Avándaro fue el culpable
Es común que ante los errores no asumamos nuestra responsabilidad y ocurre desde la niñez hasta la etapa adulta. Si en la escuela sacamos una mala calificación, por lo regular la culpa se le asumirá al instructor por la mala impartición de su cátedra. En lo profesional no se diga, ya que la defensa será que los errores fueron por fallas en el sistema de cómputo, que los compañeros no pusieron el mismo empeño y que por desvelarse no se concentraron como debieran; aventamos rocazos de pretextos buscando quien la pague y a quien le pegue.
Esa culpabilidad la leo y escucho continuamente sobre las consecuencias del llamado Festival de Avándaro y la censura hacía cualquier manifestación juvenil por casi veinte años después del 11 y 12 de septiembre de 1971, jornadas que lograron la mayor concentración adolescente en México para emular lo que ocurría en varias partes de Europa y sobre todo en los Estados Unidos, con la finalidad que este sector de la población conviviera, escuchara y bailara al son de doce grupos de rock, para alejarse del bullicio y de la falsa sociedad, al menos por dos días.
Transmitido radialmente el evento en vivo, bastó una arenga del cantante de la banda Peace and Love hacía el público, que ni por asomo se ofendió, para que cortaran la señal y al día siguiente, una prensa insidiosa alarmó y atemorizó a sociedad y gobierno que, sin preparación y costumbre de este tipo de concentraciones, propició que se cancelara, reprimiera y culpara todo lo relacionado con el festival. Pero paradójicamente fue responsable involuntariamente o no, de que la música, la moda y los programas televisivos que consumió la mayoría de los mexicanos por casi dos décadas, marcaran a muchos, con consecuencias vistas a la fecha.
La televisión jugó un papel importante para el entretenimiento masivo a partir de los años setenta, debido entre varios factores, a que la población pudo tener acceso a comprar aparatos otrora costosos y la coincidencia de que la empresa Telesistema Mexicano, propiedad de Emilio Azcárraga Villaurreta, tuvo un cambio generacional y radical por su muerte en 1972 y hacerse cargo su heredero Emilio Azcárraga Milmo, quien transformó una productora local, por una internacional, incluyendo el cambio de nombre a Televisa. Personaje polémico, Milmo mencionó que lo suyo era hacer “tele para jodidos” o lo que eso significara y en su gestión tuvieron su pináculo las telenovelas y programas de entretenimiento musical.
El caso más notorio fue el programa de variedades Siempre en Domingo, conducido por Raúl Velasco y transmitido de 1970 a 1998, el cual fungió como la fábrica de cantantes y grupos que acompañaron a millones de escuchas en toda Latinoamérica. Marginado el rock emanado de Avándaro y con la nula competencia comercial que representaban los solistas Óscar Chávez, Tehua, Amparo Ochoa y agrupaciones como Los Folkloristas por citar algunos que aparecían de vez en vez en los canales gubernamentales 11 y 13, el plato fuerte del menú en Televisa consistía en Camilo Sesto, José José, Juan Gabriel, Rocío Dúrcal… y le paramos de contar.
La niñez creció con pocas opciones auditivas porque esta música pertenecía más a los mayores de edad, sin identificarse con Melina o No tengo dinero– pero eso sí, bien memorizadas por la chamacada-, por lo que los años ochenta fueron recibidos con una industria dispuesta a complacerlos. La productora española Belter logró un triunfo inusitado con la película La Guerra de los Niños (Aguirre, 1980) que presentaba al grupo infantil Parchís y se convirtió en un fenómeno en su país y varias naciones hispanoparlantes. La fórmula se replicó en México con Timbiriche, con un resultado redituable que se expandió a la población puberta con una Invasión no británica de bandas, pero si latinoamericana con Menudo, Los Chamos, Los Chicos y copiado en versión nacional con Magneto, Mercurio y anexas.
Si hubiera de darle la puntilla a todo lo que oliera a juventud avandareña, que mejor satirizar a quienes digamos, no estaban alineados a lo que vendía El Canal de las Estrellas. Alejandro y su medio hermano Héctor Suárez, cada uno, por su cuenta y programa, caracterizaban a Vulgarcito y El Flanagan respectivamente, con un lenguaje apropiado de los adolescentes de la época, actitud provocadora y este último con el grito “¡queremos rock!”, se mostraban como los lastres de una sociedad en vísperas de un cambio para la distracción y divertimento.
Con detractores y simpatizantes para su gobierno, el de Carlos Salinas de Gortari puede jactarse de romper el autoritarismo del entretenimiento en México al permitir la competencia hacía una empresa que monopolizaba y dictaba lo que debía verse y escucharse. Diversas compañías encabezadas por OCESA, permitieron la entrada de artistas en su mayoría de habla inglesa, que no se presentaban en foros de Televisa, El Patio y centros nocturnos similares, si no en los vetustos pero remodelados Palacio de los Deportes, Auditorio Nacional y tener la opción de ver a Diana Ross o Sting sobre Lupita D´Alessio y Emmanuel, que en la actualidad estos recintos y otros se abren ante un público heterogéneo, debido a un Estado y comunidad que aprendieron y siguen asimilando a ser tolerantes.
Y con todo lo descrito ¿el festival de Avándaro fue culpable o responsable de que se originaran íconos y mitos vistos desde varias vertientes? Quizás la culpabilidad fue de que diversas manifestaciones asociadas a la juventud fueran vetadas por varios años y las que había fueron segregadas por ser consideradas agravantes, por decir lo menos, pero es responsable que ante esa marginación, muchos crecieron con el estribillo de Lo dudo de José José, bailen en coreografía en las fiestas el Vuela vuela, que Millennials y Centennials canten al unísono Tú y yo somos uno mismo, que estén ávidos de la tercera temporada de Luis Miguel, la serie y que existan festivales para todas las edades y gustos en sana convivencia sin temores. Las consecuencias, las buenas consecuencias avandareñas están a la vista de todos.
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