Yo no nací cuestionando al sistema. A dudar se aprende, y generalmente se aprende porque una mujer en un aula se atrevió a incomodarte.
Pienso en aquellas maestras de mi propia historia escolar que decidieron saltarse el guion del programa oficial. Esas docentes que, en lugar de exigir memorización pasiva, me miraron a los ojos y me preguntaron: “¿Y tú qué piensas de esto?”. Parece una pregunta simple, pero para una mujer joven en un mundo diseñado para que nos callemos y calcemos perfectas, que una autoridad te diga que tu pensamiento importa es un cortocircuito emancipador.
Ellas me enseñaron las primeras nociones de feminismo, no como una teoría rígida de biblioteca, sino como una caja de herramientas para la vida diaria. Me enseñaron a ver los sesgos en los libros de texto, a cuestionar por qué la historia universal solo la escribían los señores burgueses, y a entender que lo personal es profundamente político. Pero, sobre todo, me enseñaron a creer en mí cuando el síndrome de la impostora (ese invento patriarcal para hacernos dudar de nuestras capacidades) me quería paralizar. Esas maestras no solo me dieron una calificación; me dieron un espejo donde verme capaz, fuerte y soberana de mi propia voz. En la universidad por ejemplo, todos mis proyectos de investigación los hacía sobre feminismo, feminicidios, cuestiones de género y siempre mis docentes me apoyaron, no me censuraron ( a diferencia de algunos profesores varones).
Hoy que me toca estar del otro lado del escritorio, en ese puente tan vital que va de la preparatoria a la universidad, entiendo la docencia como un ejercicio profundamente ligado a la perspectiva de género.
En la preparatoria, recibimos a cuerpas y mentes en plena metamorfosis. Chicas que están lidiando con las violencias estéticas, el acoso callejero, las dudas sobre su futuro y la ansiedad de un mundo post-pandémico que les exige ser perfectas. Aquí, el aula feminista no solo enseña materias; enseña límites, autocuidado y sororidad.
En la universidad, nos toca la deconstrucción profesional. Desmantelar la idea de que para ser exitosas académicamente hay que masculinizarse, competir entre nosotras o tolerar la violencia psicológica de profesores que confunden el rigor con la crueldad.
Ser maestra en estos niveles implica saber escuchar los silencios en el salón, detectar la mirada cansada de la alumna que trabaja y estudia, y validar sus emociones en un sistema que tacha la sensibilidad de «histeria». Educar con perspectiva de género es entender que el aprendizaje no entra si el entorno es hostil.
A mis maestras, las que me sembraron la espina de la sospecha y me enseñaron a no agachar la cabeza ante la autoridad: gracias. Su legado no está en un artículo indexado, está en cada pregunta incómoda que mis alumnas se atreven a hacer hoy en clase. Y a mis colegas docentes que en estos días navegan la precariedad institucional mientras cuidan la salud mental y el intelecto de las que vienen atrás: un abrazo sororo. Que el aula siga siendo el lugar donde el patriarcado vaya a morir.









