¡Pa´ lante, raza!
Con platicas cafeteras, conferencias y seminarios virtuales, opiniones feisbucksianas, diversos artículos hemerográficos y en medios electrónicos, esto de los quinientos años -por decirlo abreviadamente y como usted guste llamarle- de la caída de Tenochtitlan o la conquista española, cumplió el cometido de que el 13 de agosto no pasara desapercibido como una fecha por demás crucial en la historia de nuestro país, generando debates con diversos puntos de vista, algunos pasionales y radicales y otros más en la imparcialidad y objetividad.
Así ocurre con los análisis de los procesos históricos considerados importantes por lo que representan, situación que no es exclusiva de estos lares y se replica en diversos países ante hechos que van marcando su identidad; con fechas, personajes, lugares, símbolos e irse forjando eso que llamamos nacionalismo. Interpretaciones son varias y también se van adaptando y adoptando, les cito un ejemplo.
Hace dos años, en caminata nocturna a un costado del Templo Mayor en la Ciudad de México, me acerqué para ver danzar a unos y ejecutar a otros, instrumentos con origen al parecer prehispánico. Me pareció distintivo quien daba unos sabrosos golpes al tambor o huehuetl, al portar una playera negra con el logo del grupo Iron Maiden, aparte que movía su larga cabellera como si estuviera en concierto del grupo mencionado. Al culminar, el metalero ejecutante mencionó sobre los orígenes de la música, además del vestuario que “nos representa como mexicanos”, de lo que no me sentí identificado porque que su servidor llevaba puesta una camisa y encima una chamarra de mezclilla y no el torso desnudo como se encontraban varios de sus acompañantes… o una playera del Maiden, pero pensé en las diversas lecturas que le damos cada uno a lo “mexicano”.
En un país tan extenso como el nuestro, es difícil definir una autenticidad mexicana por la rica mescolanza donde va de poco o un mucho de todo. Más complicado es cuando esta identidad mexicana traspasa el territorio con quienes migran y por su añoranza, orgullo, tradición y otros aspectos, dan diferente sentido al nacionalismo, en específico la población de origen mexicano que habita en los Estados Unidos, generando una cultura propia y forjar un movimiento que se ha extendido y regresado a México en una especie de toma y daca, como es el chicano, con bastantes aportaciones en su visión propia y peculiar.
Comenzando por apropiarse un vocablo, el chicano se define así mismo por su origen mexica a los radicados en el país vecino del norte y por ello el mote acotado de mexicano -pronunciado con ch- en un afán de identificarse con nuestro país al ser relegados en aquellas tierras por largo tiempo. Esto data del siglo diecinueve, cuando vastas extensiones del territorio nacional pasan a ser parte de los Estados Unidos con el Tratado Guadalupe-Hidalgo y la población latina que se quedó en Texas, California, Arizona, Colorado, Nevada y Nuevo México fue considerada de segunda clase, población que se acrecentó con las migraciones que continuaron por la búsqueda de una mejor calidad de vida.
En el gobierno de Porfirio Diaz, se concretaron convenios gubernamentales para la exportación de mano de obra mexicana a los campos estadounidenses y se continuó cuando los Estados Unidos entraron de lleno en la Primera Guerra Mundial en 1917, permitiendo la entrada de familias enteras para labores metalúrgicas y agrícolas principalmente; situación que se replicó en 1942 con el Programa Bracero, acuerdo bilateral entre las dos naciones buscando el apoyo de trabajadores para, hay que decirlo, las labores más pesadas y desgastantes. Propuesto por un breve tiempo, fue tan el éxito de este tratado, que se amplió por veinte años, llegando a movilizar en ese periodo a cinco millones de connacionales, con buen porcentaje de ilegales.
A pesar de los malos tratos, la discriminación, las ominosas condiciones laborales, razias policiacas y el riesgo de ser deportados, parte de esta población decidió no regresar a una nación que se recuperaba primero, de su lucha revolucionaria y segundo, el contar con alimentos en las mesas de sus hogares. Con la nostalgia que significaba estar fuera de sus lugares de origen, estos migrantes retomaban a la virgen de Guadalupe, a las culturas precolombinas, a Zapata, Villa y a miembros de la farándula, principalmente Pedro Infante entre otros, para forjar una identidad propia y orgullosa, la que la mayoría de los estadounidenses veía peyorativamente.
La década de los sesenta, fundamental en las revoluciones sociales, los descendientes de los migrantes, junto con los nacidos en México denominaron Movimiento Chicano a una lucha por sus derechos civiles, apropiando buena parte de la juventud el término chicano y con estandarte las frases ¡pa´ lante, raza!, ¡si se puede! y ¡viva la raza! Cabe la aclaración que el mote no aplica de manera general, ni a todas las clases sociales, ni a todas las generaciones, ya que hay quienes gustaban y gustan ser llamados mexicanos-norteamericanos, latinos o hispanoparlantes.
Lo que sí resultó de esta aleación, fue la singularidad de poder apropiarse Las mañanitas y el Happy Birthday, de vestir de charros y de esmoquin, de escuchar mariachi y punk rock, sin tapujos. La cultura chicana nos ha aportado a Eduardo Lalo Guerrero y Las ardillitas, músico nacido en Tucson, Arizona e hijo de migrantes mexicanos, lo que ocurre también con Los Lobos, oriundos de Los Ángeles y que bastaría escuchar su excelente último disco Native sons, para entender la música chicana toda. Destacan las películas del género American me (Olmos, 1992), My family (Nava, 1995), La Bamba (Valdez, 1987), Born in East L. A. (Marin, 1987), Blood in, blood out (Hackford, 1993), para adentrarnos en lo que representa esta cultura que también se manifiesta en la poesía, novela, teatro y los murales callejeros.
Y a todo esto ¿hay una cultura propia de lo mexicano, de verdad somos muy auténticos? ¿Qué entra y que queda fuera, hay filtros para ello? Admito que me mofaba de la canción Amor a la mexicana de Thalía, que lo define y compara con la cumbia, huapango, son, caballo, bota, sombrero, tequila, tabaco y ron, ah sí y un macho de corazón. Es verdad que muchos de estos productos no son propios del país, pero finalmente como mencioné líneas atrás, adoptamos y adaptamos. O en caso extremo, propondría al letrista de la ex timbiriche que modifique al caballo por el xoloitzcuincle, a la bota por el cactli y al tequila por el octli, pero ignoro como se escucharía.
Bastantes Méxicos en uno solo y que finalmente acentúa que somos el resultado de culturas asiáticas, europeas y africanas y las que existían en el actual territorio mexicano, pero eso ha permitido que sea este un país envidiable culturalmente y que de ahí emanen otras sui generis como el caso chicano, cultura un tanto subvalorada, pero que nos ha hecho varios aportes, si no, escuchen la frase hoy convertida en empuje pambolero con el ¡sí se puede! y una que anima ante cualquier circunstancia adversa: ¡pa´ lante, raza!
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23/08/2021







