Autos, moda y rocanrol

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Recién se llevó a cabo el Gran Premio de México de la fórmula 1 y derivó que se diera no solo el banderazo de salida de la carrera; también el de los eventos que han comenzado a extenderse en toda la república y que muchos agradecen por tener nuevamente la convivencia masiva, pero sobre todo reactivar la economía. Otro aspecto, fue que naciera en unos y renaciera en otros, el festejo de los aficionados para con un connacional sobresaliente, como ha sido con el tapatío Sergio Pérez y que debido a los casi nulos logros que traspasan fronteras, cuando estos se obtienen, resuenan los vitoreos en buena parte de los mexicanos.

Los festejos van desde los programas televisivos mañaneros tipo Hoy, así como las celebraciones con personas que llegan a marearse de tantas vueltas en el ángel de la independencia y de la clase política que no queda exenta de estos fervores, ya que indistintamente de su afiliación, es común que se cuelguen triunfos ajenos. Pero ocurre que en ninguno de estos casos vemos apoyo en las derrotas, adversidades y ya no digamos cuando decaen estas figuras.

Lo que es una realidad, es que ante la buena temporada del Checo, el tema de los autos se manifiesta de varias formas -y no me refiero al papá del piloto, que ya va en sexta velocidad para candidatearse como gobernador-. Es notable el entusiasmo en la moda por quienes portan camisas, playeras, gorras y demás parafernalia alusiva a la fórmula 1 y al automovilismo: un deporte y una actividad que tiene miles de seguidores en México por las competencias en distintas categorías, así como el uso de autos para actividades esenciales; prueba de ello es que nuestro país ocupa el sexto lugar a nivel mundial para su adquisición.

Se estima que en la actualidad hay 51 millones de vehículos y esto se traduce en el tráfico citadino que adolecen la mayoría de los ciudadanos, gracias en buena medida a la carencia de servicios de transporte público eficientes y la falta de proyectos de urbanización. Los autos son necesarios para el traslado de personas y productos, pero también son adquiridos por el gusto de lucir el nuevo Audi A8 o la Terraterminator 2022, esos que provocan el asombro de algunos, pero sin duda no comparable con el desconcierto que se vivió cuando llegó el primer auto a nuestra nación, en 1895.

Hasta finales del siglo diecinueve, en el mundo el transporte se basaba en vehículos propulsados por animales de carga y los países que se industrializaban tenían como insignia el ferrocarril; hasta que, en Alemania, Carl Benz patentó el primer auto con motor de gasolina en 1886. El invento se propago de inmediato en naciones europeas, que comenzaron a fabricarlo y exportarlo para venta, como ocurrió en México, donde el empresario Fernando de Teresa adquirió el primero y provocó el temor y desconcierto de la población por un ver un vehículo que alcanzaba la vertiginosa velocidad de 16 kilómetros por hora.

El éxito por los autos en nuestro país fue tal, que en 1906 el censo indicaba que había 800 vehículos motores, auge que tuvo un receso en el periodo revolucionario, donde el ferrocarril regresó por sus fueros al ser un protagonista importante para las estrategias de los caudillos, utilizado para el traslado de tropas y materias primas. Con la mediana culminación armada en 1917, el automóvil retomó su ascenso y mucho se debió a las armadoras estadounidenses.

Los autos importados de Europa representaban altos costos, pero la competencia con las industrias automotrices fundadas en los Estados Unidos propició un mercado con varias opciones y diversos precios, que detonó que la marca Buick instalara en 1921 la primera armadora automotriz en el país y posteriormente llegaron más. Un comercio por demás redituable, ya que en la actualidad son veintisiete las empresas armadoras, todas trasnacionales, pero en algún tiempo existieran las locales.

El presidente Adolfo López Mateos (1958 – 1964), decretó que las empresas automotoras extranjeras se fusionaran con las mexicanas, para propiciar costos accesibles de autos y evitar las importaciones. De estas alianzas surgió Vehículos Automotores Mexicanos (VAM) que pudo producir y vender los modelos hoy emblemáticos Rambler y Jeep, además del Lerma, con diseño completamente mexicano. Para el transporte de pasajeros y de carga, se fundaron Trailers Monterrey. S. A. que distribuían los autobuses Sultana y los camiones Ramírez, además de Diesel Nacional S. A. (DINA), al principio como una paraestatal y que hoy sigue vigente.

También por cuestiones presidenciales se han modificado los nombres de modelos automotrices, como sucedió con el conocido mundialmente Golf, pero que aquí el entonces mandatario Luis Echeverría (1970 – 1976) solicitó a Volkswagen cambiara el nombre a Caribe, para promocionar este destino turístico, propiamente Cancún. Misma situación ocurrió con el Jetta, que se anunciaba en nuestra nación como Atlantic, aludiendo al puerto de Veracruz. Todavía en el 2000, la marca alemana cambió el mote de su Fox por Lupo, para evitar referencias con el entonces mandatario Vicente Fox Quesada.

La relación de la población con los autos en México desde sus inicios a la actualidad sigue viajando con buena velocidad, derivando en el trayecto múltiples actividades sociales y económicas, por lo fundamental para el transporte y también por quienes gustan de las múltiples competencias y exhibiciones a lo largo del año, pero quizás el contratiempo de esta travesía sea de lo poco que se alude este tema en la cultura popular (ya no digamos en estudios académicos).

Si en otros países hay manifestaciones culturales respecto a los autos como eje de las historias, reflejado en la literatura, la música, series animadas, road movies o sagas rápidas y furiosas; por acá no leeremos sobre un Valiant asesino, ni escucharemos Estoy enamorado de mi vocho y de los pocos trabajos cinematográficos seguiremos viendo las ya clásicas El automóvil gris (Rosas, 1919), Mecánica nacional (Alcoriza, 1971) y la trilogía Lola la Trailera (Fernández) -nuestra Mad Max mexicana, que inconscientemente reivindicó el feminismo-, por lo que seguiremos conformándonos bailando y tarareando la ochenterísima Autos, moda y rocanrol. No hay más.

 

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Daniel Hernández Hernández


Nacido en el entonces Distrito Federal, de tránsito en Celaya, adoptado y radicado en la ciudad de Guanajuato.Licenciado en Historia por la Universidad de Guanajuato y actualmente laborando en la Casa de la Cultura Jurídica de la misma capital.El gusto por la lectura y la redacción, obtuvieron recompensa con la publicación de artículos en ediciones del Archivo del Estado de Guanajuato y el Congreso del Estado.Algunas de sus devociones son el cine, lo heterogéneo de  la música y las historias de la historia.