extrema no solo busca eliminar a un enemigo, sino enviar un mensaje claro a la población civil; es un «silencio pedagógico» que nos enseña a modificar rutas escolares, censurar nuestras conversaciones en la plaza y normalizar  las armas como parte del paisaje. Es el autoritarismo en su estado más puro, donde el aprendizaje consiste en saber que la resistencia es inútil.

Pero si la pedagogía del terror nos paraliza, existe algo todavía más profundo y oscuro que la antropóloga Rita Segato ha diseccionado magistralmente: la Pedagogía de la Crueldad. Si el terror busca que no nos movamos, la crueldad busca que no sintamos. Es un entrenamiento para la insensibilidad, un proceso que transforma lo vivo en cosa para que el sistema criminal —y este capitalismo voraz que lo ampara— funcione sin que la culpa detenga la maquinaria. Esta pedagogía se escribe sobre el «cuerpo-territorio» de las víctimas, donde el desmembramiento o la exhibición pública no son solo actos de saña, sino lecciones visuales diseñadas para reducir al ser humano a un desecho, aniquilando cualquier asomo de esperanza o empatía en quien mira.

Lo más doloroso de este currículo de la violencia es su impacto en las infancias y la formación de los llamados «sicaritos». El reclutamiento de menores es el laboratorio más cruel de esta enseñanza, donde se les obliga a presenciar y ejecutar actos atroces para «hacerse hombres», rompiendo su capacidad de empatía a cambio de un estatus efímero de pertenencia. -También consecuencia de la promesa material del capitalismo: Tener carros, dinero, mujeres a montón-

Cuando nos descubrimos desayunando frente al televisor mientras desfilan noticias de masacres sin que se nos cierre el estómago, la pedagogía de la crueldad ha ganado. Hemos aprendido a no sentir, y esa fragmentación del tejido social es la victoria definitiva del crimen.

Ante la caída de un capo, el Estado celebra una victoria estadística; sin embargo, en las calles, seguimos lidiando con las secuelas de una educación que nos prefiere insensibles, mudos y, sobre todo, profundamente solos en nuestro miedo.

Esa indiferencia ante el coche calcinado del vecino, ante la casa baleada o la ausencia definitiva de quienes nos rodean, es el verdadero síntoma de nuestra derrota. Sin darnos cuenta, le hemos entregado al crimen organizado —y a la negligencia del Estado— lo más valioso de nuestra condición humana: la capacidad de conmovernos, de discernir y de habitar nuestra propia vida.

El miedo, aunque legítimo, no debería ser nuestro estado permanente de parálisis. No es normal que el pasado domingo 22 de febrero nuestra única respuesta fuera el repliegue, el cierre de persianas y la suspensión de la vida pública. Pero es aún menos normal despertar el martes y retomar la rutina ignorando al de junto, sin un «¿cómo estás?» que rompa el aislamiento. Me pregunto si este individualismo voraz es la causa o la consecuencia de estas pedagogías del terror; lo que es un hecho es que ya coexisten en nosotros, trenzadas de forma casi indisoluble. Deslizamos el dedo por la pantalla del celular, consumiendo tragedias en formato de video corto, buscando la siguiente imagen de horror sin que el pulso se nos altere.

No estoy aquí para sermonearte ni para darte lecciones morales; yo también comparto esa preocupación que se instala en el pecho al mirar el futuro. No tengo la fórmula mágica contra la deshumanización ni un manual para desaprender el terror, pero reconocer que nos están arrebatando la sensibilidad es, quizás, el primer acto de resistencia frente a un sistema que nos quiere mudos y desconectados.

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Ximena Ojeda

Juglar apasionada y preguntona del siglo XXI. Brujilla insurrecta que lee, escribe y habla mucho. Fundadora de @muchocuento proyecto para el fomento a la lectura. Estudiante de Licenciatura en Ciencias de la Comunicación.