En una reciente plática con dos entrañables personas, les comenté de la joyita del cine mexicano Intrépidos Punks (Guerrero, 1980), la cual desconocían, incluido tema y score interpretados por el Three souls in my mind –ya sin Alex Lora, quien omite culpas-. Si tienen la oportunidad de ver el corto aquí anexo: https://www.youtube.com/watch?v=Id4JP5QdOBM verán la trama que versa sobre unos muchachos maloras que se acompañan de chicas ídem para delinquir; digamos que la maldad viaja en motocicleta.
Como toda película que triunfa merece su secuela, existe una segunda parte en La venganza de los punks (Acosta, 1991). Ambas cintas nos remiten a la carcajada involuntaria y a la tetralogía Mad Max, con sus respectivas variantes: los punkis mexicanos fueron filmados en Tenango del Aire y los de Mel Gibson en tierras australianas.
Entre las innumerables diferencias está la visión de los directores en cuanto a sus transgresores protagonistas: los connacionales son cheleros que cometen hurtos bancarios para subsidiar –supongo- maquillaje y peinados; mientras los de George Miller luchan por la supervivencia en un mundo quebrantado y apocalíptico. Pero hay rasgos que los emparentan y son las motocicletas -ya después serán autos extravagantes- como alegorías de insubordinación.
Esta temática tuvo su piedra angular en Salvaje (Benedek, 1953), con el primer biker en el actor Marlon Brando, personaje principal de la cinta con un argumento que se repitió por los siguientes treinta años: pandillas que cometen actos vandálicos en poblaciones a la espera del justiciero solitario que pondrá quietos a los rebecos; historias que idealizaban su aniquilación, un anhelo que no fue gratuito en su época.
En 1945 al finalizar la Segunda Guerra Mundial, la compra de motocicletas se incrementó ante la escases de combustible y costos bajos en comparación con los automóviles; adquisiciones realizadas en su mayoría en las naciones que habían participado en el conflicto bélico, lo que provocó también la creación y proliferación de asociaciones con ex combatientes que encontraron en los vehículos de dos ruedas una forma de vida al viajar y superar traumas adquiridos en combate, sin embargo, no siempre de la mejor manera.
Salvaje está basada en un hecho verídico en Hollister California, cuando en 1947 cerca de 4000 motochamacos llegaron a vandalizar el pequeño y tranquilo poblado. Situaciones similares se repitieron en varias localidades de Estados Unidos con los Hell´s Angels y en otras latitudes con los Bosozoku, en Japón y en Alemania, con los Neue Nazis; jóvenes que como ocurre en la mayoría de las sociedades, enfrentaron la brecha generacional paternalista, manipuladora y buscaron desmarcarse de normas y valores, paradójicamente a costa del consumismo, en este caso motorizado.
Los años sesenta trajeron consigo la revolución cultural reflejada en la literatura, música, cine y pintura, aunada a movimientos sociales que encontraron en las llamadas tribus urbanas su semillero de expresión para acompañarse en motocicletas, convertidas en emblemas de rebeldía, situación idónea para comercializar las biker movies.
Nacidos para perder (Laughlin, 1967) -incluido su tema musical digno de música para los domingos-; Los Ángeles del diablo (Haller, 1967); Los gloriosos Stompers (Lanza, 1967); Los Ángeles del infierno (Corman, 1969) por citar algunos, fueron trabajos cinematográficos que continuaron el argumento moral de mostrar a la juventud desenfrenada, vengativa de todo y nada, con el epílogo de la justicia que la alinea o elimina.
Contracultural el asunto, existió la respuesta ante la estigmatización al olor a gasolina en dos ruedas. Los bikers tuvieron a sus héroes en Easy Rider (Hopper, 1969) cinta con inicio trepidante al son de Born to be wild del grupo canadiense Steppenwolf: https://www.youtube.com/watch?v=v1vLkj4ydmE y con el vuelco en su narrativa al ser sus protagonistas las víctimas funestas, situación repetida en Quadrophenia (Roddam, 1979), película basada en el álbum homónimo de The Who.
El surgimiento de nuevas asociaciones afines y aunadas a las que existían, continuó a lo largo y ancho del orbe, pero ya sin la perturbación de sus antecesores y, por el contrario, varias de ellas con causas altruistas. El cine dejó descansar el género, mismo que retomó con otra perspectiva a raíz de la crisis de hidrocarburos a principio de los ochenta, por el temor de la población de las guerras que se originaron para adquirir combustibles.
La mencionada Mad Max en su segunda parte (1981), es prueba de la visión cinematográfica ante este problema mundial y la proliferación de películas que emularon el trabajo de George Miller, incluida la mexicana Siete en la mira (Galindo III, 1984), porque nuestro país también ha tenido a sus destacados motociclistas.
Pancho Villa debe ser el primer biker local de renombre. Varias son las leyendas en torno a su figura sin comprobarse algunas, pero si es verídica su predilección por las motos Indian, de las que compró varias para uso personal y que su némesis, el ejército estadounidense, optó por las Harley-Davison para intentar capturarlo en la serranía norteña después del ataque del de Durango y los suyos a Columbus, en 1916.
Otros jinetes emblemáticos son Pedro Infante y Luis Aguilar en A.T.M. ¡A toda máquina! y ¿Qué te ha dado esa mujer?, películas de Ismael Rodríguez filmadas en 1951, la última con clara alusión a una relación amorosa entre dos hombres que viven juntos, que hacen el pacto de no casarse y que al romper uno de ellos la promesa al relacionarse con una dama, motiva el enojo y decepción de su compañero: “querido amigo, este amor no puede ser”.
De los años noventa a la actualidad son pocas las cintas que tienen al vehículo en mención como eje de su trama, destacando el héroe de comic Ghost Rider (Johnson, 2007) y algunas secuencias en Batman, James Bond y Misión Imposible, probablemente porque se dejó de lado la visión catastrófica del fin de los tiempos y salvo excepciones, los motociclistas se quitaron el aura de rudos rudísimos.
Según el INEGI, el 2022 fue el primer año que en México este medio de transporte superó las ventas de automóviles, con un padrón cercano a los ocho millones de unidades, número en aumento ante las soluciones de movilidad, las alzas en la gasolina y la proliferación de servicios de aplicación.
Sin intrépidos punks, ni personajes de Mad Max, ahora la maldad viaja en motocicleta por los conductores que no respetan las reglas viales, los que viajan sin las mínimas medidas de seguridad, rebasando por donde no debieran y de pilón, contaminando con intención por el ruido de sus máquinas modificadas. Quizá con el tiempo merecerán sus películas temáticas: Intrépidos Rappi, o A. T.M. ¡A toda madre, sin casco!
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