Cuando las personas se refieren a la ciencia y a sus principales exponentes, por lo general suceden dos cosas: piensan primero en las ciencias naturales o las ciencias exactas y, además en científicos, grandes figuras de diversas disciplinas, y sí: la mayoría son hombres. No es algo completamente negativo, ni eso significa que debamos quitarles el reconocimiento del que bien se han hecho acreedores. Sin embargo, este pensamiento es un indicador del imaginario colectivo, de la estructura hegemónica que permea en la sociedad. ¿Por qué no pensamos en científicas? ¿Por qué no pensamos también en las ciencias sociales? ¿Qué papel han jugado las mujeres en el ámbito científico?
Hace un par de años, mientras platicaba con mi grupo de último grado acerca de las teorías de la comunicación, una de mis alumnas me preguntó si entre los teóricos había alguna mujer, alguna teórica que destacara por sus aportaciones a este campo de estudio. En ese momento, la única que vino a mi mente fue Elisabeth Noelle-Neumann, autora del modelo de “la espiral del silencio”, cuyo aporte es de suma relevancia para los estudios en política y opinión pública. Le mencioné el nombre de algunas investigadoras actuales, pero no supe si había más. “Seguramente sí las hay o las hubo, pero las han silenciado”, agregó ella.
Tiempo después, cuando fue el turno de recibir a una nueva generación, me di a la tarea de investigar más acerca del trabajo de las mujeres en el campo de la comunicación. Esta vez encontré un reciente proyecto extraordinario llamado FEMICOM, una iniciativa de análisis y divulgación de los Roles Femeninos en la Investigación en Comunicación, y cuyo equipo, perteneciente al Departamento de Comunicación de la Universidad de Murcia, en España, se encarga de investigar y divulgar el lugar, la presencia y ausencia que las mujeres han tenido en este campo científico.
Afortunadamente no es el único proyecto que está reivindicando el papel de las mujeres en la investigación en comunicación, otras instituciones de nuestro propio país también lo hacen, principalmente con los trabajos de mujeres investigadoras de México y latinoamérica, como la Coordinación para la Igualdad de Género de la UNAM. FEMICOM, en particular, ha recuperado las aportaciones de las pioneras o “madres fundadoras de la comunicación”; una de ellas es Herta Herzog (1910-2010), austriaca formada en el Círculo de Viena entre los años 30 y 60 del siglo XX, en donde conoció a Paul Lazarsfeld, su esposo entre 1936 y 1945. La Escuela de Columbia se convirtió en el epicentro de sus estudios referentes a la comunicación masiva, ya que fue de las primeras académicas en aplicar técnicas de investigación en comunicación; a ella le debemos las primeras investigaciones de audiencias femeninas y la existencia de la entrevista en profundidad y los focus groups como técnicas aplicadas en el estudio de la comunicación de masas y la publicidad, una de las razones por las cuales se ganó el título de “la mujer más poderosa de la publicidad estadounidense”.
Herta fue y continúa siendo una mujer admirable no sólo por sus aportes al campo de estudio en las Ciencias de la Comunicación (cabe señalar que también fue pionera en el desarrollo de la teoría de los usos y gratificaciones, pero el crédito se lo llevaron Elihu Katz, Jay G. Blumler y Michael Gurevitch), sino también porque, como muchas, vivió los efectos de que su trabajo permaneciera en el olvido y el silencio por más de medio siglo.
A este fenómeno se le conoce como “efecto Matilda”, se refiere a las voces y aportaciones femeninas que han sido borradas o invisibilizadas en la investigación científica en sus diversas áreas. Recibe ese nombre porque la sufragista y abolicionista Matilda Joslyn Gage, fue de las primeras en denunciarlo públicamente en 1883 en su ensayo Woman as an inventor (Mujeres inventoras), en el cual especifica que aunque a las mujeres le fue negada enormemente la educación científica, algunos de los inventos más importantes del mundo se deben a ellas. No obstante, fue Margaret W. Rossiter quien acuñó dicha expresión al visibilizar, entre muchas otras, las vivencias de la propia Matilda, debido a que fue víctima de esta problemática al ser borrada por sus compañeras feministas de la historia de la lucha por el derecho al voto de las mujeres en Estados Unidos.
Aquí podríamos entrar en un debate sin fin respecto al hecho de que las mujeres también ejercen violencia en contra de otras mujeres (y estoy de acuerdo, existen varios ejemplos y aportes científicos recientes como el de la socióloga Carolina Espinosa Luna y su investigación de la violencia académica que lo evidencian); sin embargo, es importante no perder el foco en la problemática.
El sexo y el género ha sido un elemento clave en el desarrollo de la ciencia y en cómo la conocemos hoy en día. Pese a la presencia de mujeres en diversas ramas científicas, al menos como universitarias y docentes, su acceso a cargos de liderazgo y, por ende, el financiamiento para el desarrollo de proyectos de investigación sigue siendo por demás inferior al de los hombres: el proyecto #MujeresEnLaCiencia de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, señala que 11% de las mujeres ocupan cargos en laboratorios o centros de investigación; los hombres el 89%. Y este dato solamente abarca lo referente a las ciencias exactas y naturales, en las ciencias sociales las cifras no son muy diferentes.
A la vez, estos números demuestran que el fenómeno “techo de cristal” es un indicador de las violencias que atraviesan a las mujeres universitarias y académicas, quienes se enfrentan a las barreras invisibles, simbólicas, pero reales que impiden su acceso a puestos de poder y alta dirección en el ámbito profesional, lo que frena los avances científicos en pro de las mujeres y sus necesidades.
¿A qué retos nos enfrentamos y qué estrategias tenemos para, en el mejor de los sentidos, erradicar este problema? En primera instancia, debemos reconocer que la omisión de las mujeres en la ciencia y la academia no es sólo una cuestión histórica, sino una consecuencia de las estructuras de poder hegemónicas que aún persisten. Desde nuestro propio contexto, además de la baja representación femenina en la investigación y en cargos de liderazgo, nos enfrentamos a la resistencia cultural arraigada a estereotipos de género y la falta de visibilización del trabajo de las académicas.
Aunque el panorama es desalentador, hay maneras de cambiarlo. Desde la educación podemos apostar por la incorporación de una perspectiva de género en los programas de estudio, la creación de redes de investigadoras, la promoción de becas y el financiamiento para mujeres científicas, al igual que la difusión de sus aportes y el trabajo colaborativo con estudiantes para deconstruir y transformar el imaginario colectivo. Una enseñanza y formación con perspectiva de género es un medio para comenzar a equilibrar la balanza y una clave para redefinir quiénes cuentan la historia de la ciencia y cómo lo hacen. Seamos cómplices del borrado de estas violencias y desigualdades desde las aulas.







