La cuarta pared

DANIEL 1

Debo confesar que soy pésimo para ver una serie televisiva con todas sus temporadas a pesar de las recomendaciones; digamos soy medio apático en estas lides y solo veo algunos capítulos esporádicos. Las excepciones han sido las de comedia y recién terminé Eastbound and Down, la historia del beisbolista Kenny Powers que alude y critica el american lifestyle. Al culminar el último capítulo, hice mi recuento de las series que he visto de principio a fin y penosamente se reducen a tres -bueno, cuatro si sumamos el dramón de Remy-.

Las otras vistas completas fueron la ochentera Luz de luna, protagonizada por Cybill Shepherd y el entonces casi desconocido Bruce Willis. Una más fue La Oficina, presentada como falso documental e interpretada por Steve Carrell y Jenna Fisher. De estas dos, caí en la cuenta que si algo las emparenta aparte de su buen humor, es por romper con la cuarta pared.

No es que sean series de acción y aventaran a Carrell o Willis contra un muro para hacerlo polvo, aunque eso lo haría después el Duro de Matar en sus tantas películas. En Luz de luna se escuchaban en ocasiones voces de fondo y los actores contestaban: “eso no estaba en el guion” o “si tan solo me pagaran más por este capítulo”. En el caso de La Oficina era constante la interacción protagonista-público debido a que se recurre a esta opción en las artes escénicas.

Al componerse un escenario por tres paredes imaginarias -si lo vemos de frente- hay una cuarta hacía el espectador y se rompe al momento que el cuerpo actoral mira a la cámara o al público para justificar, aprobar y hacernos cómplices de lo escenificado; un recurso en el entretenimiento que va a la par desde su surgimiento.

Las obras teatrales conocidas de la antigua Grecia, recurrían a que los actores preguntaran o hablaran directamente al público sobre la trama. Igual sucedió en el cine, con el ejemplo notorio en las excelentes cintas de Charles Chaplin y las constantes miradas hacía la cámara. En cuanto a las series televisivas creadas a partir de los años cuarenta, ningún actor se atrevió a romper la pared imaginaria, de hecho, pasaron décadas para que ocurriera, con la excepción de personajes irreverentes y animados.

Bugs Bunny nació a la par de los programas televisivos, una figura adelantada a su época porque igual lo podíamos ver besándose con otro hombre, vestirse con ropa femenina y lo mejor de todo, interactuar con el espectador. En palabras de Chuck Jones, guionista y productor de Warner Bros. buscaron hacer cómplice al público con el fin de justificar la violencia de sus animaciones, como se apreció después con El Coyote, Pato Lucas, Porky y otros tan diferentes de su némesis corporativo.

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La casa Disney solo recurrió a la cuarta pared en una breve escena de Blancanieves (1937), con la bruja explicando sus planes y en Pinocho (1940), con Pepe Grillo narrando la cinta. Es hasta los noventa que hicieron frecuente este medio en Aladino (1992), El rey león (1994) El jorobado de Notre Dame (1996), Hércules (1997) y de manera eficaz en Las locuras del emperador (2000), donde incluso el protagonista Kuzco pausa la proyección.

Si hablamos de pausas, ignoro porque las series televisivas no se atrevieron al rompimiento de pared por mucho tiempo y quizá hubiera dado otro matiz ver a las chicas de Los Ángeles de Charlie hablando al público antes de aventar karatazos o al insípido Hombre Nuclear echar de mínimo una sonrisa a la cámara. Fue también en los noventa cuando proliferaron estos trabajos, constatados en El príncipe del rap, Salvados por la campana y sobre todo a partir del nuevo milenio con la joyita Malcom el de en medio.

En el cine ocurrió lo contrario. A la par de las creaciones silentes con el humor del citado Chaplin y después con voz en El gordo y el flaco, continuaron las películas en la búsqueda de la relación actor-público sin importar la temática. En el terror está Psicosis (1960), con un Norman Bates que en su escena final desafía y sonríe al espectador; situación similar en Funny Games (1997).

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En la comedia está El mundo según Wayne, con sus dos cintas denostadas en su estreno y hoy cercanas al culto, donde se agregó novedosamente a actores publicitando productos. En cuanto a las de superhéroes, Deadpool vino a refrescar el género de los bombazos y destrucción con su interrelación con el espectador, tal como ocurre en el cómic.

En las de tema romántico las palmas se las lleva Annie Hall (1977), la agridulce historia protagonizada por Diane Keaton y Woody Allen y entre sus varios momentos que rompen la cuarta pared, está la escena donde Allen se exaspera al escuchar un diálogo pseudointelectual sobre cine, por lo cual se dirige al público buscando aprobemos su enojo. https://www.youtube.com/watch?v=GLJ2W6v_evY

En lo que respecta al entretenimiento en nuestro país, el teatro es el único medio que recurre a su uso; son contadas las series de televisión rompiendo la pared, como lo constatamos en El chavo del ocho y otras grabadas con público, ejemplificadas en Se rentan cuartos. En el cine sucede lo mismo, no se empleó salvo con Cilantro y perejil (1995) y Güeros (2014). No estaría mal si el cine mexicano empleara esta opción en sus producciones para romper la solemnidad de unas y el humor ramplón de otras; eso sí, rogando no lo haga algún miembro de la familia Derbez.

De mis propósitos en el 2024, haré caso a las recomendaciones que me hacen de ver series y así aumentar mi raquítico número, optando por las de comedia y si es en cuarta pared, mejor.

En lo inmediato, les agradezco su tiempo por leer esta columna a lo largo del año, es un gusto escribir para ustedes. Mi deseo porque culminen bien el 2023 y comiencen de la mejor manera el nuevo ciclo que se avecina.

Nos leemos en el 2024.

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