La bolita mundialista que nos sube y nos baja

daniel hernandez ok

Así es, aficionados que viven la intensidad del futbol: la XXII Copa Mundial está por disputarse en Qatar y, definitivamente, la bolita emocional se nos subirá y bajara a lo largo de 64 partidos si cuentan con el sistema de cable adecuado, además del tiempo y la paciencia para disfrutar un Corea del Sur contra Ghana o Camerún contra Serbia.

Quizás no soy tan pambolero. En lo opuesto, conozco gente con la capacidad de emocionarse ante un partido de la Liga Tailandesa, lo que me convierte en un villamelón de la selección mexicana y al igual de muchos connacionales, espera el ansiado quinto partido, porque si algo nos une en estos días, es el futbol.

Estas competencias son muestras de identidad, de fiesta, similares al 15 de septiembre con el desfogue patriotero conmemorando una lucha de la que sabemos su inicio sin enterarnos de su desarrollo y desenlace, pero sirve de pretexto para la pertenencia social, más en un país cuyos logros transfronterizos son pocos, incluyendo la lucha por el máximo trofeo de la FIFA.

Miren que nos encanta la lloradera cuatrienal al haber más momentos dolorosos que de gozos. Cuéntenle: la derrota de último minuto ante España, en 1962; la goliza 4-1 ante Italia jugando de locales en 1970; mismo marcador en penales contra Alemania en 1986 y si, nuevamente, de anfitriones.

Que me dicen de la derrota también contra los germanos en 1998; del Maxi golazo eliminatorio en Sudáfrica 2006, y mejor ahí le dejamos. Si sirve de consuelo, a los brasileños les ha ido muito feio en sus mundiales caseros; Países Bajos arrastra tres finales perdidas y Messi cambiaría sus doscientos títulos por una sola copa; anécdotas que convierten al mundial en un evento por demás interesante.

Por varias razones, el futbol es el deporte más popular en el orbe, practicado en cualquier superficie plana, con balones elaborados con bolsas con basura, otros más con sofisticada tecnología y jugadores sin distingo social; por eso su universalidad que data de miles de años, con testimonios en cualquier lugar.

Con variantes en nombres y reglas, los juegos de pelota con semejanza al futbol se han practicado en casi todas las culturas antiguas, según consta en pinturas asiáticas de antes de nuestra era; también existen vestigios en Grecia, con conocimientos después trasladados a Roma, donde jugaban en canchas parecidas a las actuales, además de que en África y Oceanía se han encontrado restos de pelotas milenarias de cuero.

Es difícil incluir a los habitantes de Mesoamérica como practicantes del balompié, debido a que en el ritual del juego de pelota se practicaba usando cadera, rodilla y hombro, y en las variantes regionales, se auxiliaban de utensilios para pasar la pelota de caucho por los marcadores de piedra. La excepción puede en Teotihuacan, donde en sus murales pueden verse émulos de Hugo Sánchez dominando la pelota con el pie.

Si por estos rumbos los juegos tenían fines rituales, en Europa se fue desarrollando hasta convertirse en una actividad festiva, transformándose en el deporte como lo conocemos, no sin antes pasar por varias modificaciones.

En la Edad Media se practicaba en Inglaterra y parte de Francia el futbol de carnaval, digamos el antecedente de la reta de la cuadra, con la variante que la disputa era entre un pueblo contra otro pueblo, por lo que se imaginaran el tropel disputando la pelota entre patadas y codazos, con la única consigna de “no asesinar al contrario”.

Menos rudo rudísimo fue el Calcio italiano, jugado con 27 integrantes por equipo, además de regularse por 8 árbitros, actividades que los ingleses tomaron nota de su desarrollo con el fin de llevarlo a sus territorios y transformar su futbol de carnaval en el rugby.

Practicado, principalmente, entre los jóvenes en los colegios británicos, el rugby fue ideado para usar pies y manos en el control de la pelota, lo que llevó a su modificación y se originase otra práctica: el futbol, reglamentado y propagado a varias naciones.

Las máquinas británicas utilizadas en la industria textil, ferroviaria y minera a finales del siglo XIX y principios del XX, fue importada a diversos países, con especialistas en tecnología que se acompañaban de un balón para los ratos de ocio, difundiéndose el futbol en los trabajadores de Pachuca, Rosario y Montevideo, por citar algunas ciudades, transformando con el tiempo una actividad amateur a una profesional con los resultados hoy visibles.

Nadie duda del éxito de este deporte comprobado al tener 211 países afiliados que reditúan ganancias aproximadas a la FIFA por 2,000 millones de dólares anuales y la consiguiente polémica en el manejo de dinero en apuestas, amañe de partidos y designaciones de sedes mundialistas, como la actual, en un país sin arraigo futbolero y que en la construcción de su infraestructura futbolística, provocó la muerte de 6 mil trabajadores, según el diario inglés The Guardian y el documental germano El Mundial de la vergüenza.

Y ya que mencionamos un documental con temática futbolera, son casi nulos los trabajos cinematográficos basados en jugadores o mundiales ante un mercado tan redituable, salvo las cintas producidas por la FIFA a partir de 1966; eso sí, con las excelentes voces en off de Claudio Brook, en Futbol México 70 (Isaac); Sean Connery, en G´olé! (Clegg) y Michael Caine, en Hero (Maylam).

Se disputa otra copa mundial, esta vez atípica por lo temporal, con jugadores aquejados por un largo año de actividades, con las despedidas en estas lides de Messi, Ronaldo, Ochoa, Guardado; deseando la consolidación generacional de Neymar, Mbappé, Lewandowski y claro, esperando los triunfos de México encabezados por Lozano y Jiménez.

Ojalá haya victorias de la selección; que, si ocurren, no me veo celebrando dando vueltas en la plaza pública de mi ciudad. Si son derrotas, tampoco me aventaré de cabeza al despeñadero, ni insultaré o golpearé al prójimo, porque hay que diferenciar la simpatía del fanatismo.

Eso sí, me integraré a la euforia e identidad en los pocos eventos que logran unir al país, emocionándome al igual que muchos de ustedes, con la bolita mundialista que nos sube y nos baja.

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