Hace unos días tuve mi primera experiencia pet friendly y ocurrió cuando fui con Manolito, mi cocker de 14 años, a recetarnos unos chilaquiles con salsa roja y proteína, es decir, milanesa; ya ven la tendencia en varios locales de alimentos que segmentan los ingredientes: base, proteína, topping y demás. Debo decir pude disfrutar mi almuerzo, al igual que mi dogo, quien estaba feliz por sus dosis de proteína compartida.
Ese momento me hizo sentir totalmente pet friendly, y pensé que por fin entré a las grandes ligas inclusivas, pero creo ocurrirá poco porque frecuento más las carnitas y la barbacoa, lugares no muy visibles para ostentar a las mascotas, al igual de los tacos callejeros, donde proliferan los perritos en espera de almas bondadosas que les compartan de mínimo una tortilla, y eso debe convertir a nuestro país como precursor de los negocios aptos para animales de compañía, aunque no sean los propios.

Los comercios amigables se van diversificando, según leí en la publicidad de los cruceros Cunard, que ofrecen a gatos y perros: “una manta de felpa, un abrigo ajustado como recuerdo de viaje, su propio chaleco salvavidas (…) y un área equipada con una bola de incendios de Nueva York y una farola de Liverpool donde las mascotas pueden hacer sus necesidades cuando la naturaleza les llama”, lo cual me motiva a gastar mi próximo aguinaldo para que Manolito sienta la algarabía de la Quinta Avenida.

Es una realidad que en algún momento del actual milenio le dimos un vuelco a las atenciones y cuidados de perros y gatos -principalmente-, ahora integrantes familiares al compartir espacios antes impensables. Es tan normal que nos acompañen a un centro comercial, duerman en nuestra cama o estén echados en el sillón favorito sin recurrir al escobazo educativo de antaño. Sin embargo, para muchos, incluido su servidor, es una práctica de pocos años a la fecha.
El mencionado Manolito y su padre, el finado Boris, supieron lo que era dormir en la azotea, incluso podía ausentarme por días y ellos sin problema compartían un espacio amplio, con área techada, alimento, agua y sus camas. No me vayan a lapidar por ser mal padre con mis caninos. Mis prácticas fueron modificándose y en la actualidad mi perro duerme en mi recámara, nos alimentemos a la misma hora y el angustiado soy yo cuando no encuentro quien lo cuide cuando salgo por estancias prolongadas. Así es, pertenezco al extenso grupo poblacional cuyo lomito vive de tiempo completo dentro de casa, situación replicada por miles y más con las personas que desisten de la descendencia biológica. Es entendible también recurrir a nuestras fieras domesticadas porque tenemos el impulso humano de crianza, cuidado y la necesidad de apoyo emocional; ya ven su función de excelentes terapeutas ante situaciones cotidianas estresantes.

En consecuencia, hemos modificado hábitos sociales, económicos y morales. Ya no son los animales vigilantes de inmuebles u otras especies, sobre todo de pastoreo. Ahora paradójicamente, nosotros los protegemos. En lo económico, el dinero se diversifica no solo en croquetas y la caja de arena, sino en ropa, artículos de entretenimiento, y claro, llevarlos a un restaurant especial para ellos. Lo moral ha derivado haya consultorios y hospitales púbicos, leyes que castigan el maltrato, y las de sana convivencia, como la reciente Ley de Custodia y Manutención de Mascotas, aprobada por el Congreso de la Ciudad de México en casos de divorcios.

Hay quienes aplauden estas medidas de coexistencia, otras más, las ven exageradas, pero es indudable que, la familia multiespecie ha llegado para quedarse por largo tiempo, con sus respectivas consecuencias. Se ha comprobado mayor aislamiento de personas -no culpemos solo a los dispositivos electrónicos-, natalidad a la baja y animales humanizados con altos índices de ansiedad, enfermedades urinarias por largos encierros, y por supuesto, la compra de mascotas que terminaran abandonadas, aun dentro del mismo hogar.
Siempre debe haber una justa medianía, entonces ¿Cuál sería la convivencia idónea con perrhijos y gathijos? Caray, no tengo respuesta. Podría comenzar diciendo respetemos sus espacios, hábitos y les evitemos conglomeraciones, pero habrá quien me considere retrogrado y me demuestre no les afecta llevarlos a fiestas, festivales musicales y al cine. No dudo en un futuro cercano será ilegal darles agua de la llave para beber, o no tenerles una silla en el comedor. Quizá son asuntos generacionales y por ello sorprende la escalada de cuidados y consentimientos a nuestros fieles acompañantes.

No sé cuántas veces vaya a un restaurant con mi entrañable Manolito, pero al menos hace unos días pude presumir con orgullo que soy totalmente pet friendly, situación que ambos disfrutamos. Dicho sea de paso ¿no sería mejor en los tan mencionados negocios anunciar “se permite la entrada a perros y gatos” y sustituir el pomposo anglicismo? No se ustedes, pero nunca he visto que alguien vaya a degustar sus alimentos con su pez beta y su cotorro australiano de acompañantes. Es pregunta.
Sus sugerencias y comentarios son bienvenidos al correo:








