“El silencio… un encuentro conmigo mismo”
Cuando hablamos del “silencio”, lo primero que viene a nuestra mente es “dejar de emitir un sonido… un ruido”, “dejar de hablar”, “mute”, silencio total.
Por desgracia, la cultura en la que estamos inmersos, no nos ha permitido, no nos ha enseñado que el silencio no sólo consiste en “callar la boca”, el verdadero silencio, aquel que nos conduce a encontrarnos con nosotros mismos, es un “silencio especial”, especial no porque sólo sea para unos cuantos, para los “elegidos”, no, es especial, porque a través de él, podemos desarrollar la capacidad de conocernos, de seguir evolucionando, contactar con nuestras “verdaderas necesidades… emociones”, conectarme con el sufrimiento y percepción del otro.
Hoy te invito a que hagas un silencio en tu vida… un alto en tu día.
Busca un lugar acogedor, donde sólo tú y nadie más pueda tener acceso. Cuando nos recogemos, ingresamos a lo más hondo, puro, sagrado, esencial que se nos ha dado desde el principio de nuestra historia: nuestro propio “ser”… mayor tabernáculo al cual nadie tiene acceso, sólo yo y el gran Otro.
El “ser” es la parte minúscula con la que podemos conectarnos, participar del gran “Ser”… donde participamos de cierta igualdad con Él. Ese encuentro, esas miradas entrecruzadas, es lo que nos permite tener un acercamiento con todo lo bueno que poseemos, con el riesgo de que esa luz, también se transforme en ausencia de ella misma, convirtiéndose en oscuridad.
Dejemos a un lado la dimensión “religiosa”, pensando que sólo profesando una religión, un credo, podemos silenciar nuestro interior. Lo único que es necesario para sumergirnos en la más maravillosa aventura del inconsciente-consciente, es el deseo y la intensión de hacerlo, de descubrir dentro de mí, todo lo bello y encantador que podemos poseer como seres humanos: silencio, serenidad, felicidad, sensibilidad, comprensión, equilibrio, sanación, sabiduría.
En este mundo tan voraz, tan depredador, es necesario volver a contactarnos con esos grandes frutos que la interiorización, el silencio, la meditación, nos puede ofrecer.
Silencio… silencio para poder reconocer al “otro” como parte de la creación, como maestro en mi vida, como un tú con el que puedo formar un nosotros… silencio por medio del cual, mi orgullo, omnipotencia y narcisismo, cesa un poco para darle oportunidad al otro de que también sea para sí y para los demás, “ser en sí y para sí” como diría Sartre.
Serenidad… serenidad para tolerar con sabiduría los limitantes y procesos de aquellos que yacen a mi alrededor, teniendo presente que la serenidad y paciencia nos contacta con la “miseria humana”, la cual nos hace más humanos de lo que podemos imaginar.
Felicidad… felicidad porque esta es la vida que nos tocó vivir, aprendiendo a ser feliz con lo que se tiene y no añorando lo que no se tiene. Felicidad de ser quien soy, dejando huellas históricas desde mi individualidad, peculiaridad e irrepetibilidad. La felicidad es una conquista diaria donde se triunfa cuando se camina a pesar de las diferentes “estocadas” de la vida.
Sensibilidad… sensibilidad ante el caminar del otro, conectándome con su historia concreta de vida, con la manera en que fue educado para traducir los acontecimientos de la vida diaria. Quien es sensible es un ser humano para los demás seres humanos, no un “lobo del mismo hombre”.
El día que dediques un breve espacio de tiempo para volver a conectarte con tan gran tesoro, a partir de ese día, podrás disfrutar de una vida bella, hermosa, de una verdadera amiga –la meditación- que está para acogerte, recibirte y darte la bienvenida ante los aprendizajes diarios que te permiten “ser más” que el día de ayer.
No tengas miedo de mirar hacia tu interior, no, no temas… ahí radica quien verdaderamente eres, ahora es cuestión de incorporarlo a tu parte consciente, a tu diario vivir, ahora es momento de –cada que lo necesites- volver a la fuente y alimentarte del sagrado alimento que está en ti para confortarte en el camino.
Ora et labora… “ora y trabaja”.









