Historias de terror para la infancia

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Hace unos días se viralizó el video de un niño que se entristece cuando le relatan la leyenda de La llorona, situación que, en lugar de provocarle miedo, el pequeñín muestra empatía y comenta acongojado: “La llorona no encuentra a sus hijos y yo la quiero ayudar”, ante como sabemos, es la historia de una madre lamentándose en la búsqueda de sus criaturas.

Llama la atención el caso porque ejemplifica la diferente interpretación que tenemos cada quien de lo cotidiano y en específico para los relatos de terror, ya sean narrados o cuando son llevados a las pantallas: a algunos les provocará miedo; a otros, indiferencia; unos más, compasión e incluso risa, como ocurrió con una entrañable persona que se carcajeaba cuando veía el desenlace de Carrie (1976), la obra maestra de Brian de Palma.

Es seguro hemos visto series y películas de suspenso y terror en todas sus variantes -ya en otra ocasión comentaremos los subgéneros- que contienen elementos en común que tratan sobre el drama humano, atmosferas impredecibles y sonidos complementarios de tramas explicitas con tripas, corazón y buche y otras, sin necesidad de una gota de sangre para angustiarnos.

La industria del entretenimiento busca abarcar a todo el público y eso incluye al infantil, con historias adecuada para evitarles ansiedad a los mini espectadores, porque a diferencia de los adultos, ellos tienen zonas del cerebro que no se han desarrollado y les  provoca que ante ciertas escenas aumente su frecuencia cardiaca, presión arterial y lleven después cual pípilas, una loza de miedo sobre sus endebles espaldas.

Para mostrar este género a los infantes se recurre por lo regular a la animación y a personajes afables, digeribles. Sin embargo, esto no significa que los demás espectadores no gocemos de estos trabajos porque en realidad son realizados para toda la familia, con antecedentes de producciones que satirizaron esta categoría.

Varias series televisivas de los años sesenta transmitidas en glorioso blanco y negro se mofaron de la sobriedad de Drácula, del Monstruo de la Laguna Negra, el Hombre lobo y los seres mitológicos de Karloff y Browning, tan de moda en esa y décadas anteriores y que fueron refrescadas con los Locos Adams y La familia Monster, ambas coincidentemente estrenadas en 1964 y culminadas en 1966.

Tres años después llegaría la primera serie animada de suspenso infantil. Scooby-doo, del tándem William Hanna y Joseph Barbera, presentaron a un perro gran danés con sus cuatro adolescentes acompañantes que se trasladaban por todo el mundo en la sicodélica Máquina del Misterio para resolver tramas fantasmagóricas y sobrenaturales, caricatura aún vigente. 

Los años setenta y ochenta tuvieron un vacío en programas y películas relacionadas sobre el tema tratado, época donde arrasaron los blockbusters de Steven Spielberg y George Lucas, ganándole el mandado a Disney que no era el monstruo corporativo de nuestros días, pero que proyectó algunas salvedades con La montaña embrujada (1975) y Los pequeños extraterrestres (1978) del director John Hough. Por otra parte, Inglaterra mandó en 1988 a El conde Pátula, con personajes también satíricos.

En 1993 llegaría a las pantallas grandes una producción fundamental, con animación foto por foto, alias el stop motion: El extraño mundo de Jack (Selik), ideada por Tim Burton, fue un fracaso de taquilla, sin embargo, con el tiempo se volvió exitosa y objeto de culto. Emparentadas y esas sí dirigidas por Burton, están El cadáver de la novia (2005) y Frankenweenie (2012).

Más tarde, la productora estadounidense Laika se especializó en esta clase de narraciones y realizó también en stop motion las interesantes Coraline y la puerta secreta (Selick, 2009): una niña que, al llegar con su familia a una nueva casa, descubre un mundo alterno. Otra de sus cintas es ParaNorman (Butler, Fell, 2012), el relato sobre el niño Norman que puede comunicarse con los zombis invasores a la ciudad donde vive.

El impulso del cine terrorífico en los dos mil continuó con Wallace y Gromit: la batalla de los vegetales (Park, Box, 2005), donde el calvo solterón y su perro deben exterminar a una bestia que se come las legumbres del pueblo. También está Monster House (Kenan, 2006), la casa embrujada que atemoriza a los niños, con un desenlace que no le pide nada a las producciones para adultos.

En la televisión proliferaron propuestas que sin ser comerciales no significaba carecieran de calidad. De Francia, disfrutamos Los cuentos de la calle Broca, caricaturas inspiradas en los escritos de Pierre Gripari y los adolescentes se espantaban con Escalofríos, basada en textos de R. L. Stine.

En lo que respecta a nuestro país, las aportaciones de por sí son casi nulas para el terror adulto, menos lo son para el infantil, constatado en los guiños de Chabelo y Pepito contra los monstruos (Estrada, 1973); la saga de las leyendas de La nahuala (2007), Las momias de Guanajuato (2014), El chupacabras (2016) y El charro negro (2018) y recientemente la serie didáctica Timora y sus extrañas historias.

A lo largo del tiempo, la casa Disney –supongo involuntariamente- se ha empeñado en mostrar escenas que no le piden nada a una de Alfred Hitchcock, cómo se constata en la muerte de la mamá de Bambi, la secuencia de Blanca Nieves corriendo por un lúgubre bosque. Que decir de la transformación de todas las brujas en las historias de princesas, de la pachequez en Dumbo con elefantes surrealistas, que en Pinocho a los chamacos los secuestran y explotan o el abandono de animales en El zorro y el sabueso.

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En la actualidad el género dedicado a este sector se ha estancado, quizá porque el efecto no fue el esperado y provoca miedo en lugar de entretenimiento, aunque en lo cotidiano, también las mamases y papases le aportamos a la angustia infantil por las amenazas de que si no dejan de llorar se los llevará la policía; que vendrá un insecto a llevárselos si no comen o el monstruo si no se duermen; acciones que incrementan las historias de terror para la infancia.

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Daniel Hernández Hernández


Nacido en el entonces Distrito Federal, de tránsito en Celaya, adoptado y radicado en la ciudad de Guanajuato.Licenciado en Historia por la Universidad de Guanajuato y actualmente laborando en la Casa de la Cultura Jurídica de la misma capital.El gusto por la lectura y la redacción, obtuvieron recompensa con la publicación de artículos en ediciones del Archivo del Estado de Guanajuato y el Congreso del Estado.Algunas de sus devociones son el cine, lo heterogéneo de  la música y las historias de la historia.