Ni Santas ni Mártires. La maternidad en México. 

ximena columna

La maternidad en México. Tengo tanto que decir, que mejor me apuro. Escribo esto con un nudo en la garganta y una autocrítica necesaria, porque yo también he caído en la trampa. Yo también he mirado a mi madre con esa mezcla de adoración y exigencia, olvidando que antes de ser mi refugio, es una mujer con una biografía que el mundo intentó borrar.

Empecemos por lo estructural. En este país, el PIB no se sostiene solo por el petróleo; se sostiene por los hombros de mujeres que lavan, planchan y cuidan en silencio. De acuerdo con el INEGI, el valor económico de las labores domésticas y de cuidados reportó un equivalente al 24.3% del PIB nacional.

Es decir, las mujeres aportamos casi una cuarta parte de la economía mediante el «amor», que en términos sociológicos no es más que trabajo gratuito. Mi madre lo hizo, las suyas también, y a menudo lo celebramos como «entrega» cuando deberíamos señalarlo como una transferencia de riqueza no pagada de las mujeres hacia el Estado y el capital.

Confieso que me ha tomado años entender que amar a mi madre no es santificarla, sino liberarla de mis propias expectativas. La hemos idealizado porque es más cómodo tener una «heroína» que reconocer que tenemos a una mujer agotada.

Al verlas como santas, les negamos el derecho a la fatiga y al deseo propio. La «madre abnegada» es una construcción política que sirve para que el Estado no invierta en sistemas de cuidados. Si mamá lo resuelve todo, el gobierno no tiene que mover un dedo. Reconocerla como mujer —con sus grietas, sus errores y sus sueños truncados— es el acto más feminista y amoroso que podemos ejercer. Es dejar de cobrarle la factura de nuestra existencia.

Aquí es donde la teoría se vuelve cuerpo: hoy tengo el privilegio histórico de decidir. A diferencia de mis abuelas, para quienes la maternidad fue un destino biológico inevitable y a menudo impuesto, yo puedo elegir si quiero ser mamá o no. La maternidad deseada no es solo un eslogan; es la brecha que separa la autonomía de la servidumbre.

Poder decidir si quiero —o puedo— criar es una victoria ganada a pulso por quienes nos antecedieron. Pero esa libertad es agridulce cuando recordamos que, en México, esa opción sigue estando condicionada por la clase social.

No puedo cerrar esta columna sin hablar del rostro más digno y doloroso de la maternidad en México: las Madres Buscadoras.

Mientras la narrativa oficial nos quiere comprando flores, hay miles de mujeres en los cerros  con pala en mano, haciendo el trabajo que las fiscalías ignoran. México supera las 115,000 personas desaparecidas. Ellas han pasado de la maternidad biológica a una maternidad política. Su amor no es sumiso; es una fuerza disruptiva que cuestiona a un Estado fallido que ni protege, ni busca, ni hace justicia.

Ser madre en México no es una bendición celestial; es un acto de resistencia en un sistema que te quiere productiva para el mercado pero invisible en tus necesidades.

Así que, este mes, ahorrémonos el electrodoméstico. Mejor exijamos leyes que reconozcan el trabajo de cuidados y, sobre todo, dejemos de pedirle a nuestras madres que sean mártires. Amémoslas como las mujeres complejas y soberanas que merecen ser.

Mamá, Mtra. Sara Valtierra. Te compadezco por las violencias que a ambas nos atraviesan como mujer; te admiro por recorrer tu propio camino; y te agradezco por confiar en mis sueños. Te amo. 

Ah, otro recordatorio. Ningún ser humano nació de la costilla del hombre. Toda la humanidad ha venido en el vientre de una MUJER. 

Soy Ximena y escuchaste mi columna “incorrecta”.

Ximena Ojeda

Juglar apasionada y preguntona del siglo XXI. Brujilla insurrecta que lee, escribe y habla mucho. Fundadora de @muchocuento proyecto para el fomento a la lectura. Estudiante de Licenciatura en Ciencias de la Comunicación.