Dicta el proverbio que el perro es el mejor amigo del hombre y lo confirmo al menos entre las personas cercanas a su servidor, quienes tienen alguno y cual slogan publicitario, son parte de sus vidas. Aunque hay los que tienen gatos y reptiles, sobresalen los cánidos, tan involucrados en nuestros hábitos y con una conexión que sorprende por su inteligencia, lo que me ha llevado a una de mis dudas existenciales, que ni son tantas y sí incongruentes, que si apocalípticamente la humanidad dejara de existir y quedaran en avanzada perros y simios ¿quiénes dominarían el planeta?
Mi absurda pregunta surge por la convivencia con caninos, cada vez más humanizados y que trastoca en sus gestos, actitudes y acciones sorprendentes; versus los primates -de quienes, aunado a mi cuestionamiento, se han realizado sagas cinematográficas donde nos ponen una friega bien merecida dominando la raza humana, con los que compartimos 99% de genes, además que tienen a su favor los pulgares, pero con la contra que no se relacionan cotidianamente con nosotros, salvo excepciones.
Hay personas excéntricas -por decirlo amablemente- que prefirieren como mascotas a animales no domesticados y en lo personal no concibo que en lugar de tener en casa un cánido que me reciba moviendo su colita, lo sustituya por una serpiente cascabel que haga las mismas funciones o que me den liebre por gato y le provoque un estrés al pobre lepórido por mi capricho de tenerlo cautivo.
Sin llegar al extremo de la consumación humana, es indudable que los perros dominan en número como animales de compañía. Tan solo en México según datos del INEGI en 2020, 57 de 100 hogares tiene mascotas, de los cuales el 85% son lomitos con lo redituable que es como negocio al existir diversas páginas en internet, aplicaciones, locales con accesorios, atención y compra de dogos, derivado de una correlación por conveniencia que data de miles de años.
Los periodos glaciales ocurridos en el planeta que modificaron estructuras geográficas y por consiguiente los hábitos de sus pobladores, los humanos se alimentaron del producto de la cacería animal, apoyados con herramientas y objetos que les facilitaban esta labor, la cual no ocurrió de la noche a la mañana. En sus jornadas para proveerse de alimentos, había diversos animales que los acompañaban para quedarse literalmente con las sobras de algún mamut o rinoceronte lanudo pasado a mejor vida y degustación, entre los que se encontraban los lobos.
A diferencia de otros animales que con el tiempo se domesticaron por la fuerza para el aprovechamiento y reproducción, los lobos tatarabuelos de los actuales perros, no fueron sometidos y se correlacionaron con los humanos por la sobrevivencia mutua. Los ancestrales cánidos vigilaban los espacios, alertaban de algún animal cercano y colaboraban en su caza, a cambio de comida y el cuidado humano para que no fueran devorados por sus depredadores. Paulatinamente se escogían a los lobos menos agresivos para proteger lo cazado, lo recolectado y lo almacenado; en el largo proceso de la humanidad de pasar del sedentarismo a la agricultura, en compañía de los peludos amigos.
Las civilizaciones antiguas dan cuenta del aprecio y vínculo entre humanos y perros, ejemplificado desde las milenarias cuevas de Chauvet, en Francia hasta la veneración en Mesoamericana, pasando por los grabados en piedra y trabajos en cerámica que se muestran en la cultura Mesopotámica, India, Escandinava, Griega y Egipcia, cada una con peculiaridades, como el hecho que en esta última a la muerte de un cánido si había el recurso económico se le podía momificar y que sus nombres variaban de acuerdo a su pelaje, algo similar a lo actual: negrito, blanco o sus actitudes; valiente, buen pastor o que de Grecia se originan los collares con picos para proteger sus cuellos de los lobos y otros animales.
Pero resulta que la insatisfacción humana es disfrazada de progreso y no conformes con tener un leal aliado, comenzaron después los diseños de perros a modo, alterando su genética para modificarlos. No crea que un chihuahua o pug correteaban mastodontes en la era del hielo, no. Primero fueron las reproducciones de perros deseables con la finalidad de cuidar, después se criaron razas especiales para llevarlos a la guerra, como ocurrió con las tropas de la Roma imperial donde incluso los llevaban con armadura.
Luego se entrenaron cánidos para enfrentarlos entre ellos y generar ingresos a sus dueños por las apuestas. El exceso fue priorizar lo estético y aprovechar su instinto para auxiliar por pasatiempo en la caza de animales terrestres, como ocurre con los beagle, terrier y foxhound que aun son ocupados para sacar de madrigueras a los tejones y zorros. Todo esto deriva que en la actualidad se conozcan aproximadamente quinientas razas distintas de perros y el origen de sus enfermedades que consideraríamos propias de los humanos, como ocurre con sus cánceres y problemas óseos.
Si bien los perros nos han acompañado milenariamente, de unos cuarenta años a la fecha se propagó su compra y mucho se debe a diversas series televisivas y películas donde los protagonistas son los cuadrúpedos que interactúan con las familias: Beethoven, Beverly Hills Chihuahua, 101 Dalmatians, Scooby Doo, por citar algunos de estos trabajos y que deviene en adquirir razas específicas por moda.
Solo debemos ser responsables con ellos y que no queden como mero objeto decorativo -que hasta esos merecen una desempolvada y atención-, basta ver a la menor provocación porque nuestro México lindo es el tercer país en el mundo con mayor maltrato animal y que en el extremo opuesto se encuentran los que optan por los perrhijos, que por el trato opulento a un esquema que no es su esencia, provocan trastornos psicológicos para animal y humano; digamos que solo es un poco de ecuanimidad.
Ignoro si perros o simios puedan dominar la faz de la tierra si llega a desaparecer la humanidad, situación de la que no seré testigo si llegase a ocurrir, pero si me consta que las mascotas bien atendidas son las mejores compañías que podemos tener aunadas a nuestras relaciones personales.
Lo compruebo día con día con mi par de doguitos: el longevo boris de diecisiete años y su hijo manolo de once, incondicionales compañeros, excelentes amigos; mis amigos los perros.
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