En la actualidad donde las redes sociales y las aplicaciones de mensajería inmediata resultan imprescindibles, hace unas semanas se vivieron horas caóticas por la imposibilidad de acceder a las que son propiedad de Mr. Zuckerberg, ni más ni menos que Facebook, WhatsApp e Instagram y que generó que millones de usuarios en México no pudieran mandarse los habituales saludos, que no se disfrutaran los memes de ocasión y en el peor de los casos que se perjudicara a quienes dependen de estas funciones para sus labores. Este sometimiento voluntario y no ante diversos procedimientos operativos, es por demás notorio y pude reafirmarlo con otra caída cibernética.
Días después de las fallas citadas, quise hacer pagos vía electrónica, pero quienes realizaban los cobros me decían la funesta oración “no pasa su tarjeta”. Visité la institución bancaria y su personal apuradamente y ante un caótico viernes de quincena, justificaban que no había sistema, lo que provocó entre varios reclamos, que un cliente que intentó retirar dinero en un cajero automático dijera espontáneamente “ora si, las pinches máquinas se rebelaron”, lo cual provocó la risa de varios y que un servidor pensara que no estaba tan errada la expresión.
No necesitamos ver un Terminator que nos tenga agarrados del cogote contra la pared para amedrentarnos, pero ante una falla de sistemas, nos trastocamos ante el sometimiento cibernético por la necesidad de estos operativos; invenciones que evolucionan en aras de llevar una vida práctica, fácil, hasta de convivencia por buscar una compañía paradójicamente más cálida de quienes nos rodean y que son situaciones no tan recientes y si controversiales.
La idea de buscar sustitutos y símiles de las funciones humanas ha sido planteada desde las culturas antiguas en su mitología y plasmado desde antes de nuestra era en China, que lograron hacer replicas con dispositivos mecánicos para que pudieran tocar notas musicales. También en Grecia el matemático y filósofo griego Arquitas de Tarento, pudo crear un pájaro propulsado por vapor, un generador de energía fundamental centurias más tarde.
La fijación inventiva de artilugios con actividad propia incluyó a Leonardo Da Vinci que ideó un hombre mecánico que podía caminar y mover sus brazos, lo que se concretó hasta el siglo XVIII con el francés Jacques de Vaucanson, que presentó a la Academia Real de Ciencias de París, un pato de cobre que tomaba agua, graznaba y comía. Vaucanson también logró crear un flautista y un tamborilero automáticos, propiciando que los relojeros de la época adoptaran el invento para que sus obras tuvieran este tipo de ornamentaciones, ya sea con figuras humanas o animales. Las creaciones influyeron a la mecánica, pero también a la literatura, como consta el seminal libro inspirado en estas lides: Frankenstein o el moderno Prometeo, de la londinense Mary Shelley.
Como todo proceso histórico que debe tener una sincronía de causales y consecuencias, estas obras autómatas y literatas iban de la mano de la transformación que se gestó también en tierras británicas y extendida posteriormente al orbe, en la que el trabajo manual y animal fue sustituido por motores propulsados con vapor y después con energía eléctrica para acelerar la producción textil, minera, agrícola y de transporte, materializada en el siglo XIX y perfeccionada hasta la actualidad, con la aserción contundente que los humanos pueden ser sustituidos por máquinas, pero también que pueden convivir unos y otros, temas que desde sus inicios generó la incertidumbre, curiosidad y temor que se reflejaron de diversas formas.
En 1921, el escritor checo Karel Capek presentó su obra teatral R.U.R. -en términos prácticos del buen castellano, Robots Universales Rossum-, que trata sobre una empresa que construye humanoides para auxiliar a las personas y posteriormente los androides se rebelan contra sus dueños. De esta puesta en escena surge para el mundo el término eslavo robota, que refiere a la servidumbre. También con temáticas industriales y futuristas, se estrena la cinta fundamental de ciencia ficción Metropolis (Lang, 1927), basada en el libro de Thea von Harbou, que ve factible la alianza entre un robot con obreros explotados por una clase dominante.
El cine apoyado en la literatura nos ha podido ilustrar de vastas y diversas maneras la relación de la humanidad con la tecnología robótica, como la citada Frankenstein y sus múltiples versiones, además de clásicos del género como Yo, robot de Isaac Asimov y llevada a la pantalla en 2004 (Proyas) o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick, que se adaptó al cine con el título Blade Runner (Scott, 1982), por citar ejemplos y que en los dibujos animados han sido bien representados en Futurama (Groening), Big Hero 6 (Williams, 2014), WALL- E (Stanton, 2008) y en Ron´s Gone Wrong (Smith, 2021), actualmente en cartelera.
El colofón para que los sistemas autómatas continúen avanzando, fue que la industria del cómputo resultó el complemento ideal para que desde hace décadas veamos infinidad de manufactureras con brazos mecánicos, que en los centros de atención a clientes vía telefónica escuchemos irreflexibles voces que nos atienden y no pocas veces desesperan, y que el dispositivo que usted tiene en sus manos nos permita una convivencia inmediata con personajes irreales.
¿Cuál es el futuro inmediato de la interacción con estos dispositivos? resulta siniestro que cataloguen al androide Ai-da como artista y de pilón sea arrestada por sospecha de espionaje, como ocurrió en Egipto en días pasados, que Google esté creando robots con diferentes estados de ánimo o que autores como Oppenheimer vaticinen que el 50% de los trabajadores seremos obsoletos por los avances tecnológicos, aunque esta parece una triste realidad por la monotonía de millones en varios centros laborales, donde la creatividad se reduce a lo mínimo al realizar las mismas tareas día a día.
La tecnología es importante y mal haríamos en renegar de ella, pero tampoco deberíamos de dejar que lo haga todo, ya que por esa dependencia nos doblegamos ante cualquier falla y si bien, dudo que en algún momento nos sometan robots arma en mano cual escena de Star Wars o dominados por la super computadora Hal 9000, es una realidad que cuando las pinches máquinas se rebelan, vaya que adolecemos de lo lindo.
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