Lágrimas y risas con El mil chistes

DANIEL 1

Es indudable que con el comienzo del siglo, internet nos revolucionó la existencia y el entretenimiento; cambio que se fortaleció a partir del lanzamiento del primer iPhone en el 2007 y posteriormente los celulares con el sistema operativo Android, permitiéndonos tener móviles libres de botones con navegadores de tiempo completo.

El esparcimiento se re direccionó al aparato donde seguramente ustedes leen la presente columna y por lo práctico, dejamos de comprar calculadoras, despertadores, cámaras fotográficas y otros productos por la integridad que representa un dispositivo manual, además de desistir poco a poco de los medios impresos; cada vez anacrónicos, dependiendo los gustos.

En mi caso, leo los periódicos digitalmente; los libros y revistas, opto por comprarlos en físico y confieso que, por la pandemia, me pegó la cancelación de la Rolling Stone México, revista que coleccionaba desde su primer número en el 2002, ahora disponible en su página electrónica, pero omito leerla: no me produce la misma emoción de cuando la compraba los primeros días de cada mes y oler sus inmaculadas páginas.

Sin proponérmelo, quizá haya sido la última publicación impresa que compré en un puesto de periódicos, hoy locales casi convertidos en vestigios urbanos por su desaparición, donde antaño convivían Lágrimas y risas con El mil chistes, además de decenas de títulos hoy extintos que se ofertaban a precios y tamaños accesibles que nos acompañaban a todos lados. Literal, a todos lados.

Las revistas impresas tuvieron el respectivo proceso de nacimiento, auge y decadencia. En el siglo XVII, comenzó esta manera práctica de difusión en Alemania, primero con carteles y después folletos de temática teológica. El medio se diferenció de los libros por su ornamentación, precio y número de páginas, así como de los periódicos, editados con frecuencia y emparentados ambos por mucho tiempo. La novedad tuvo éxito inmediato y se propagó en Europa y en sus respectivos territorios.

Del que demarca el nuestro, se conoce una edición primigenia de 1722, con el nombre Noticias de la Nueva España, de tiraje mensual, realizada por el clérigo Juan Ignacio Castorena y de contenido social, científico y religioso. Durante la etapa colonial coexistieron varias similares que también fungían de “guía de valores”, según consta en las Gacetas de literatura.

Antes y después de la Independencia, el número de revistas se incrementó y representó el medio idóneo para difundir la nacionalidad mexicana, aunque también las ideas adversas a los gobiernos en turno. Algunos títulos fueron El iris, El mosaico mexicano y otros donde escribieron las mejores plumas del momento. Cabe decir que eran pocas las personas que sabían leer y se deduce que los lectores eran académicos, empresarios y miembros de la Iglesia Católica.

El siglo XIX fue parteaguas en las publicaciones que se diversificaron, con resultados visibles hasta la actualidad. La mayoría con ilustraciones, variadas en temáticas, con influencia extranjera y dirigidas a lectores en específico, como el femenino en El semanario de las señoritas mejicanas, Violetas del Anáhuac y El correo de la mujer, que contenían biografías, recetas, consejos para la crianza de los chamacos y de atención al esposo.

Después de la Revolución de 1917, el 75 por ciento de la población mexicana no sabía leer ni escribir. Para abatir el rezago, los gobiernos buscaron la manera de erradicar el analfabetismo con los proyectos educativos de José Vasconcelos, en 1920 y después con Manuel Ávila Camacho, en los años cuarenta. Me aventuro decir que estas campañas tuvieron éxito por el aumento de lectores, no de la llamada literatura universal, pero sí de la popular – paradójicamente, hoy también clásica-.

De otra forma, no se entendería la proliferación de títulos, sobre todo de historietas que marcaron generaciones. En 1943, Yolanda Vargas comenzó a publicar el Memín Pinguín, que voluntariamente o no, abordaba el clasismo y la violencia cotidiana. De manera más afable, en 1948 Gabriel Vargas nos presentó situaciones identificables para los mexicanos con La familia Burrón, que vivía en la vecindad ubicada en el callejón del Cuajo.

Por la propagación de estas publicaciones, en 1949 surgió Editorial Novaro, con creaciones propias y la compra de licencias para adecuarlas al lector nacional. Las regulaciones de la Secretaría de Educación Pública dictaron no usar nombres angloparlantes, por lo que en sus revistas a Bruce Wayne lo conocimos como Bruno Díaz, a Dick Grayson por Ricardo Tapia y de sus viñetas salieron las expresiones “¡recórcholis!” o “¡zambomba!”.

Nueve años después, la citada Yolanda Vargas fundó Editorial Vid y diversificó su oferta al adquirir los derechos de Marvel Comics y de la empresa antecedente de Cartoon Networks, pero su gran logro fue Lágrimas, risas y amor –acotada por Lágrimas y risas-, con historias adaptadas después a telenovelas en El pecado de Oyuki, Yesenia, Rubí y Gabriel y Gabriela.

Novedades Editores fue otra compañía relevante que distribuyó Condorito, aunque su popularidad radicó en sus Libros Vaquero, Semanal, Policiaco y Rojo. Un acierto de esta editora fue acercar al lector promedio las obras clásicas de Tolstoi, Dumas, Verne y otros en Novelas inmortales.

Una estrategia mercadológica aún vigente es el regalo adjunto: números atrasados, juguetes o accesorios para casa, dependiendo la preferencia del lector. Mencionar que estas publicaciones se clasifican en informativas (Proceso, Muy interesante, Algarabía), entretenimiento (TV Notas, Vanidades, Cosmopolitan, Barbie), especializadas (El mueble, Cocina fácil) y científicas (publicadas por universidades y centros de estudio).

Fue tal el auge que para que nadie se quedara sin leer las de su preferencia, no faltaba el vendedor de revistas usadas e incluso las alquilaban a bajo costo. Con los cambios que trajo internet, muchas publicaciones pasaron del papel a la pantalla; otras más, desaparecieron ante lo insostenible que fue pagar licencias transnacionales o simplemente cumplieron su ciclo.

Notitas musicales, Simón simonazo, Quo, Capulinita, Zor y Los invencibles, La mosca en la pared, Sonido, Revista de Revistas, Conecte, Siempre, Automundo deportivo, Videorisa, Cita; las de Editorial Posada, encabezadas por el genial Rius; los Sensacionales de editorial de Ejea, las de súper héroes y varios títulos que sería difícil enlistar, pero quedan para el buen anecdotario.

Les decía, el dispositivo móvil que tenemos en nuestras manos nos revoluciona la vida quizá sin darnos cuenta, pero no hay queja: finalmente nuestra sociedad es evolutiva y consumista, aunque eso implique la sustitución y extinción de productos, como las revistas expendidas en locales donde convivieron Lágrimas y risas con El mil chistes

Sus sugerencias y comentarios son bienvenidos al correo:

[email protected]

Daniel Hernández Hernández


Nacido en el entonces Distrito Federal, de tránsito en Celaya, adoptado y radicado en la ciudad de Guanajuato.Licenciado en Historia por la Universidad de Guanajuato y actualmente laborando en la Casa de la Cultura Jurídica de la misma capital.El gusto por la lectura y la redacción, obtuvieron recompensa con la publicación de artículos en ediciones del Archivo del Estado de Guanajuato y el Congreso del Estado.Algunas de sus devociones son el cine, lo heterogéneo de  la música y las historias de la historia.