El Nuevo Cine Mexicano

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Tenemos la costumbre de etiquetar todo en aras de diferenciar, incluyendo la demarcación de las personas por su cultura, estrato social y por consiguiente la edad. Desconozco en qué momento nos pusieron la calcomanía generacional, como si no fuera suficiente nos categoricen por bajo o clasemediero, por el color de la piel y de pilón nos enjareten que somos Baby Boomer, Z, Millennial y en mi caso, tenga me forme en la fila de la X, por aquello que nací hace medio siglo.

Lo genérico incluye lo que pensamos, consumimos y lo ejemplifica a la perfección la política, la religión y las manifestaciones artísticas, para covertirse en tendencias, como ocurrió con el # Yo soy 132 que despeinó al expresidente Peña Nieto o que en la actualidad el reguetón es un movimiento afin de millones de personas y sucede lo mismo en otras expresiones, como el cine mexicano, propagado en varios momentos como Nuevo.

Ya que estamos en esto de las generaciones; si usted amable lectora, lector, damita, caballero pertenecen a la de la espantosa X y la que antecede, es seguro fueron testigos del cine nacional de principios de los noventa difundido por Nuevo, debido a que productores y espectadores buscaban desmarcarse de una cinematografía plagada de sexi comedias, con el de plus de las de Televicine que tenían de estelares a Lupita D´alessio, Garibaldi, Alejandra Guzmán y demás familia Televisa.

Cintas por demás denostadas, pero exitosas en cinemas llenos al tope, dominaron las carteleras por aproximadamente quince años hasta la reivindicación de una nación en camino de transitar en la autopista del primer mundo, con películas, buscando a través del IMCINE, fueran de mayor calidad aún con los recortes presupuestales del gobierno. No era lo mismo presentar en Cannes a Tres lancheros muy picudos de Martínez Solares y Una papa sin  Cátsup de Andrade, que a Cronos de del Toro.

Quizás la cinta inaugural de esta etapa es Solo con tu pareja (Cuarón, 1990), seguida de las emblemáticas La mujer de Benjamín (Carrera, 1991), Como agua para chocolate (Arau, 1992) y el pináculo con El callejón de los milagros (Fons, 1994), películas ganadoras de premios internacionales del México que se regodeaba de tratados comerciales con intenciones hoy visibles de consumir global o lo que es lo mismo; un producto para todos y todos los productos para uno.

La globalidad alcanzó a las salas cinematográficas, antes inmensos recintos incosteables en su mantenimiento, huelgas interminables de sus trabajadores, aunado a remates de los inmuebles luego derruidos, abandonados y con mejor suerte, convertidos en tiendas departamentales para dar paso a espacios pequeños, cómodos, sin el temor que un roedor pasara entre los pies, estrenos a la par en cualquier lugar en el mundo, aunque sin diferenciarse un complejo de cines de otro. Da lo mismo los Cinépolis de Monterrey, de Mérida y de la Ciudad de México.

Entre varios factores benéficos, se agradecía que en los multicines se proyectaran, aparte de los blockbusters, cine nacional, pero resultaba que con los años transcurridos se le siguiera considerando como Nuevo.

Con la cercanía del milenio, vimos Cilantro y Perejil (Montero, 1996), La Ley de Herodes (Estrada, 1998), Sexo, pudor y lágrimas (Serrano, 1999), Amores Perros (González, 1999) e Y tu mamá también (Cuarón, 2000), películas comerciales que significaron para varios cineastas el pase directo a Hollywood, arropados con grandes presupuestos para cintas taquilleras que de mexicanas tienen solo a los directores y fotógrafos, por más empeño de varios medios de cominicación en mencionar que es cine mexicano.

Esta temporalidad vio consolidar festivales nacionales cinematográficos, como los de Guanajuato, Morelia y Guadalajara, auspiciados por la iniciativa privada que apoya proyectos independientes unos y costosos otros, modificando la temática de la última década a la fecha.

Si hay nuevo cine mexicano, ese debería ser el polarizado -la palabra de moda-, sin punto medio. Por un lado, las películas y documentales mostrando la realidad del México violento. Filmografía con largos silencios, sin musicalizaciones y cámaras enfocadas en paisajes grises, desoladores, como da cuenta Heli (Escalante, 2013), La jaula de oro (Quemada, 2013), La libertad del diablo (González, 2017), Noche de fuego (Huezo, 2021) y Sin señas particulares (Valadez, 2021), todas reflexivas con un dejo amargo, sin esperanza.

En la otra esquina, las historias que poco o nada semejan la cotidianidad, con remakes y adaptaciones de comedias hollywoodenses, sustituyendo a Jennifer Aniston o Ben Stiller con Aislinn y Vadhir Derbez y Omar Chaparro en Como si fuera la primera vez (Valle, 2019), No manches Frida (Velilla, 2016), Mirreyes contra Godínez (Cartas, 2019), El mesero (Martínez, 2021), trabajos de humor simple, sin mayor pretensión que entretener, porque el cine también debe entenderse de esa manera.

El nuevo cine mexicano también debe ser el de las plataformas digitales, algunos exclusivos o a la par en carteleras, con cuotas y sin ellas, permitiendo que cineastas noveles y consolidados puedan ofrecer sus trabajos y tengamos una oferta por demás amplia.

Y a todo esto ¿Existen películas en las que pueda coincidir el público que gusta la cruda realidad al del humor de pastelazo? Desde mi humilde tribuna puedo decir no, porque de hace años, considero se carecen de cintas que puedan combinar el éxito comercial con una buena historia o viceversa.

También puede ser que estoy perdiendo mi capacidad de asombro, como ocurrió después de ver en un cine club Tempestad (Huezo,2016) y escuché a una persona conmovida decir “hermosa película” o complaciente que es uno, me receté El tamaño sí importa (Lara, 2016) con mi acompañante y público en carcajada total, para darme cuenta de mi nivel de insensibilidad.

Quizás su servidor se subió al tren de polarizar y peor aún, etiquetar la buena cinematografía y mi mejor recomendación debería ser que continúen viendo cine mexicano en todas sus variantes, porque con limitaciones para producirlo y proyectarlo, existen buenas propuestas, sin importar si son viejas o nuevas.

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@daniel_redacta

Daniel Hernández Hernández


Nacido en el entonces Distrito Federal, de tránsito en Celaya, adoptado y radicado en la ciudad de Guanajuato.Licenciado en Historia por la Universidad de Guanajuato y actualmente laborando en la Casa de la Cultura Jurídica de la misma capital.El gusto por la lectura y la redacción, obtuvieron recompensa con la publicación de artículos en ediciones del Archivo del Estado de Guanajuato y el Congreso del Estado.Algunas de sus devociones son el cine, lo heterogéneo de  la música y las historias de la historia.