El 28 de mayo se conmemoró el Día de la Salud Menstrual. Quienes habitamos los márgenes de la experiencia femenina sabemos que la verdadera salud menstrual no empieza con un decreto oficial, sino con la demolición de un silencio histórico que ha durado generaciones.
Hace unos días, las alumnas de la preparatoria donde tengo el privilegio de dar clases organizaron un encuentro en Casa Azomalli. Nos reunimos en un espacio seguro para convivir, para acuerparnos y, sobre todo, para compartir nuestras historias. El pretexto material era noble y urgente: una colecta de toallas sanitarias destinadas a la Fundación Dessay, un recordatorio de que la solidaridad entre nosotras siempre camina con los pies en la tierra. Pero lo que ocurrió ahí dentro fue mucho más profundo. Fue un acto de justicia histórica a través de la palabra.
Escuchar a estas jóvenes hablar sin tapujos, sin asco y sin vergüenza de sus propios cuerpos me llevó inevitablemente a un viaje en el tiempo. Pensé en mi abuela paterna. Cuando a ella le llegó la menarquia, el mundo era un páramo de desinformación y tabúes. Estaba en una posada cuando vio la primera mancha; aterrada, creyó que se había cortado y se soltó a llorar en silencio, escondiendo lo que el patriarcado le había enseñado a considerar una impureza. Para gestionar su sangrado, mi abuela usaba trapos viejos que lavaba a escondidas y tendía donde nadie los viera, como si ocultara la evidencia de un crimen.
Una generación después, la historia apenas se movió de lugar. Mi madre me contó alguna vez el terror que sintió el día que manchó sus calcetas blancas en la secundaria. Mi abuela materna, atrapada en la misma Matrix de pudor, nunca le explicó qué estaba ocurriendo en su cuerpo. La regla era ese secreto incómodo que se sufría en solitario, un proceso biológico tratado como una maldición bíblica que debía resolverse tras la puerta cerrada del baño.
Mirar a mis alumnas en Casa Azomalli, intercambiando experiencias con una soltura que a mi abuela le habría parecido de ciencia ficción, me conmovió hasta las lágrimas. Hay una belleza inconmensurable en ver cómo se rompen las cadenas del trauma generacional. Hoy las adolescentes nombran la sangre, se pasan una toalla femenina en el salón de clases sin esconderla en la manga como si fuera contrabando, y entienden que su ciclo no las hace débiles, sino humanas.
Sin embargo, la ironía de nuestro tiempo es filosa y cruel. Mientras en ese espacio compartíamos la fortuna de la educación y la colectividad, la realidad exterior nos daba una bofetada. En México, gestionar la menstruación de manera digna sigue siendo un lujo de clase.
De acuerdo con datos sociológicos y de derechos humanos en nuestro país, miles de niñas y mujeres en contextos de vulnerabilidad económica —en las periferias de nuestras ciudades, en las comunidades indígenas, en las cárceles— siguen menstruando exactamente igual que mi abuela el siglo pasado: recurriendo a trapos, periódicos o cartones porque el dinero no alcanza para elegir entre un paquete de toallas o un kilo de tortillas. A pesar de la eliminación del IVA en productos de gestión menstrual, la pobreza menstrual sigue siendo una barrera educativa y laboral que el Estado prefiere no mirar. Si una niña falta a la escuela cuatro días al mes porque no tiene cómo contener su sangrado, no estamos ante un problema biológico; estamos ante una violación sistemática a sus derechos humanos.
Por eso importa tanto lo que hicieron las estudiantes en Casa Azomalli. Juntar toallas para la Fundación Dessay no es un acto de caridad; es un posicionamiento político. Es decirle al sistema que, mientras ellos siguen debatiendo presupuestos o ignorando la infraestructura sanitaria en las escuelas públicas, nosotras nos encargamos de sostenernos.
Necesitamos políticas públicas reales, educación sexual integral y acceso gratuito a productos de gestión menstrual. Pero, sobre todo, necesitamos seguir contándonos las historias de nuestras madres y abuelas. Porque nombrarnos es empezar a sanar el pasado, y exigir dignidad para las que vienen es la única forma de asegurar el futuro. Al final del día, la sangre que nos dio la vida no tiene por qué seguir costándonos la dignidad.








