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Desperté a un nuevo día…
Lo primero que nació desde lo más profundo de mi corazón es un ¡¡¡GRACIAS!!! ya que tal vez muchos otros no tuvieron la oportunidad de decirlo el día de hoy… hoy así lo deseo hacer por todos aquellos que ya no están entre nosotros… en nombre de ellos, así sea.
Me levanté con una sonrisa de oreja a oreja pensando en todo lo que querría construir en el nombre del AMOR. Eran tantas y tantas cosas que mientras aseaba mi cuerpo y me preparaba para salir a trabajar, rondaban por mi mente infinitas ideas de hacer el bien, de “vivir, dejar vivir y dejar al mundo mejor de lo que lo encontré”.
Buenos días aquí, buenos días allá y buenos días por acá… no importa que no lo conozca, no importa que en días anteriores me haya hecho un mal gesto o no haya respondido mi saludo, no importa, no importa ¿De qué sirve siempre saludar a los mismos… saludar a los que sí responden mi saludo? ¿Dónde está lo grandioso y magnífico de dicha acción? El verdadero reto en la vida es atreverse a dar a aquellos que quizá nunca nos lo devolverán… ese acto sí es grande… es de locos.
Llego a mi trabajo y me dispongo a escuchar más y hablar menos. Hoy crearé una empatía con los demás desde el amor, el respeto, la comprensión, la tolerancia y el no juzgar… yo no estoy en los “zapatos” de aquel que está enfrente de mí… quién sabe cómo actuaría si estuviera en su realidad.
Qué gran aventura es la vida… no me complicaré la existencia, ni complicaré la de los demás… ¡viviré y dejaré vivir… dejando el mundo mejor de lo que lo encontré!
¿Acaso es una misión tan difícil de realizar? ¿Acaso no estaríamos mucho mejor como humanidad si viviéramos este principio a partir de ahora? ¿Cuántos momentos tan maravillosos, irrepetibles, dejamos de disfrutar, de vivir, por estar viviendo vidas ajenas, y por ende, empeorando la realidad?
Así transcurrió el día, la tarde, la noche… hasta llegar una vez más a casa, encontrarme con mis seres queridos y muy amados.
Algo me impulsó a salir de la casa y contemplar la noche, el cielo con el espectáculo de sus estrellas y seres nocturnos, la luna y todo aquello enigmático que siempre ha estado ahí, pero que muy pocas veces me he permitido apreciar… sorprenderme ante tal hermosura… preguntarme ¿quién soy… de dónde he venido? ¿Acaso mi verdadero hogar está allá, en el infinito y sólo soy viajero de esta Leyenda Personal?
Algo muy dentro de mí me impulsó a levantar las manos al cielo, cerrar los ojos y moverme según la música interna -siempre sabia-, que me pedía moverme sin ningún temor… la magia de ese momento seguía, hasta que el vecino de al lado, con el celular en la mano, llegando a casa y arrastrando los problemas del trabajo, escuché que dijo:
“No la hagas “wey”… aquí el “wey” de mi vecino ya se volvió loco… quién sabe de cuál haya fumado “wey””…
Así fue…
Ese día fue el día que me volví loco.
“Me volví loco, con insoportables momentos de horrible cordura”… Edgar Allan Poe
Por: Antonio Hernández Mascote.









