La industria fílmica hollywoodense es muy afecta a las tendencias, incluidos los directores cuyos trabajos se consideran innovadores, por lo regular venidos del llamado cine independiente de bajo presupuesto, con temáticas novedosas y en varias ocasiones originales. Sus creadores son pluriculturales para agregar un aderezo extra a la receta exitosa.
Ejemplos sobran, como ocurrió en décadas recientes con el inglés Guy Ritchie, el indio-estadounidense M. Night Shyamalan, los mexicanos Alfonso Cuarón, Alejandro González Iñarritu y Guillermo del Toro, además del surcoreano Bong Joon-Ho. Salvo estos dos últimos, los demás han transitado en la medianía, con obras icónicas de su pasado, pero las demás un tanto olvidadas para el estándar fructífero en la taquilla, algo así como el fast fashion.
La mayoría de ellos destacaron en sus lugares de origen y después fueron arropados en lo masivo, tal como ocurre en la actualidad con el griego Yorgos. Lánthimos, el director de moda en Hollywood. La película con la que supimos de su existencia fue Canino (2009), donde mostró la historia de una familia alejada del bullicio y la falsa sociedad que habita en una casa fortificada.

Quienes hayan visto la cinta, además de El castillo de la pureza (1973) no podrán negar que se trata no de una inspiración, sino un plagio. Su director, el mexicano Arturo Ripstein, en su momento mandó un correo electrónico a Lánthimos, donde se leía: «Te felicito porque fuiste nominado al Óscar. Ojalá ganemos». Con polémica incluida, los ojos del mundo voltearon un poco al cine hecho en Grecia y propiamente al de Yorgos.
Aquí me disculpan por mi ignorancia, pero a menos me desmientan, el país mediterráneo no se caracteriza por destacar a nivel mundial en la cultura popular, salvo hace años con el gran Theo Angeloupoulos y el cantante Demis Roussos, que, dicho sea de paso, en mi niñez me sorprendía que un hombre de talla grande, barbón y vestido de túnica tuviera una voz tan aguda y de pilón cantara en español, según lo constataba por la música de los domingos escuchada en mi casa.
El director no ganó el Óscar con Canino, aunque si otros premios, y abrió las puertas para conocer otras cintas contemporáneas de su país, como Un toque de canela (Boulmetos, 2003); un agradable trabajo con similitudes a Como agua como chocolate (Arau, 1992) o Attenberg (Tsangari, 2010), muy en la línea dramática y sicológica de la nueva ola del cine de aquellos lares.El señor Yorgos trasladó su talento agobiante a la industria angloparlante para trabajar con mayor presupuesto y grandes estrellas, tal lo demuestra su primera obra comercial La langosta (2015), estelarizada por Colin Farrell y Rachel Weisz, con una trama novedosa y a la vez disfuncional que pone en balance las relaciones de pareja ¿funcionamos mejor solos o acompañados? He ahí el dilema.

Dos años después presentó El sacrificio del ciervo sagrado, también con Colin Farrell, y esta vez acompañado de Nicole Kidman, Bryan Keoghan y la reaparición de Alicia Silverstone. Si había algo de humor satírico en las películas de Yorgos, aquí desaparece totalmente para sustituirlo por la angustia y la incertidumbre. El desenlace puede tener dos moralejas: la venganza se sirve en plato frío, y en cualquier familia siempre hay un abnegado.
En 2019 trabajó por primera vez con Emma Stone en La favorita, una cinta situada en el siglo XVIII, aunque no con los giros de guion a los que nos estaba acostumbrando. Su reivindicación llegó con Pobres criaturas (2023), hasta ahora su obra maestra, multipremiada y aclamada por esa mezcla entre Frankenstein, la autoexploración y descubrimiento femenino de Bella, interpretada por Stone.

Yorgos estrenó meses más tarde Tipos de gentileza, compuesta por tres relatos sin enlace aparente, pero probablemente unidas por la sumisión de sus protagonistas. Su última cinta, aún en cartelera es Bugonia, la cual tiene todos los elementos característicos de sus anteriores trabajos. Con dosis de humor, angustia y surrealismo -el final es hilarante y a la vez sorprende-, pero sin llegar a la altura de Pobres criaturas.

Mi decepción ocurrió cuando le platiqué a una entrañable persona sobre la película y me comentó que es el refrito de la producción asiática ¡Salven al planeta verde! (2003), salvo con algunas variaciones. Exacto, como ocurrió con Canino y El castillo de la pureza. Si no conocen las películas de Yorgos, Bugonia es un buen momento para adentrarse de a poco.
Es una realidad que Yorgos ha refrescado al cine comercial, -aun fusilándose los guiones, y nomás le encargamos otorgue los créditos a quien lo merece-. Sus trabajos homenajean y hacen guiños a clásicos, pero le otorga incertidumbre y los hace visualmente atractivos; lo mismo sucede con los carteles publicitarios, joyas diseñadas no convencionales hechas por su coterráneo Vasilis Marmatakis.
Desconozco si el director sea uno más de los creadores multiculturales que le gusta presumir a Hollywood y luego vaya a desecharlo, o pueda ser como Guillermo del Toro, arropado por Netflix donde se repite y vive del prestigio de su nombre. Tan incierto y titubeante el futuro como sus creaciones, hoy es un buen momento para disfrutar el cine de Yorgos, de Yorgos el Griego.
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