“No alces la voz. Mejora tu argumento”
[Desmond Tutu]
Triste es observar cómo el hombre de este siglo pareciese indicarnos que ha regresado a su antigua caverna, volver a ser aquel hombre donde todo era arreglado mediante la violencia y la amenaza que manifestaba por medio de los gritos, gruñidos, sonidos donde aún la palabra no podía hacerse presente y que más que comunicarse con el otro, era dejarle ver lo “grande y amenazante” de su persona.
Hoy es común contemplar al supuesto “hombre parlante”, ensimismado, callado, sumido en sus propias ideas, maniobrando un pequeño aparato entre sus manos, enviando mensajes, grabando audios, evadiendo la realidad con música, viendo imágenes y videos que antes eran impensables poder disfrutar… haciendo acto de presencia ante la red como un ser plenamente realizado, pero a la vez, temeroso de mostrar quién es en realidad en la vida social, diaria y cotidiana.
Cuando dicho hombre llega a molestarse con el otro es tendencioso a utilizar una “fuga mundi”, donde cree que el desaparecer por un breve espacio de tiempo, pudiera arreglar la problemática que dejó atrás… regresando y encontrándose con la sorpresa de que la “situación problema” ahora es más hecatómbica, respirándose en ese silencio, indiferencia, venganza… un hecho que hubiera podido arreglarse sentándose y hablando se posterga para la eternidad, uniéndolo a otros conflictos que no han sido resueltos por no apostarle a la palabra y a la reparación.
Cada vez le está costando más y más trabajo al hombre de hoy poder comunicar lo que le pasa, ponerle nombre a sus emociones… hablar de lo que le sucede, de sus miedos, de sus intereses, deseos, así como de los cambios personales ante los cuales se puede estar enfrentando. Ese ser humano está prefiriendo evadir sus responsabilidades, negándose a encontrarse consigo mismo, prefiriendo hundirse en el alcohol, las drogas, apuestas, diversiones, pasiones desenfrenadas, todo lo contrario de aquello que le recuerde cuál es su fin y propósito en esta vida.
Los argumentos están siendo muy pobres para poder exponer lo que el hombre de este siglo está experimentando en su existencia. Ya es muy difícil, por no decir que casi imposible –en algunos casos- poder llevar a ese ser a un análisis, análisis a través del cual él mismo pueda darse cuenta de lo que está haciendo y qué tanto se acerca a lo que desea para su futuro. Cuando este hombre es cuestionado prefiere el silencio, la agresión, alzar la voz para intimidar, amenazar, matar con la palabra, pero muy raramente se esfuerza por elaborar un argumento que le permita conciliarse con el otro, que le permita reconocer sus errores y limitaciones… que le ayuden a crecer.
El silencio y los gritos son las formas más comunes de comunicarse en este siglo…
¿Acaso tenemos miedo de mostrarnos frágiles y vulnerables, “comidilla” para los demás?
¿Por qué gritamos, nos violentamos tan fácilmente y dejamos los problemas al aire, sin solución?
Comienza a tranquilizarte, usa la palabra, es lo que te diferencia de aquellas especies que viven a través de sus instintos.
Después de tranquilizarte, ordena tus ideas y piensa en crear un diálogo que te conduzca a “comunicarte” con el otro, no ha enemistarte… tienes derecho a pedir que te escuchen, pero también el otro tendrá derecho a ser escuchado. Es muy raro querer hacer daño a los demás, lo que pasa es que en ocasiones se realizan acciones de la forma no correcta, no viniéndole bien a los demás y ahí es donde inicia el conflicto.
No alces la voz… que cuando lo haces no puedes escuchar al otro, sus razones, sus motivos, y lo único que propicias es perder la oportunidad de llegar a un acuerdo, desfigurando tus facciones como un ser al cual hay que temer, no amar.
Comienza por darte la oportunidad de ponerle palabra a tus emociones… de organizar un argumento con el cual puedas manifestarle al otro que has evolucionado, que estás preparado para llegar a acuerdos que les lleven a un bien común.
Un argumento siempre será la mejor carta de presentación de tu madurez y preparación…
Levantar la voz demostrará tu falta de tolerancia a la frustración, así como la imposición de tus ideas.
Comienza levantando tu voz y pronto te darás cuenta que imposiblemente llegarás a un bien común.









