En mis decembrinas vacaciones donde aparte del regocijo de disfrutar a la gente cercana a su servidor, tuve mi sobredosis de internet que aproveché para ver el documental The light bulb conspiracy (Dannoritzer, 2010) que para los hispanoparlantes se distribuye como Comprar, tirar, comprar y que sin afán de espoliarles la trama, el título refiere a que los habituales focos que usted y yo usamos en casa, son producidos para una duración máxima de mil horas, por lo que debemos comprarlos recurrentemente y que si los fabricantes quisieran, podrían durar cientos de años, pero no sería negocio.
Es bueno ver un documental que investiga parte de los orígenes de nuestro consumo, sin embargo, verlo en la efervescencia navideña no tanto, porque da comezón por aquello de que las compras están en su máxima ebullición y dependiendo los recursos, traeremos una gastadera como si el mundo se fuera a acabar el seis de enero, a menos que nuestra religión no nos lo autorice.
No faltarán quienes culpan al capitalismo por los consumos desmesurados y se asumen en contra de ello, pero en las reuniones con amigos y más en las recientes cenas decembrinas, no los vemos tomando agua y comiéndose una jícama y sí disfrutando desde las bolsas con papas fritas, hasta varios manjares degustados con bebidas gaseosas, sin faltar un buen vino importado para dar el toque de intelectualidad. Si eso no es consumismo, ignoro como nombrarlo.
Compradores somos y en el comercio andamos. Ya sea por necesidad, prestigio, vacío emocional, adicción y el pretexto que le otorguemos, la nuestra es una sociedad que vive al amparo de adquirir bienes para una satisfacción instantánea y en pocas ocasiones a largo plazo, motivado también por lo desechable de lo adquirido, que en términos económicos se conoce como la obsolescencia programada -una definición que desconocía de un tema tan conocido y que me lo hizo saber una entrañable persona-, que para la practicidad es comprar, tirar, comprar.
Ejemplos abundan, como cuando intentamos resucitar el teléfono móvil que dio el banquetazo y las consiguientes palabras funestas de quien se dedica a repararlos: “le sale más barato comprarse otro”. Para quienes llevamos buen kilometraje en este recorrido llamado vida, es frecuente que pensemos que los objetos cotidianos ya no los hacen como antaño porque tenían mayor duración, lo cual hay cierta razón porque la materia prima era distinta y la demanda menor, con la finalidad es la misma: lo comprado, debe ser sustituido lo más rápido posible.
Esta estrategia de que lo adquirido sea perecedero, data de principios del siglo veinte cuando Thomas Alva Edison inventó la bombilla o foco casero, el cual pretendía fuera de utilidad extensa y debido a su éxito, los fabricantes y distribuidores optaron que fueran elaborados con tiempo limitado de uso para su comercialización. Aunque el principal detonante de la fabricación con caducidad fue un accesorio femenino.
En 1935 el químico Wallace Carothers presentó el nailon como un invento por demás revolucionario, ya que, al ser una fibra delicada y resistente a la vez, se utilizó en la fabricación de las medias, una prenda indispensable en las mujeres de la época y por lo mismo de gran demanda. Fabricarlas con este componente abarató costos y sobre todo permitió que tuvieran extensa utilización, provocando las quejas de los comerciantes por las bajas ventas de un producto que era indestructible y que originó que su elaboración se replanteara para que pudieran sustituirse a la brevedad.
Este incremento de la producción desechable llegó acompañado del capitalismo que adoptaron varias naciones a partir de 1945 y que generó el beneplácito de muchos y criticas de otros tantos, como lo vemos en la película The man in the white suit (Mackendrick, 1951) protagonizada por el entonces treintañero Alec Guiness (el mismísimo Obi Wan Kenobi de la saga Star Wars) como un científico que inventa una tela irrompible, provocando que trabajadores y dueños textiles traten de impedir se divulgue, por la destrucción de centros de trabajo y que de varias maneras esta cinta refleja lo ocurrido con el nailon y su creador.
El incremento poblacional y por consiguiente una mayor demanda de bienes, originó que esta obsolescencia fuera notoria al utilizarse para su creación materiales más frágiles, con nulas opciones de reparación, aunado a que en la década de los sesenta varios países asiáticos comenzaron a competir con los occidentales, abaratando costos, generando una competencia aún vigente y que se refleja cuando vemos productos en los anaqueles con marcas poco conocidas, lo que implica rezar porque no se desbaraten cuando los ocupemos.
Cheap is expensive, fue la campaña anglosajona para vilipendiar los bienes algunas vez Made in Japan y después Made in China y que por estos lares se tradujo en Lo barato sale caro, lo que tiene certidumbre, empero hay la necesidad de muchos sectores poblacionales que implica la adquisición de bienes de bajo costo, ya que no es lo mismo comprar el iPhone 13 en tiendas especializadas, a adquirir el SENWA en el OXXO más cercano y que si en algo coinciden estos móviles además de su distinta utilidad, es que terminaran en vertederos de basura locales o en otra nación y continente, porque hasta los desechos son transnacionales.
No pretendo mostrarme moralizador con mi decálogo del buen consumidor y de pilón contaminar lo menos posible (tema, este de la contaminación que trataremos en otra oportunidad); no soy el más indicado y mi afición a diversos gustos como la música y el cine, me llevan a consumir sus productos alusivos y acudir a eventos relacionados con ello hasta donde mis quincenas lo permitan, pero en lo posible si podemos hacer compras planificadas, necesarias y sin deudas que generen insomnio.
Es inevitable, todos compramos, tiramos y compramos, incluso cuando utilizamos las redes sociales para apoyar o denostar el consumismo en todas sus variantes. Creo que para ser contundentes y en el extremo dejar de comprar, podríamos irnos a una isla desierta para vivir como el Tom Hanks de El Naufrago -que hasta el personaje necesitó la compañía de un Wilson sintético y comprado- o literal, a la punta del cerro más alejado y ser autosuficientes, aunque resulta que ese espacio para vivir también tendrá un costo.
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