En las últimas semanas tuvimos noticias funestas venidas de Italia: el fallecimiento del escritor especialista en el Renacimiento, Nuccio Ordine; la derrota del Inter de Milán en la Champions y la muerte del polémico magnate y tres veces primer ministro Silvio Berlusconi -por cierto, originario de Milán- datos contrastantes con el festejo en Nápoles por su Scudetto con todo y Chucky Lozano.
No conozco Italia y espero en algún momento cruzar el charco para adentrarme en tan histórica nación. Gracias a internet y hacerle de repente al estudioso, se puede uno enterar de la cultura y asuntos relevantes de las ciudades que nos interesan, en este caso, Milán y Nápoles, las más significativas en la economía italiana después de Roma, además de otras igual de atractivas en el aspecto cultural, como Florencia. Con ideas y perspectivas de lo revisado, me llevó a cuestionarme ¿Por qué canijos el cine estereotipa a Italia como un pueblito junto al mar?
Tal vez sea mi ignorancia y efectivamente, los 1,285 km2 de su extensión sean pequeñas poblaciones rodeadas por el Mediterráneo, que sus 59 millones de habitantes se la pasen pescando y tomando una bebida junto al mar y los bambinos anden de maloras en bicicleta, porque al menos así se ilustra en El Padrino, Amarcord, Cinema Paradiso, La vida es bella, Malena, El cartero, Llámame por tu nombre y Luca, por citar algunas películas relevantes.
Sí, me dirán y lo admito hay cintas que tienen de eje temático y escenario a la eterna Roma… pero la imperial y de pilón relacionadas con temas bliblícos: Ben-Hur, Quo Vadis, Espartaco, Gladiador y todas las habidas y por haber con la vida y muerte de Cristo. Hay excepciones, pero es probable las haya financiado il Istituto Italiano di Turismo, verificado en La dulce vida, Vacaciones en Roma y A Roma con amor.
El cine como medio de comunicación nos transmite mensajes y adentra con sus historias para conocer personajes y lugares que pretenden ser reales, pero de algún modo se convierten en ficticios por la dificultad de transmitir la realidad en su porcentaje total y quizá sea su suerte que deba estereotipar, es decir, recurrir a la generalización con un juicio tomado a la ligera. La industria cinematográfica evoluciona constantemente, probada en la tecnología y en la manera como productores y directores nos ofrecen sus relatos, pero este avance se estanca cuando se trata de generalizar lugares; ejemplos sobran.
Es indudable que el cine más consumido por estos lares es el venido de los Estados Unidos y su ciudad icónica símbolo del capitalismo mundial es, por supuesto, Nueva York, así que ¿Por qué no tomarla de arquetipo del progreso?
Sin duda es la urbe más filmada en el séptimo arte y por lo mismo es retomada desde diferentes visiones: las navideñas, que incluyen los extremos de la comedia en Mi pobre angelito al terror sicológico con El babé de Rosemary. King Kong en sus dos versiones, hizo sus berrinches en edificios neoyorquinos, los mismos que sirvieron de impulso a las telarañas de Spiderman.
Quien más, sino Martin Scorsese y Woody Allen, nativos de la entidad neoyorquina, para mostrarnos, el primero, los orígenes migratorios en Pandillas de Nueva York y las dispares Taxi driver, Buenos muchachos y El lobo de Wall Street, mientras Allen nos ha dejado la espléndida Annie Hall, Manhattan y recientemente, Un día lluvioso en Nueva York. Salvo Taxi driver y Los Guerreros, del director Walter Hill, que se adentran en los barrios bajos, la mayoría de las cintas nos muestran una ciudad boyante, con historias que se desarrollan en bares, terrazas, parques y centros comerciales.
Los estereotipos alcanzan para que África sea solo Egipto o selvas con animales salvajes; habitantes descalzos, pendencieros unos y apacibles otros que sirven de chalanes a la población foránea, según se testifica en Los dioses deben estar locos, África mía, Hotel Ruanda y Diamantes de sangre; caso similar con Oceanía, mostrada con grandes extensiones desérticas y la única ciudad acorde a la modernidad es Sídney, Australia, como observamos en Las aventuras de Priscilla, Cocodrilo Dunde y Buscando a Nemo, con la honrosa excepción en la descarnada película Somos guerreros.
Claro que nuestro país va incluido en el paquete de los estereotipos. La óptica cinematográfica hollywoodense es que vivimos en pueblos terregosos (La Mexicana), con mujeres en rebozo y población masculina bigotuda, sombreruda y echando flojera (Los tres amigos). Si representan una urbe, será la Ciudad de México y Guadalajara para hacer creer al espectador que es una misma (Una chihuahua de Beverly Hills), con habitantes brillantes -de sudor-, de los que hay que cuidarse todo el tiempo (Hombre en llamas) y nunca faltará Pepe, el jefe Rroudrígues y los tonos sepia.
No sé en otros países, pero en lo que refiere a los clichés de México, sus habitantes tenemos mucha culpa. La mejor estrategia del estereotipo es caer en su jugada y se comprueba cuando a los extranjeros los hacemos que se pongan sombreros y hacerlos beber tequila porque acá somos bien cabrones.
También está el caso de la nueva celebración del Día de Muertos, mostrada primero en Érase una vez en México y retomada en Spectre, convertida a partir de 2016 en desfiles alegóricos con catrinas y catrines cada vez más sofisticados que distan bastante de La garbancera de Diego Rivera, con la finalidad de mostrar “una tradición muy mexicana”.
Para desprenderme de los estereotipos, tendré que viajar a Nueva York y verificar si encuentro al amor de mi vida en algún café o terraza de sus rascacielos. En otra ocasión, iré a Tanzania y les aseguro no me aprovecharé de sus habitantes para que carguen mis maletas en sus cabezas. También iré a Italia, y constatar si los varones visten con chaleco y boina, pero, sobre todo, verificar si no es un pueblito junto al mar.
Ya les contaré.
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