Una amiga tomó a sus tres hijos y decidió irse a vivir a una pequeña hacienda en el interior de Canadá. Quería dedicarse sólo a la contemplación espiritual.
En menos de un año, se enamoró, se casó otra vez, estudió las técnicas de meditación de los santos, luchó por un colegio para sus hijos, hizo amigos, hizo enemigos, descuidó su tratamiento bucal, tuvo un absceso, hizo autostop bajo tempestades de nieve, aprendió a arreglar el coche, a descongelar las tuberías, a estirar el dinero de la pensión para llegar hasta fin de mes, a vivir del subsidio de desempleo, a dormir sin calefacción, a reírse sin motivo, a llorar de desesperación, a construir una capilla, a hacer reparaciones en casa, a pintar paredes, a dar cursos sobre contemplación espiritual.
-Finalmente comprendí que la vida en oración no significa aislamiento –dijo-. El amor de Dios es tan grande que hay que compartirlo.
Paulo Coelho –Maktub-
El día que el ser humano -sobre todo aquel que se considera“espiritual”- decida aislarse de los demás, a tal grado de no ser responsable de sus propias obligaciones… ese día estaremos delante de un “charlatán”, y por ende de un “pseudoespiritual”… ¡hasta cuándo comprenderemos que las “cosas del espíritu” no están en contra de las “cosas materiales”, obligaciones o responsabilidades!
Aquel que se nutre de las cosas espirituales se transforma en un ser humano sensible ante las necesidades de sus congéneres, vive como alguien veraz, sabio y amoroso, sin perder por nada su humanidad, condición regida por este espacio y tiempo concreto.
Alimentar el espíritu es entrenarse para las pruebas de la vida… pruebas que orillan a creer en “aquello” más allá de lo comprobable, de lo predecible, de lo tangible… aquello que en ocasiones rompe con las reglas naturales establecidas, o reglas que nos han hecho creer a través del tiempo, generación tras generación, y donde hemos depositado nuestra fe ciegamente, creyendo que siempre lo “imposible” será “imposible”, sin darle oportunidad a lo “posible”.
Si tú te haces llamar “espiritual” y te afanas por dividir a los demás a través de tus comentarios, difamaciones, “máscaras” e hipocresías… date cuenta que de espiritual no tienes nada, tal vez, sólo el nombre y recuerda que “el hábito no hace al monje”.
Vivir en el espíritu es vivir para el bien, el deber, la justicia, la verdad, el amor y todos aquellos principios y valores que te permiten crecer, crecer y crecer… crecer cada vez más como ser humano incompleto que somos. Cuando más completo y terminado te consideres, es cuando más falta por invertirle a tu propio conocimiento y desarrollo.
Quien vive en el espíritu, es aquella persona que a su paso siembra semillas buenas, convirtiendo los “corazones de piedra en corazones de carne”… es la persona que le apuesta y cree en el perdón, en la reparación, en una vida feliz aceptando el ser humano que es, los “otros” con quien está y aceptando la vida como es en realidad… quien vive en el espíritu, vive reconociendo sus limitantes, así como sus fortalezas y logros… vivir en el espíritu es creer en un mejor mañana, comenzando a vivirlo y aplicarlo con sus más cercanos, sin esperar a que todo sea perfecto para actuar, para comenzar a crear y transformar.
Vivir en el espíritu, como diría Adler… “es no darle toda la importancia a cómo y con qué nacimos, sino darle el uso debido a esas dotes recibidas”… así que deja de atormentarte por tu pasado, por lo que has recibido… es momento de comenzar a actuar y crear, tu entorno, el entorno de los demás, con las habilidades, potenciales recibidos desde el hecho de existir aquí y ahora.
¡Cuántas desobligaciones y crímenes se han cometido en pro de la “falsa espiritualidad”! ¡El espíritu no está peleado con nuestras obligaciones, compromisos… con nuestra naturaleza humana!… al contrario, la hace más plena, satisfecha y exitosa.
Cuando alguien dice hablar en nombre de Dios o del Ser Superior en el que cree… ¡cuidado!… algo malo va a pasar. El sentirse “elegido”, “especial”, al grado que cree y exige quedar eximido de toda responsabilidad y obligaciones…¡ahí es donde nos enfrentamos a una espiritualidad falsa!… grandes genocidios se han efectuado por dicha causa.
Esos grandes líderes espirituales que han marcado la historia, eran personajes que se vivían como “seres humanos plenos”… cumplían con sus obligaciones que tenían como sujetos históricos viviendo en un tiempo y espacio determinado. Le daban su tiempo y atención a las necesidades biológicas y primarias que todo individuo perteneciente al género “homo sapiens” demanda… no somos tan “especiales” que prescindamos del comer, descansar, reconocer errores, gozar, pedir perdón, amar, etc.
Ser “un santo” o una “persona espiritual” no debería ser tan complejo, ni mucho menos una vida llena de privaciones y castigos, cargos de culpa… al contrario, debería ser “vivir plenamente” como organismo vivo, como un ser humano consciente de su humanidad… no como un ser inerte, muerto.
Cuando analizamos todos los requisitos que debemos tener para poder pertenecer a una institución religiosa donde podamos ejercer nuestra espiritualidad, nos damos cuenta –tristemente- que ni la divinidad que rige dicha institución sería candidata para pertenecer a dicho grupo… ¿por qué tanto miedo de que el ser humano viva plenamente y a través de sus experiencias de vida pueda descubrir, conectarse, con esa esencia espiritual, que lo conduzca a ser feliz y vivir la espiritualidad como satisfacción y no como frustración, represión… culpa?
Todos somos entes biológicos, psíquicos, sociales y espirituales… dejemos de creer que espiritualidad es sinónimo de religión, superioridad, aislamiento y mucho menos, desobligación.
Prepárate a vivir plenamente, intensamente, con todos tus sentidos… vivir plenamente es vivir al lado del otro, comprometiéndote con los otros. Que tu vida espiritual desemboque en una vida activa de compromiso y satisfacción por hacer el bien, de contribuir a un mundo de inclusión... no exclusión.









