Quizá resulta extraño traer a la conversación un cortometraje que se estrenó hace 11 años, incluso podríamos pensar en la pérdida de su relevancia por el tiempo transcurrido desde ese entonces hasta ahora. Pero como toda gran historia con una enseñanza atemporal, este mini filme nos recuerda y reafirma valores y virtudes que son necesarios para nuestro andar por el mundo caótico en el que habitamos. Me refiero a Cuerdas, aquella producción animada y multipremiada, dirigida por el español Pedro Solís, que narra la historia de María y Nico, dos niños que viven en un orfanato y cuyas vidas se entrelazan cuando Nico, quien tiene parálisis cerebral, se convierte en el compañero de clases y juegos de María. Si no lo has visto, te invito a que tomes diez minutos de tu día y lo observes.
Retomo este cortometraje porque hace unos días, en una de mis clases, se lo proyecté a uno de mis grupos universitarios para abordar el tema del ensayo académico, de manera que al observarlo lograran esta lectura crítica del mundo, lo apropiaran y plantearan su postura respecto a los temas que se narran en él. Como docente, me gusta que mis estudiantes compartan en clase su opinión respecto a los materiales que les comparto, procuro establecer un espacio seguro para expresar libre y respetuosamente nuestras emociones y pensamientos. Y por supuesto que me intrigaba muchísimo saber su opinión de Cuerdas. Me llevé un par de sorpresas, así como reflexiones y enseñanzas.
La primera fue el silencio que obtuve como respuesta al hacerles las preguntas “¿Qué les pareció el cortometraje? ¿Les gustó?” Di unos minutos para que procesaran sus emociones y encontraran las palabras adecuadas para expresar su sentir. Nada. Me alarmé. “¿Qué pasa? No se preocupen si no les gustó, pueden decirlo sin ningún problema”. Nuevamente nada. Los observé: algunos movían la cabeza de un lado a otro. Después vino un “está bonito”. Unos cuantos asintieron, otros seguían con el mismo movimiento. Y finalmente llegó un “está bonito, pero meh”. No hubo más. Nadie estaba dispuesto a mencionar otra cosa, ni siquiera yo. Di un último vistazo: una estudiante con los ojos llorosos, limpiando sus mejillas, y a su lado dos miradas extrañadas, juguetonas y risueñas, o quizá nerviosas. En ese momento tuve más dudas que respuestas. ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo decir cómo nos sentimos, cómo nos hace sentir lo que nos sucede día a día o simplemente lo que percibimos? ¿Qué estamos haciendo como docentes para establecer espacios de expresión cimentados en el sentido de la humanidad, la empatía, la confianza y el respeto? ¿Es toda nuestra responsabilidad o el problema es parte de uno más grande?
El agitado ritmo de vida y los problemas sociales de diversa índole y magnitud, suelen ser los causantes de que en ocasiones nos olvidemos de un hecho más grande del cual todavía padecemos los estragos: la pandemia de covid-19. Estamos a un par de meses para que se cumplan cinco años desde el inicio del confinamiento en México, y los estragos de éste en materia de salud mental se han mantenido e incluso aumentado. En 2024, el Observatorio Mexicano de Salud Mental y Adicciones reportó que atendieron a 300 mil personas en el sistema de salud, la mayoría mujeres, por distintas condiciones de salud mental; las principales fueron ansiedad, con 52.8% de los casos, y depresión, con el 25.1%. Hubo mayor presencia de mujeres en los casos de ansiedad (73.4%) y depresión (78.8%). Angélica Juárez, docente de la Facultad de Psicología de la UNAM, a partir de este estudio indicó que se presentó un aumento del 25% de esta problemática posterior a la pandemia de covid-19.
Leer y conocer estas estadísticas no causa el mismo efecto que compartir espacios con personas que forman parte de ellas, pero son un indicador de que debemos hacer algo más. Ese silencio que expresaron mis estudiantes grita, entre otras cosas, sus más profundas exigencias, esa falta de habilidades, de dirección, de claridad, de algo tan necesario como saber expresarse frente a otros, incluso entre sus iguales. Y no es un trabajo sencillo ni exclusivo de los docentes, es y debe ser en conjunto con sus familias y de la sociedad en general.
En este sentido, la reciente nota publicada en este medio, acerca de las amenazas que enfrentan las y los maestros por parte de los padres de familia vinculados al crimen organizado, resulta alarmante. La violencia en contra del magisterio no es sólo un ataque a la figura docente, sino a todo el sistema educativo y a la posibilidad de construir espacios seguros en los que el aprendizaje y la expresión emocional sean tangibles. Ante un panorama en el que ya de por sí existe una crisis de salud mental, estas situaciones agravan el temor, la tensión y el desgaste emocional, tanto para quienes educamos y formamos como para quienes aprenden.
El cortometraje Cuerdas nos recuerda la importancia de la empatía, el acompañamiento y la humanización de las relaciones en el aula. Nico y María representan lo que debería ser el fundamento de la educación: la creación de lazos que permitan el crecimiento mutuo. Sin embargo, en la actualidad, maestras y maestros enfrentamos un escenario en el que las amenazas y las dificultades para conectar emocionalmente con nuestros estudiantes obstaculizan esta posibilidad. Los datos en torno a la salud mental, junto con este denso clima de inseguridad, evidencian que necesitamos hacer un cambio profundo que involucre no solo a las escuelas, sino también a las familias, las instituciones gubernamentales y la sociedad en su conjunto.
Si aspiramos a formar personas críticas, humanas y emocionalmente saludables, también debemos proteger y valorar a quienes dedican su vida a la docencia. Es urgente que el Estado garantice condiciones seguras para los maestros y maestras, pero también que nosotros, desde nuestros espacios, contribuyamos a generar ambientes de confianza y expresión. De la misma manera que María tendió su cuerda para conectar con Nico, hoy nos toca a todos tender la nuestra para construir una verdadera comunidad educativa, donde ningún docente o estudiante tenga miedo de expresar su voz o su sentir.







