Poderoso caballero

DANIEL 1

Cotidianamente nos recetan y damos consejos sobre el dinero. Por doquier leemos analogías, refranes y memes que lo refieren, desde las sencillas: “poderoso caballero es don dinero”; “el dinero no da la felicidad”, hasta las contundentes: “la falta de dinero, es la raíz de todo mal”; “el dinero no te hace feliz, pero relaja los nervios”, entre muchas otras. 

Quizá estas advertencias y frases vayan a la par en cantidad con las relacionadas en asuntos del corazón que inundan las redes sociales, con la diferencia que podemos vivir sin amor, pero no sin billete; aunque lastimosamente Juan Gabriel decía que no tenía chelín, solo amor para dar; rebatiéndole que no, porque dinero mata carita -de Divo de Juárez- y esto lo reafirma José Guadalupe de Bronco, alardeando que lo cambiaron por oro, solo porque a la dama le gustaba el dinero y la comodidad.

Si de amores se trata, es válido el afecto al dinero, por supuesto. Los billetes y monedas bien ganadas, finalmente son necesarias para adquirir servicios, como el internet y el dispositivo que usamos en este momento e incluso, para obtener los esenciales alimentos y vestido o al menos que seamos autosuficientes en nuestra alejada granjita, que por cierto nos costaría de mínimo la escrituración. 

No es fortuito que la adquisición de bienes va de la mano con la humanidad, siempre con la necesidad de intercambiar los derivados en algún momento cazados, cosechados, criados y confeccionados. Todo tiene una cotización, porque desde la época del trueque no era lo mismo canjear una piel de oso por tres nabos, así que la mejor solución fue ponerles valor a los insumos.

También desde tiempos inmemorables nos convertirnos sin distinción en seres insatisfechos, no conformes con lo que tenemos y el dinero es ejemplo de ello al surgir por la dificultad de obtener más y mejores productos. De diferente manera, se tuvo que recurrir a tazar lo que se consumía y primitivamente se optó por semillas, que, por su peso, determinaba el valor de cambio, para después recurrir a utilidades metálicas.

Las monedas entraron en función para evitar llevar balanzas en las transacciones mercantiles y dependiendo los mercados, existían con diversos valores y características. Por ejemplo, en China utilizaban el pinyin, redonda por remitir al cielo y con un agujero cuadrado en medio, símbolo de la tierra. En Roma usaban los ases y diez equivalían a un denarius, de ahí el origen etimológico del vocablo dinero. 

En cuanto al papel moneda, surgió no por evitar el sufrimiento de animales al trasladar baúles llenos de morralla, sino por la escasez de cobre. Hace unos mil años, ante la falta del metal en regiones asiáticas, optaron por usar trozos de piel de venado como medio de pago, sellados y certificados; situación de la que dio cuenta Marco Polo en una de sus tantas andanzas.

El veneciano al llevar sus crónicas de viaje a Europa, fue llamado “indigno de credibilidad”, cuando detalló que los billetes se suplantaban por monedas en aquellos lares, situación que tardó medio milenio para propagarse en el viejo continente y sus colonias, las cuales tenían, antes de la llegada de los europeos, sus particulares formas de pago.

Al igual que otros territorios del orbe, en Mesoamérica el trueque era una referencia en la obtención de artículos, así como el uso de la semilla de cacao, de difícil cultivo y por consiguiente valiosa como forma de pago. Tan útil fue que incluso en el sistema financiero aplicado en tiempos coloniales, este grano alternó con las monedas implementadas por los ibéricos.

En las colonias americanas se usaron los billetes hasta el siglo XVIII, sin omitir la acuñación y amortización de monedas de plata con diverso pesaje, algunas de 27 gramos: el “peso duro”, por eso la denominación a nuestro actual valor monetario.

Por su tasación frente al dólar estadounidense, hoy al peso lo antecede el súper, uno de varios términos, porque en nuestro país nos las gastamos para definir al dinero: billullo, villano, varo, pachocha, marmaja, lana, feria, pisco, efectivo; aplicando anglicismos: money, cash, y relacionado con dinero foráneo: chelín, peseta, lira: cada descripción con un motivo, aunado a frases cotidianas.

Confieso que desconocía el origen de varias de estas expresiones y en una reciente visita al Museo del Banco de México -gratuito, recomendable por la belleza interior del edificio, además de la información e interactuación en sus exposiciones- pude ver el porqué del grito “bolo, padrino”, escuchado en los bautizos cuando el bienhechor avienta monedas. La costumbre data del virreinato y refiere al óbolo, moneda antigua de baja denominación.

También de esta época es el término pilón, aplicado para el tradicional “¿me da mi pilón?”, que era un pan que se otorgaba en las tiendas cuando las compras eran generosas. Que cuando nos roban decimos: “me despelucaron” y proviene por las imágenes de Felipe V y Fernando VI, representados con una peluca en una moneda con valor de ocho escudos, conocidas en su momento por “peluconas”.  La “no traigo un quinto”, aludía a la moneda de cinco centavos, utilizada en la revolución mexicana y refiere cuando estamos secos, fríos, naranjas pal jugo; sin dinero, pues. 

“Ya enseñó el cobre”, exponía a los falsificadores; abundantes sobre todo en los pueblos mineros, quienes adulteraban pedazos de cobre bañados en estaño para simular monedas de plata y la consiguiente expresión cuando las autoridades raspaban el objeto sospechoso.

Y ya que mencionamos a los defraudadores, estos han evolucionado junto con los valores monetarios. Desde el trueque, suplantaban objetos y posteriormente supieron lograr símiles de semillas, monedas, billetes y cheques. Tan se actualizan, que logran mantenernos en zozobra ante el robo vía transacción electrónica y es probable sean capaces de plagiar las criptomonedas en este mundo de los metaversos.

Dicen los clásicos que poderoso caballero es don dinero y agregaría que también es soberbio, pues tan tranquilo observa como nosotros los pobres nos esforzamos por conseguirlo, gastarlo y reflexionar en torno a él, gracias a las redes sociales que nos inundan de memes y consejos enmarcados con un Piolín, un paisaje o un Anthony Hopkins con palabras que seguramente nunca dijo, relacionados con el amor y el dinero, porque paradójicamente, ambos logran conflictuarnos y satisfacernos.

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Daniel Hernández Hernández


Nacido en el entonces Distrito Federal, de tránsito en Celaya, adoptado y radicado en la ciudad de Guanajuato.Licenciado en Historia por la Universidad de Guanajuato y actualmente laborando en la Casa de la Cultura Jurídica de la misma capital.El gusto por la lectura y la redacción, obtuvieron recompensa con la publicación de artículos en ediciones del Archivo del Estado de Guanajuato y el Congreso del Estado.Algunas de sus devociones son el cine, lo heterogéneo de  la música y las historias de la historia.